La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 9 — La emboscada de Arantzazu #5
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CAPÍTULO 9 — La emboscada de Arantzazu #5

Mathieu contuvo un aullido de dolor mordiéndose el labio inferior hasta sacarse sangre, pero no aflojó ni un milímetro la presión de su cuerpo sobre el de Ainara.

Sus músculos se tensaron como cables de acero, convirtiéndose en un escudo humano impenetrable entre los proyectiles y la mujer que amaba.

En su memoria relampagueó por un instante el muelle de Zeebrugge y el remordimiento por la muerte solitaria de Isabelle; aquella noche juró que la barbarie no volvería a cobrarse la vida de nadie bajo su guardia.

—¡Quédate pegada al suelo! —le susurró con la voz entrecortada por el dolor que irradiaba hacia su cuello—. ¡Ni se te ocurra levantar la cabeza!

El polvo de caliza pulverizada y yeso descendía en una nube densa que picaba en los ojos y se pegaba al sudor frío de la frente.

En el silencio posterior a la ráfaga, solo se escuchaba el jadeo sordo de Mathieu, la respiración contenida de Ainara y el chasquido metálico de los subfusiles mientras los tiradores buscaban un nuevo ángulo de fuego.

A escasos metros, las figuras dolientes de Basterretxea parecían observar la escena desde la eternidad de la roca, con sus brazos extendidos en un grito mudo que cobraba una sobrecogedora actualidad bajo el fuego de las armas automáticas.

Desde el fondo del deambulatorio, aprovechando que los dos asaltantes se concentraban en batir la posición del altar, el inspector jefe Gorka Atxaga emergió de la penumbra detrás de una columna de hormigón.

Con una serenidad templada en treinta años de servicio en la brigada móvil de la Ertzaintza, Gorka adoptó la postura de tiro Isósceles, alineó los puntos de fósforo de su pistola con el centro de masa del atacante de la izquierda y apretó el gatillo dos veces en una secuencia doble de alta cadencia.

Las dos detonaciones retumbaron en la bóveda de la cripta como dos truenos ensordecedores.

Los proyectiles perforaron la placa de blindaje ligero del chaleco balístico del sicario a la altura del esternón.

El impacto levantó al tirador del suelo y lo estrelló de espaldas contra la cancela de forja de Chillida, cayendo inerte sobre las baldosas en un charco creciente de sangre espesa mientras su subfusil rebotaba con un estrépito metálico hacia el pasillo lateral.

El segundo asaltante, sorprendido por el fuego cruzado y comprendiendo que habían perdido el factor sorpresa, soltó una maldición gutural en griego moderno y retrocedió a la carrera hacia la escalera de caracol, disparando a ciegas sobre la columna de Gorka para cubrir su retirada.

Los casquillos de latón tintineaban sobre los escalones de piedra mientras el sicario ganaba altura a la desesperada hacia la nave superior.

♦ ♦ ♦

—¡El segundo sube hacia la explanada! —gritó Gorka cambiando de cargador con un movimiento mecánico impecable—. ¡Ainara, no te muevas de ahí!

Pero Mathieu ya se estaba incorporando del suelo, ignorando la sangre caliente que le empapaba la manga izquierda y el dolor lacerante que amenazaba con nublarle la vista.

Con la mano derecha recogió del suelo el subfusil MP9 abandonado por el tirador abatido, comprobó que el cerrojo estaba alimentado y se lanzó en persecución del fugitivo a través de la escalera de caracol.

—¡Mathieu, espera! ¡Estás herido! —gritó Ainara intentando ponerse en pie, pero el agente de Eurojust ya había desaparecido en la penumbra del tramo superior con la agilidad felina de un veterano de operaciones encubiertas.

Ainara corrió tras ellos, seguida por Amets que aferraba la mochila contra su pecho como si fuera su propia vida.

Cruzaron la nave central de la basílica, donde el viento gélido entraba aullando por las cristaleras reventadas del crucero arrastrando jirones de niebla que flotaban entre los bancos como fantasmas de ceniza.

El olor a ozono, pólvora y aire glacial llenaba la nave cavernosa mientras las figuras de los apóstoles exteriores vibraban con el empuje de las ráfagas del norte.

Al salir a la explanada exterior de Arantzazu, el frío del amanecer las golpeó como un latigazo de hielo.

La niebla comenzaba a desgarrarse sobre los picos del Aizkorri, tiñendo el cielo de un azul cobalto plomizo.

En el centro de la explanada de gravilla, justo bajo la hilera monumental de los catorce apóstoles de Oteiza cuyas figuras vacías parecían juzgar el desenlace de la violencia, Mathieu alcanzó al fugitivo.

El sicario, cojeando visiblemente por un impacto de rebote en el muslo derecho, intentaba saltar la barandilla de hierro que daba al precipicio para deslizarse por la ladera de matorrales y canchales hacia el fondo de la garganta.

Mathieu se arrojó sobre él en una zancadilla implacable, proyectando el cuerpo del atacante contra los guijarros húmedos de la explanada.

El mercenario intentó sacar una pistola corta del bolsillo del anorak, pero Mathieu le clavó la bota sobre la muñeca, quebrando la articulación con un chasquido seco que arrancó un grito agónico al asaltante, mientras le hundía el cañón del subfusil contra la nuez de la garganta.

—¡Ni te muevas si quieres volver a ver el mar Egeo! —le espetó Mathieu en inglés con una ferocidad gélida que congeló cualquier conato de resistencia en el sicario—. ¡Suelta el arma o te dejo caer al barranco ahora mismo!

El hombre abrió los dedos, dejando caer la pistola sobre la grava. Era un individuo de unos cuarenta años, con barba recortada, mandíbula cuadrada y una cicatriz quirúrgica que le cruzaba la sien izquierda. Respiraba con dificultad, jadeando por el dolor de la pierna y de la muñeca fracturada.