CAPÍTULO 9 — La emboscada de Arantzazu #3
El todoterreno salió de la variante de Oñati y enfiló la ascensión por la carretera comarcal GI-3591.
En apenas tres kilómetros, la civilización urbana del valle desapareció por completo, devorada por un paisaje sobrecogedor de gargantas calizas y bosques espesos de hayas y robles desnudos por el rigor del invierno.
La carretera serpenteaba en curvas cerradas de ciento ochenta grados sobre el desfiladero del río Oñati, donde las aguas bajaban bramando con furia blanca y espuma brava contra los peñascos del lecho rocoso.
Las paredes de roca gris se levantaban casi en vertical a ambos lados de la calzada, horadadas por simas kársticas y surgencias subterráneas que arrojaban chorros de agua espumosa directamente sobre las cunetas.
Cerca del paso de Arrikrutz, las cavidades milenarias donde reposaban fósiles de leones cavernícolas parecían recordar la insignificancia del tiempo humano frente a la persistencia mineral del macizo.
El relieve del valle del Deba guardaba la memoria de siglos de metalurgia.
A lo largo de la cuenca fluvial, mucho antes de que se construyeran las plantas modernas de prensado y matricería, las antiguas ferrerías hidráulicas ya aprovechaban los saltos de agua para mover los martinetes de forja y transformar el mineral de hierro en rejas, clavos de barcos y anclas para la flota cantábrica.
El oficio de moldear el metal caliente corría por las venas de aquellas familias como una segunda naturaleza.
Subir hacia las alturas de Oñati significaba internarse en el corazón agreste de esa historia, donde la roca madre del Aizkorri protegía los pastos altos y los hayedos de Urbia de cualquier injerencia exterior.
A medida que ganaban altitud, la lluvia torrencial fue sustituida por un banco de niebla denso, espeso y helado que parecía brotar directamente de las grietas del macizo de Aloña.
La visibilidad se redujo a menos de ocho metros; los faros antiniebla del vehículo apenas conseguían dibujar una franja de asfalto mojado delimitada por mojones de piedra agrietada y quitamiedos oxidados que temblaban bajo el empuje del viento racheado de la montaña.
La orografía kárstica del Aizkorri, modelada por milenios de disolución química y fractura tectónica, envolvía el convoy en un aislamiento absoluto: no había cobertura de telefonía móvil, no había repetidores civiles encendidos en la garganta y las señales de radio comercial quedaban ahogadas por las moles de caliza que encajonaban la ruta.
Ainara apoyó la frente contra el cristal frío de la ventanilla, contemplando el abismo que se abría a su izquierda.
La oscuridad del barranco era total, un pozo sin fondo donde cualquier despiste al volante significaba una caída vertical hacia la muerte.
Pensó en las advertencias de los viejos montañeros del Duranguesado: en las canales del Aizkorri las máquinas no mandaban, mandaba el rigor de la roca.
Aquella misma piedra, austera y mineral, era ahora su única trinchera frente a los depredadores financieros que saqueaban el tejido productivo de la comarca.
Tras veinte minutos de ascensión agónica en tercera marcha, el todoterreno superó la última curva de herradura y desembocó en la explanada superior del Santuario de Nuestra Señora de Arantzazu.
El panorama que surgió de la niebla era de una solemnidad estremecedora.
La basílica se alzaba como una fortaleza mineral desafiando el vacío del desfiladero, construida con grandes sillares de piedra caliza tallados en puntas de diamante que simulaban los espinos de la leyenda originaria del pastor Rodrigo de Balzategi.
Sobre la cornisa de la fachada principal, las catorce figuras ciclópeas de los apóstoles esculpidas por Jorge Oteiza emergían de la bruma como centinelas de piedra herida: cuerpos huecos, rostros cóncavos consumidos por el silencio y brazos extendidos hacia el cielo gris ceniza en un grito mudo de resistencia contra el olvido.
La concepción espacial que Oteiza había plasmado en los años cincuenta, desafiando las convenciones clasistas de la época para crear un arte de desocupación y vacío místico, parecía haber sido concebida precisamente para una noche como aquella: un monumento donde la materia se retiraba para dejar paso a la pura dignidad espiritual frente a la barbarie.
El viento soplaba allí arriba con una violencia gélida que hacía silbar las aristas de los muros de hormigón. No había una sola luz encendida en la fachada; solo la inmensidad de las moles kársticas del Aizkorri vigilando el santuario desde las alturas invisibles de la noche.
♦ ♦ ♦
Gorka Atxaga apagó los faros del todoterreno antes de cruzar la cancela exterior, guiándose únicamente por las luces de posición para deslizar el vehículo bajo el voladizo cubierto del claustro de peregrinos.
