CAPÍTULO 9 — La emboscada de Arantzazu #2
Amets parpadeó desorientada, reconociendo el semblante severo, pálido y decidido de la mujer que la había interrogado en la sede central de Mondragón cuarenta y ocho horas antes.
—¿Qué ocurre con mi coche? Iba a encenderlo ahora mismo para ir a la fundición... Tengo que abrir el laboratorio de pulvimetalurgia antes de que entre el turno de las seis para calibrar el horno de vacío...
—Si hubieras girado la llave de ese coche y bajado la cuesta de la salida hacia la variante, estarías muerta en diez minutos, Amets —dijo Gorka incorporándose del suelo y mostrándole en la pantalla iluminada de su cámara el corte milimétrico en bisel del latiguillo de freno—.
Han cortado los frenos hidráulicos con una cuchilla de precisión.
Están esperando tu accidente en algún punto de la carretera comarcal.
La ingeniera se acercó dos pasos hacia el bordillo, clavando la mirada en la mancha de líquido DOT 4 que brillaba en el asfalto como un charco de sangre química.
El termo de café se le resbaló de los dedos enguantados, rebotando contra el bordillo con un sonido metálico que desgarró el silencio del polígono.
Su rostro perdió todo rastro de color, transformándose en una máscara de palidez marmórea.
—Ellos... han venido a por mí —susurró Amets con un hilo de voz quebrado por la angustia—.
Saben que guardé las copias de seguridad de los ensayos de Beloki...
Saben que tengo los espectrogramas de difracción de rayos X de la aleación de wolframio y grafeno...
Saben que puedo demostrar que las partidas de arrabio importadas de Suiza no cumplían las normas UNE de pureza y que introducían fósforo deliberadamente para debilitar la estructura cristalina.
—Lo saben todo porque Sylvain Deschamps tiene ojos y oídos en cada despacho del corredor industrial —dijo Ainara cogiéndola firmemente por el brazo y empujándola hacia el asiento trasero del coche policial camuflado—.
Y porque Viktor Sorokin ha dado la orden directa de limpiar a cualquiera que pueda testificar en sede judicial antes del vencimiento de los pagarés el lunes.
No hay tiempo que perder. Gorka, arranca.
Mathieu nos está esperando en el cruce de Oñati con inteligencia fresca de Biarritz. Nos movemos ya.
Gorka extrajo un vial estéril de vidrio de borosilicato de su maletín técnico y, con una pipeta de teflón, recogió cinco mililitros del fluido viscoso que goteaba bajo la pinza para evitar cualquier contaminación por polímeros sintéticos en los análisis cromatográficos.
Precintó el tubo con cinta judicial numerada, firmó el resguardo de cadena de custodia en presencia de Ainara y subió con presteza al asiento del conductor.
El motor diésel cobró vida con un rumor amortiguado.
Ainara acomodó a Amets en la banqueta trasera, aseguró los cierres de las puertas y vigiló los ángulos muertos del polígono mientras el vehículo se deslizaba hacia la salida de Eskoriatza con las luces cortas rozando el asfalto anegado.
♦ ♦ ♦
El todoterreno camuflado de la Ertzaintza avanzó a través de la carretera comarcal bordeando las laderas umbrías que separan Eskoriatza de Oñati.
El parabrisas luchaba contra una cortina de agua densa que los limpiaparabrisas apenas conseguían desalojar con su vaivén rítmico y chirriante.
En el asiento trasero, Amets Ibarra permanecía encogida, abrazando contra su pecho la mochila de lona que contenía dos discos duros protegidos por fundas de neopreno y una libreta de tapas negras con anotaciones manuscritas en tinta azul, cálculos de resistencia térmica y fórmulas de tensión mecánica elaboradas por Xabier Beloki antes de ser asesinado en el crisol de la fundición.
A las cuatro y cuarenta de la mañana alcanzaron la estación de servicio desierta en el enlace de la variante de Oñati.
Los surtidores automáticos parpadeaban con un resplandor verdoso bajo la marquesina de hormigón armado.
En el rincón más oscuro del aparcamiento de camiones, oculto tras un murete de piedra seca que servía de cortavientos frente a las rachas del valle, aguardaba un todoterreno oscuro con matrícula francesa y barro seco salpicando las aletas.
En cuanto el coche de la policía judicial redujo la marcha y apagó las luces largas, la puerta del copiloto del vehículo francés se abrió y Mathieu Etcheverry descendió al asfalto encharcado.
