CAPÍTULO 9 — La emboscada de Arantzazu
A las cuatro y diez de la madrugada, el polígono industrial de San Juan en Eskoriatza era una sucesión de naves de hormigón prefabricado y chapa metálica encajonadas bajo la penumbra del fondo del valle del Deba.
La lluvia caía con una insistencia fría, monótona y cortante sobre las fábricas auxiliares de mecanizado y matricería, arrastrando hacia los sumideros los restos de viruta de acero templado, grasa grafitada y emulsión de taladrina que los camiones de reparto dejaban incrustados en el pavimento agrietado de la calle Torrebaso.
El aire olía a chatarra mojada, a combustible diésel estancado por la severa inversión térmica de las cumbres y a ese zumbido eléctrico característico que los transformadores de media tensión desprendían sobre las vallas perimetrales de malla galvanizada.
En aquel rincón del Alto Deba, donde tres generaciones de torneros y fresadores habían levantado el tejido cooperativo más denso del continente, la noche no traía descanso; solo una pausa silenciosa antes del relevo del turno de fundición de las cinco y media.
Ainara Zubiaga descendió del todoterreno camuflado de la Ertzaintza subiéndose el cuello del chaquetón térmico hasta la barbilla para frenar las ráfagas heladas que bajaban canalizadas desde el desfiladero de San Prudencio.
Llevaba más de veinticuatro horas sin dormir, con las anomalías contables de Fagor Ederlan grabadas en la retina y la advertencia urgente de Mathieu resonando en su memoria como una campana de alarma permanente.
A su lado, el inspector jefe Gorka Atxaga caminaba con paso elástico y amortiguado, escrutando con una linterna táctica de haz concentrado los portales oscuros de las viviendas obreras levantadas en los años setenta frente al antiguo trazado ferroviario.
Bajo el puño del jersey de lana, la caja de acero del Certina DS de su padre Josu acompañaba el compás apresurado de sus pasos sobre el asfalto mojado.
Aquel instrumento heredado tras el derrumbe del taller familiar de Durango le transmitía una serenidad silenciosa y tenaz ante la inminencia del peligro.
—El portal doce está a cincuenta metros, Ainara —susurró Gorka con la voz enronquecida por la humedad y la vigilia acumulada, manteniendo la mano diestra apoyada cerca del arma reglamentaria bajo el impermeable oscuro—.
Según el padrón municipal y la ficha del Consejo Social, Amets Ibarra vive en el tercer piso interior.
Su turno de ingeniería en la nave de moldeo arranca a las cinco y cuarto de la mañana.
Si la interceptación de Mathieu en Biarritz es exacta, los operativos de limpieza están sobre el terreno o a punto de actuar.
—Mathieu nunca se equivoca en la valoración de una amenaza, Gorka —respondió Ainara con firmeza contenida, sorteando un charco profundo de agua aceitosa que reflejaba el destello amarillento de una farola de vapor de sodio—.
Escuchó a Sorokin ordenar directamente a Sylvain Deschamps que eliminaran a Amets simulando una salida de vía antes de que pudiera entregar los cuadernos técnicos de Beloki.
No buscan intimidar; buscan un vehículo calcinado en el fondo de un barranco que cierre la boca a cualquier socio disidente de Mondragón.
Saben que los pagarés vencen el lunes y que los registros de los hornos son la única prueba de que la quiebra fue inducida mediante sabotaje industrial.
Si los informes de control de calidad sobre las manguetas de fundición nodular para las marcas alemanas desaparecen, Fagor Ederlan quedará expuesta a penalizaciones contractuales que devorarán sus fondos de reserva en cuestión de semanas.
Doblaron la esquina del callejón y localizaron de inmediato el utilitario blanco de Amets, un Seat Ibiza con una década de polvo de taller sobre los pasos de rueda, estacionado en batería bajo un plátano deshojado por las heladas.
El vehículo permanecía en silencio, con los cristales empañados por la condensación térmica de la noche.
Sin embargo, cuando Gorka barrió con el foco blanco de la linterna los bajos del chasis delantero y la gravilla circundante, un brillo anómalo sobre el asfalto mojado detuvo su avance.
—Alto. No te acerques más —ordenó el inspector en un susurro tenso, agachándose de inmediato sobre la calzada.
Ainara se inclinó sobre su hombro, conteniendo la respiración mientras el sirimiri le empapaba las sienes.
En el suelo, justo debajo de la rueda delantera izquierda y junto al puente de la suspensión, dos manchas densas, viscosas y perfectamente delimitadas repelían el agua de lluvia formando un halo irisado.
Gorka tocó la sustancia con la yema del guante de nitrilo, frotó el fluido con lentitud y lo aproximó a su nariz antes de encender la luz ultravioleta de su linterna secundaria.
—Líquido de frenos sintético DOT 4, con base de éteres de polietilenglicol y ésteres de borato —dictaminó Gorka con la precisión quirúrgica de un perito de tráfico—.