El silencio que se desplomó sobre ellos al detenerse el motor fue absoluto, roto únicamente por el crujido del escape caliente enfriándose en el aire gélido y el aullido constante del viento del norte canalizado a través del desfiladero de Arantzazu.
Mathieu descendió el primero, con la mano izquierda sosteniendo una linterna con filtro rojo para no deslumbrar en la penumbra y la derecha lista bajo la cazadora táctica.
Se acercó a la pequeña puerta de roble macizo con herrajes de forja que daba acceso a la secretaría del convento franciscano y golpeó la madera con una secuencia convenida: tres golpes secos, una pausa de dos segundos y dos golpes más graves sobre el travesaño central.
Pasaron cuarenta segundos interminables en los que el viento pareció arreciar, agitando las copas de los pinos negros que bordeaban el precipicio.
Finalmente, el chirrido de un cerrojo de hierro oxidado resonó desde el interior y la puerta se abrió una cuarta.
Una bombilla tenue iluminó la figura menuda y enjuta del padre Juan María, un fraile de setenta y ocho años con hábito pardo de estameña, sandalias de cuero sobre calcetines gruesos de lana y un rostro surcado por mil arrugas de viento y oración que sonrió con serenidad al reconocer al recién llegado.
—Llegas con el frío de la madrugada, Mathieu —dijo el anciano en un euskera dulce y pausado, abriendo la hoja de par en par para franquearles el paso—.
Entrad rápido, antes de que la escarcha se meta en los huesos del claustro.
Tu llamada desde San Juan de Luz me despertó a tiempo para encender el brasero de la botica.
—Eskerrik asko, Juan María —respondió Mathieu con voz respetuosa mientras ayudaba a entrar a Ainara y a Amets, que tiritaban por el contraste térmico—.
Necesitamos bajar a la cripta. La policía judicial tiene que asegurar a este testigo y a la fiscal.
Traemos una amenaza armada pisándonos los talones desde la costa.
El anciano fraile no hizo preguntas impertinentes ni mostró la menor vacilación. Miró a Amets Ibarra, observando el mono azul de Fagor Ederlan bajo el anorak, y posó una mano arrugada y tibia sobre su hombro:
—Tú eres la nieta de Bittor Ibarra, el que subía los muretes de mampostería en el cincuenta y tres... Tienes los mismos ojos obstinados de tu abuelo, neska. No temas; en esta casa ningún obrero del hierro ha quedado desamparado jamás.
El padre Juan María extrajo de su cinto de cuerda un manojo de llaves maestras de hierro forjado y los guió a través de un corredor abovedado de piedra desnuda hasta el descansillo de la escalera de caracol que descendía hacia las entrañas de la basílica.
Bajaron en fila india por los peldaños desgastados por millones de pisadas, sintiendo cómo el frío del exterior daba paso a una humedad densa y telúrica, cargada de olor a cera virgen, incienso antiguo y piedra caliza viva empapada por las corrientes subterráneas de la montaña.
Al llegar al final de la escalera y empujar una pesada cortina de terciopelo granate, entraron en la cripta de Arantzazu.
Ainara se detuvo en seco en el umbral, sobrecogida por la monumentalidad plástica del espacio.
La cripta no se parecía a ningún templo subterráneo convencional: era una caverna geométrica de hormigón armado y muros de contención donde los murales monumentales pintados por Néstor Basterretxea cubrían más de quinientos metros cuadrados de superficie con una potencia expresiva sobrecogedora.
Figuras antropomorfas ciclópeas, trazadas con pigmentos puros de rojo bermellón, negro carbón y ocres de óxido de hierro, parecían brotar directamente de la roca viva, escenificando el drama cósmico de la creación del universo, la angustia existencial del ser humano y la resurrección de un pueblo forjado en el sufrimiento y el trabajo.
Las sombras arrojadas por la tenue iluminación cenital dotaban a los murales de una tridimensionalidad inquietante, como si los titanes de Basterretxea respiraran al unísono con el viento que bramaba en el exterior.
Aquel recinto, concebido durante los años de resistencia cultural del franquismo cuando la nunciatura apostólica intentó censurar las obras por considerarlas heterodoxas, guardaba en sus muros la memoria de los perseguidos que encontraban amparo en la comarca.
En el centro del presbiterio, un altar macizo tallado en un solo bloque de caliza gris del monte Aloña reposaba como un yunque prehistórico bajo la penumbra.
—Aquí abajo las señales de telefonía móvil y los localizadores satelitales quedan ciegos por completo —explicó Mathieu mientras inspeccionaba las cuatro columnas de hormigón que sostenían el forjado superior—.
La losa de hormigón armado de la basílica tiene más de metro y medio de espesor y el terreno exterior es pura roca caliza kárstica.
Estamos en una jaula de blindaje natural que anula cualquier intento de geolocalización remota.