Vestía su cazadora táctica impermeable y unos vaqueros oscuros empapados en los bajos; su rostro, demacrado por tres noches en vela y la conducción salvaje desde la costa vascofrancesa a través de la muga, conservaba sin embargo una alerta implacable en los ojos castaños.
Mathieu subió al asiento del copiloto del vehículo de la Ertzaintza sin perder un segundo, cerrando la puerta de golpe para evitar que el viento racheado inundara el habitáculo de agua y frío.
—Están aquí —dijo Mathieu en euskera labortano, antes de cambiar de inmediato al castellano para que Gorka y Amets comprendieran cada matiz del peligro operativo—.
Intercepté la comunicación de Sylvain Deschamps en la Avenida de la Emperatriz de Biarritz a las dos y media de la madrugada.
Hablaba a través de un enlace satelital Iridium cifrado conectado con un servidor seguro en el emirato de Dubái.
Viktor Sorokin no delega en delincuentes comunes de la zona ni en antiguos matones portuarios: ha fletado una célula táctica independiente de tres hombres con pasaportes chipriotas y formación militar en los Balcanes.
Son antiguos cuadros de infantería de marina heleno-chipriota reciclados en compañías de seguridad privada marítima en Limassol, hombres acostumbrados a operaciones encubiertas de sabotaje y neutralización en aguas del Índico y el Mediterráneo oriental.
Entraron por el paso de Biriatou ayer por la tarde en dos vehículos alquilados con identidades mercantiles interpuestas.
Uno de los coches es un monovolumen gris con lunas tintadas que fue detectado por las cámaras de tráfico del peaje de Zarautz hace apenas una hora.
Ainara se inclinó hacia adelante desde el respaldo del asiento trasero, rozando con los dedos el hombro empapado de Mathieu.
El contacto físico, breve y urgente, transmitió una descarga de alivio y tensión compartida que no necesitó palabras de consuelo para reafirmar la complicidad forjada entre ambos.
—Han cortado los frenos del coche de Amets en Eskoriatza, Mathieu —dijo Ainara con la mandíbula apretada—. Un corte de cirujano en el circuito primario. Querían que se matara en la primera pendiente.
Mathieu apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos de la mandíbula se dibujaron bajo la barba incipiente. Se giró hacia el asiento trasero para mirar a la joven ingeniera. Su mirada escrutó la mochila y la palidez de Amets con una mezcla de respeto y determinación protectora.
—Si el sabotaje del coche no ha funcionado, activarán el plan de contingencia B en menos de media hora —explicó Mathieu con voz gélida—.
La célula sabe que el único lugar donde podemos esconder a un testigo con esta carga probatoria en la comarca del Alto Deba es la comisaría de Bergara o el cuartel central de Vitoria-Gasteiz.
En ambos sitios tienen capacidad de vigilancia perimetral y contactos en los servicios de seguridad privada que les avisarían de nuestra llegada.
Si entramos en el casco urbano de Bergara a estas horas, nos meteremos directos en una ratonera con líneas de tiro despejadas y sin cobertura táctica.
—¿Y qué propones, Etcheverry? —preguntó Gorka Atxaga mientras mantenía el motor diésel al ralentí y la mirada clavada en los retrovisores exteriores—. No podemos quedarnos parados en una gasolinera como patos de feria esperando a que aparezca el monovolumen gris por la rotonda.
—Subimos a Arantzazu —respondió Mathieu sin vacilar un solo instante—.
La carretera GI-3591 es una vía sin salida que termina a los pies del santuario, a setecientos cincuenta metros de altitud.
Solo hay un carril de subida encajonado entre paredes de caliza vertical y barrancos de más de doscientos metros de caída libre.
Con la niebla que baja de las campas de Urbia, nadie puede atacarnos desde la distancia con fusiles de precisión.
Y en el santuario, las estructuras de hormigón y la cripta de piedra ofrecen una protección balística inexpugnable.
Además, el padre Juan María, el ecónomo de los franciscanos, es el primo hermano de mi abuela Maider; nos franqueará el acceso a la cripta subterránea sin hacer preguntas.
Ainara miró a Amets, que asintió en silencio con los labios temblorosos pero los ojos decididos:
—Mi familia es de Oñati... Mi abuelo ayudó a subir los bloques de piedra para los muros del santuario cuando Oteiza estaba esculpiendo los apóstoles. Es el lugar más seguro de todo el valle. Nadie entra allí sin que se escuchen sus pisadas sobre la grava de la explanada.
—Pues arriba —zanjó Gorka metiendo la primera marcha con decisión—. Si esos bastardos de Biarritz quieren sangre esta noche, van a tener que subir a buscarla a la niebla de los frailes.