La viscosidad es densa y el olor es reciente.
Todavía conserva una temperatura residual provocada por la presión del circuito cerrado.
Quien haya manipulado esto ha trabajado aquí hace menos de veinte minutos.
El inspector deslizó el torso bajo el paragolpes delantero, dirigiendo el foco halógeno hacia el vano del amortiguador de la rueda izquierda. Ainara escuchó un chasquido sordo cuando Gorka apartó una grapa de plástico del guardabarros interior para exponer la línea hidráulica.
—Mira esto, Ainara. Una auténtica trampa de precisión.
Ainara se arrodilló sobre el asfalto gélido, sintiendo la humedad calar el tejido grueso de sus pantalones.
A través del hueco iluminado, observó el latiguillo flexible de caucho reforzado con malla sintética que conectaba la pinza flotante del freno de disco con la tubería rígida procedente del servofreno maestro.
El conducto no presentaba una rozadura accidental por grava ni una fractura por fatiga de material: había sido seccionado transversalmente con una cuchilla quirúrgica en un ángulo oblicuo de cuarenta y cinco grados, dejando una lengüeta milimétrica de goma de menos de medio milímetro que apenas mantenía la continuidad del conducto bajo presión estática.
—Es un corte de estrangulamiento retardado —explicó Gorka con un hilo de voz sombrío mientras tomaba cuatro fotografías de detalle con su terminal para incorporarlas al acta judicial de inspección técnico-policial—.
En los sistemas de frenado hidráulico en diagonal, una incisión en bisel permite que el circuito mantenga los ocho o diez bares de presión cuando se maniobra a baja velocidad por el llano.
Pero en cuanto el conductor afronta la primera bajada pronunciada y pisa con fuerza para entrar en una curva de horquilla, la presión del bombín principal supera de golpe los setenta bares.
La lengüeta se desgarra al instante, el líquido se proyecta hacia la rueda y el pedal se hunde hasta la chapa sin ofrecer la más mínima resistencia de retención.
En las rampas del puerto hacia Arantzazu te vas directo al vacío a ochenta kilómetros por hora sin frenos y sin dejar la más mínima huella de frenada en el asfalto.
El atestado oficial de tráfico lo habría archivado como una salida de vía por exceso de velocidad y pavimento deslizante en condiciones invernales.
Un escalofrío de rabia e indignación moral recorrió la espalda de Ainara.
Se puso en pie apretando los puños dentro de los bolsillos del chaquetón.
La frialdad técnica del sabotaje demostraba el método operativo del entramado fiduciario que Sylvain Deschamps coordinaba: no recurrían a matones torpes ni a artefactos incendiarios ruidosos; ejecutaban muertes asépticas, invisibles a los ojos de la justicia ordinaria, diseñadas para que las familias de los cooperativistas asumieran la pérdida como una trágica fatalidad del destino y no como el resultado de una conspiración financiera a gran escala.
Ainara miró hacia las siluetas silenciosas de las naves de fundición al otro lado de la carretera.
La corporación nacida en los años cincuenta bajo el impulso visionario de José María Arizmendiarrieta no era una empresa capitalista ordinaria; era un modelo donde el trabajador era dueño soberano de su puesto y de sus decisiones colectivas.
Si las manguetas de fundición nodular de Fagor Ederlan fallaban en las cadenas de montaje de los fabricantes alemanes, las reclamaciones por responsabilidad civil superarían los cuatrocientos millones de euros, arrastrando a las cooperativas auxiliares de Bergara y Arrasate a una suspensión de pagos generalizada.
La quiebra de ese ecosistema no solo arruinaría a miles de familias trabajadoras; pulverizaría la credibilidad moral de la economía social vasca frente a los fondos de inversión internacionales.
En ese instante, el chasquido metálico del cerrojo del portal doce resonó en el callejón desierto.
La puerta de chapa verde se abrió despacio y Amets Ibarra apareció en el umbral, enfundada en su mono azul marino de trabajo con el logotipo bordado de Fagor Ederlan asomando bajo un anorak acolchado.
Llevaba una mochila desgastada de lona técnica colgada de un hombro y un termo metálico en la mano izquierda.
Al divisar a dos figuras agachadas junto a su vehículo en la penumbra, la joven ingeniera se detuvo en seco, retrocediendo un paso hacia la cancela con los ojos abiertos por el sobresalto.
—¡Quieto todo el mundo! ¿Quién anda ahí? —exclamó Amets con la voz temblorosa pero enérgica, tanteando con la mano diestra el bolsillo lateral en busca de una navaja multiusos.
—¡Amets, calma! Soy Ainara Zubiaga, la fiscal de Bergara —dijo Ainara avanzando dos pasos con las palmas abiertas hacia la claridad del zaguán—. Y él es el inspector jefe Atxaga, de la Ertzaintza. Venimos a por ti. Deja esa mochila y sube a nuestro vehículo ahora mismo.