La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 9 — La emboscada de Arantzazu #4
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CAPÍTULO 9 — La emboscada de Arantzazu #4

Gorka Atxaga se dirigió con paso rápido hacia el extremo opuesto de la cripta, donde una monumental puerta de dos hojas de hierro forjado con remaches de forja artesanal comunicaba con el acceso exterior de la ladera sur.

—Estas son las puertas de Chillida —dijo el inspector pasando los dedos enguantados por las planchas asimétricas de hierro oxidado que encajaban como un rompecabezas tectónico—. La cancela está cerrada por dentro con un pasador de acero de tres pulgadas. Nadie entra por aquí sin dinamita militar.

—Atráncala con la barra de seguridad de la sacristía de todos modos —ordenó Mathieu con voz profesional—. Yo me encargo del acceso superior de las escaleras del campanario.

El padre Juan María condujo a Amets hacia un banco corrido de roble situado en una hornacina lateral, detrás de una de las grandes figuras pintadas por Basterretxea.

La ingeniera se sentó con la espalda apoyada contra el muro frío, respirando con dificultad mientras abría la cremallera de su mochila para verificar el estado de los discos duros.

—Están intactos —susurró Amets mostrándole a Ainara las carcasas metálicas selladas—.

Aquí están los registros de difracción de la patente de Beloki, los correos de compra de chatarra adulterada con fósforo y las órdenes de transferencia bancaria de la filial de Ginebra.

Si estos discos llegan al juzgado de San Sebastián el lunes, los pagarés de Atalante Capital no valdrán ni el papel en el que están impresos.

El padre Juan María sirvió una taza de infusión caliente en un jarro de barro cocido y se la tendió a Amets, que la tomó con ambas manos para calentar los dedos ateridos.

El viejo fraile contempló la mochila de lona con una gravedad compasiva: «Durante la gran huelga de las cooperativas en los años setenta, los obreros que se negaban a someterse a las directrices de los gobernadores civiles venían a rezar y a dormir sobre estas mismas piedras de la cripta.

Los franciscanos nunca hemos cerrado la cancela a quienes defienden el pan de sus hijos con el trabajo honrado.

Tu abuelo Bittor subió muchos quintales de caliza para estos arcos; ten por seguro que su memoria sigue viva en cada sillar de este templo».

Ainara se sentó a su lado, sacando de su maletín un bloque de actas oficiales de la fiscalía.

En su antebrazo, el reloj de su padre marcaba las cinco menos cinco con su pulso regular de acero; la marcha inalterable de las manecillas le recordaba que la verdad procesal exigía una pulcritud metódica antes de que la violencia intentara destruir las evidencias.

—Vamos a levantar acta de aseguramiento preventivo de prueba digital ahora mismo, Amets —dijo Ainara con voz pausada y serena, buscando calmar los temblores de la joven—.

Conforme al artículo setecientos setenta y siete de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, consignaremos la huella digital criptográfica SHA-256 de cada archivo en presencia del inspector jefe Atxaga y del delegado de Eurojust. Aunque intenten asaltar este santuario, la validez probatoria de estos documentos quedará fijada judicialmente con fuerza de prueba preconstituida indiscutible.

Mathieu conectó los dos discos duros a su terminal rugerizada protegida con carcasa de magnesio.

Los algoritmos criptográficos procesaron los bloques de datos en silencio, arrojando sendas cadenas alfanuméricas de sesenta y cuatro caracteres que Ainara anotó de puño y letra en el encabezamiento del documento judicial.

En los cuadernos de Beloki, las gráficas de tensión-deformación y los espectrogramas de dispersión demostraban que la aleación con nanopartículas de grafeno incrementaba el límite elástico del acero nodular en un cuarenta por ciento, una ventaja industrial decisiva que justificaba la codicia desmedida de los fondos especulativos internacionales.

Gorka estampó su firma junto a la fecha y la hora exacta, mientras Mathieu rubricaba como funcionario europeo de enlace judicial.

Mathieu se acercó al altar de piedra, dejando sobre la superficie pulida su linterna y un cargador suplementario para la pistola reglamentaria de Gorka.

Se detuvo a medio metro de Ainara, mirándola a los ojos en la penumbra rojiza de los murales.

Las ojeras oscuras y la palidez de Ainara contrastaban con el brillo acerado e inquebrantable de su mirada.

—Has estado impecable en Eskoriatza, Ainara —dijo Mathieu en un susurro bajo, apenas audible sobre el eco sordo del viento exterior—. Si no hubieras revisado los bajos del coche con Gorka, Amets estaría ahora destrozada en el fondo del barranco de San Prudencio.

