La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 9 — La emboscada de Arantzazu #6
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CAPÍTULO 9 — La emboscada de Arantzazu #6

Gorka Atxaga llegó corriendo a la explanada, inmovilizando los brazos del mercenario a la espalda con unos grilletes metálicos de dotación.

Con rapidez profesional, el inspector vació los bolsillos del detenido: una cartera de cuero con billetes de quinientos euros sin doblar, una tarjeta de acceso electrónica al aparcamiento subterráneo del Hôtel du Palais de Biarritz, un teléfono satelital Iridium idéntico al interceptado por Mathieu horas antes y un pasaporte diplomático emitido por la República de Chipre a nombre de Andreas Vassiliou.

—Bingo —dijo Gorka examinando el documento bajo la luz grisácea del alba—. La misma tapadera societaria con la que operaba Sylvain Deschamps en la compraventa de chatarra naval en Limassol. Este tipo es el ejecutor personal de la oficina de Ginebra.

En ese instante, el eco lejano de varias sirenas de emergencia comenzó a trepar por las curvas de la carretera de Arantzazu.

Cuatro patrullas todoterreno de la Ertzaintza y una ambulancia medicalizada del servicio de emergencias Osakidetza subían a toda velocidad desde Oñati, con los rotativos azules rasgando la niebla que se disipaba lentamente en el fondo del valle.

Ainara se acercó a Mathieu, que se apoyaba contra la barandilla de hierro con el rostro lívido por la pérdida de sangre y la caída de adrenalina. La manga de su cazadora estaba completamente teñida de un rojo oscuro brillante que goteaba sobre la gravilla.

—Siéntate, idiota... Siéntate antes de que te desplomes —le dijo Ainara con la voz temblando por una mezcla incontrolable de cólera, angustia y ternura infinita, rasgando con sus propias manos la bufanda de lana que llevaba al cuello para presionar con fuerza sobre la herida del hombro.

Mathieu se dejó caer sobre un banco de piedra bajo la mirada pétrea del apóstol central de Oteiza, soltando un gemido ronco cuando la lana comprimió el corte. Sin embargo, levantó la mirada hacia ella y sonrió con los labios partidos:

—Te dije que los murales de Basterretxea tenían buena protección balística...

—Cállate, Mathieu. Cállate de una vez —susurró Ainara con los ojos arrasados en lágrimas que se negó a dejar caer, apretando la tela contra su carne con ambas manos—. Te arrojaste encima de mí... Pudieron haberte matado de un tiro en la nuca.

—No iba a dejar que te rozaran, Ainara. Ni ahora, ni en diez vidas que viviera —respondió él levantando su mano derecha, manchada de pólvora y grava, para acariciar suavemente la mejilla helada de la fiscal—. Isabelle murió en Zeebrugge porque llegué tarde... Contigo no voy a llegar tarde nunca.

Ainara cerró los ojos un instante, apoyando su frente contra la sien de Mathieu mientras el viento de Arantzazu les revolvía el cabello.

El contacto fue una tregua sagrada en mitad del horror, un pacto mudo sellado en la sangre y la piedra que ninguna presión política sería capaz de romper.

A su alrededor, la inmensidad del macizo de Aloña y las campas de Urbia comenzaban a iluminarse con una luz limpia de invierno que disolvía las sombras de la noche, recortando las crestas calizas del Aizkorri contra un horizonte despejado.

Dos sanitarios de Osakidetza con chalecos reflectantes y maletines de reanimación irrumpieron en la explanada, apartando suavemente a Ainara para colocar un vendaje compresivo sobre el hombro de Mathieu y administrarle analgésicos intravenosos.

Tres vehículos todoterreno de la brigada móvil de la Ertzaintza cruzaron la cancela exterior con las luces rotativas encendidas, desplegando un cordón de seguridad perimetral alrededor de la explanada y los accesos al convento.

Varios agentes con chalecos de protección balística pesada y subfusiles reglamentarios tomaron posiciones en los miradores que dominaban el desfiladero, asegurando que no hubiera otros vehículos sospechosos en las curvas de subida.

Al mismo tiempo, dos técnicos de la policía científica iniciaban la fijación fotográfica de los casquillos percutidos en la cripta y el levantamiento del cadáver del primer asaltante para su traslado al Instituto de Medicina Legal de San Sebastián.

Amets Ibarra se acercó a Ainara, contemplando cómo los agentes introducían al mercenario chipriota en la parte trasera de un furgón celular. La joven ingeniera apretó la mochila contra su pecho, con una dignidad nueva y desafiante iluminándole las facciones.

—Han intentado matarnos en la montaña, fiscal... Pero las pruebas siguen aquí.

Ainara se enderezó, limpiándose con el dorso de la mano una mota de hollín de la mejilla. Miró hacia el valle del Deba, donde las chimeneas de las fábricas de Arrasate y Bergara comenzaban a despertar bajo el cielo gris del amanecer, expulsando columnas de vapor blanco hacia las cumbres.

—Las pruebas van a llegar a la mesa del juez hoy mismo, Amets —sentenció Ainara con una voz gélida que cortó el aire de Arantzazu—.

Y el lunes, cuando los fondos de inversión intenten ejecutar sus pagarés buitre, no encontrarán una cooperativa arrodillada: encontrarán a toda la judicatura y a los trabajadores de este valle esperándolos en la puerta.