Ainara levantó la vista del papel timbrado, encontrando la mirada de Mathieu. Extendió la mano y apretó con fuerza los dedos enguantados de él, sintiendo la aspereza del cuero húmedo y el pulso firme que latía bajo la piel.

—No vamos a retroceder, Mathieu. Ni un solo milímetro.

Ni ante los fondos buitre de Fráncfort, ni ante los sicarios de Biarritz, ni ante los políticos cobardes que nos esperan en Vitoria-Gasteiz.

Si este país ha sido capaz de levantar un santuario de piedra como este sobre el abismo de las montañas, también será capaz de meter en la cárcel a quienes intentan comprar el sudor de sus trabajadores con pagarés falsos.

Mathieu esbozó una sonrisa tenue, cargada de una ternura infinita y peligrosa que la violencia de la noche no logaba apagar:

—Hemen nago, Ainara. Zurekin nago. Hasta que el último de esos canallas pague por lo que ha hecho.

De pronto, un crujido sordo y metálico, semejante al golpe seco de una barra de hierro contra un marco de aluminio, resonó en la nave superior de la basílica, interrumpiendo el murmullo de la cripta como un disparo en seco.

♦ ♦ ♦

El estruendo procedía del claristorio superior que coronaba el crucero de la basílica, a más de quince metros por encima de sus cabezas.

Fue un sonido violento de vidrios armados quebrándose bajo el impacto de un mazo neumático, seguido de inmediato por el silbido agudo de un mosquetón de escalada deslizándose por una cuerda estática de poliamida.

Los atacantes no habían subido por la explanada principal ni intentado forzar las cancelas de forja; habían escalado por el contrafuerte exterior norte aprovechando las hendiduras kársticas del peñasco para descender directamente por los lucernarios altos del templo.

Conocían la disposición interior de las galerías franciscanas con precisión de plano militar.

—¡Están dentro! —gritó Gorka Atxaga desenfundando su arma con un movimiento fluido y empujando al padre Juan María hacia el fondo de la sacristía vieja—. ¡Al suelo todo el mundo! ¡Apagad las luces de inmediato!

Mathieu barrió la linterna roja con el codo, sumiendo la cripta en una penumbra azulada y fantasmal alimentada únicamente por la claridad lechosa de la niebla que se colaba por las claraboyas altas.

Antes de que el eco de la orden de Gorka se extinguiera, una ráfaga sorda de disparos con supresor sónico desgarró el aire subterráneo: un chasquido rítmico y apagado, como el de una grapadora neumática de alta presión golpeando madera verde.

Los proyectiles perforaron la balaustrada de roble del coro alto y arrancaron una lluvia de esquirlas afiladas de la pared frontal, pulverizando una franja de yeso sobre los murales de Basterretxea.

Dos sombras vestidas con monos tácticos de asalto oscuros, arneses de descenso rápido y cascos con monoculares de visión nocturna de fósforo blanco se descolgaron por la escalera de caracol, avanzando en abanico con subfusiles compactos Brügger & Thomet MP9 empuñados a la altura del pecho.

No buscaban dialogar ni exigir una entrega pacífica: disparaban en ráfagas cortas de tres proyectiles dirigidas a las zonas bajas del presbiterio para exterminar a cualquier ocupante del recinto.

El silenciador integral de titanio suprimía el estampido de boca, pero el chasquido supersónico de la munición subsónica rebotando contra los muros generaba un zumbido letal en la bóveda de hormigón, desprendiendo un polvo amargo de piedra triturada que irritaba la garganta.

—¡Ainara, abajo! —rugió Mathieu con un instinto salvaje que anuló cualquier consideración de supervivencia personal.

En una fracción de segundo, antes de que el tirador de la izquierda pudiera fijar su haz infrarrojo sobre la fiscal, Mathieu se abalanzó sobre Ainara con todo su peso corporal.

La derribó contra las baldosas frías de piedra caliza, envolviéndola por completo con su torso y sus brazos, aplastándola contra la base protegida del altar macizo de Arantzazu.

La cabeza de Ainara quedó resguardada bajo el pecho de Mathieu, sintiendo el latido desbocado de su corazón y el calor sofocante de su aliento entrecortado mientras el olor a pólvora quemada y ozono llenaba el habitáculo.

Una fracción de segundo después, una ráfaga de proyectiles de nueve milímetros Parabellum de punta hueca impactó contra el ángulo superior del altar de piedra.

El bloque de caliza absorbió la mayor parte de la energía cinética del impacto con un crujido sordo, pero el choque despedazó la arista del monolito en una lluvia de metralla secundaria.

Un fragmento dentado de piedra y plomo caliente salió despedido con fuerza centrífuga, rasgando limpiamente la manga de cordura de la cazadora de Mathieu y abriendo un corte sangrante y profundo de ocho centímetros en la parte posterior de su hombro izquierdo.