La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 8 — La llamada de Biarritz #6
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CAPÍTULO 8 — La llamada de Biarritz #6

—¡Esa patrulla no va a servir de nada, Ainara!

—bramó Mathieu mientras adelantaba a un convoy de trailers en la bajada hacia San Juan de Luz a casi doscientos kilómetros por hora—.

¡Han enviado a cuatro profesionales chipriotas en un Land Cruiser blindado!

No van a entrar pegando tiros en la casa; van a entrar por la vaguada trasera de las huertas para rebanar los latiguillos de freno del coche de Amets con un corte en bisel milimétrico.

Quieren simular un accidente mortal por fallo de frenos en las curvas del puerto de Arantzazu antes del amanecer para destruir los discos duros y no levantar sospechas procesales ante la opinión pública.

Quieren impedir a toda costa que la asamblea apruebe la aplicación del artículo 64 de la Ley de Cooperativas para recomprar los pagarés sindicados.

Saben que si los trabajadores activan el Fondo de Reserva Intercooperativo, la ejecución de Atalante queda anulada.

Sorokin sabe que los cuadernos de Beloki demuestran que la patente pertenece al pueblo y no a sus fondos buitre.

Ainara reaccionó al instante, y en su voz el pánico inicial se transformó en la frialdad implacable de la fiscal que toma el mando de una operación de rescate en zona de guerra.

—Son las tres y doce minutos, Mathieu. ¿A qué distancia estás de la muga?

—Estoy pasando San Juan de Luz a ciento noventa por hora —respondió Mathieu con la mirada fija en las marcas viales de la calzada que pasaban como flechas blancas bajo los faros—.

Llegaré al puente de Biriatou en siete minutos y me incorporaré a la AP-1 en Irun hacia Arrasate.

Pero los sicarios me llevan al menos seis kilómetros de ventaja y conocen la ruta comarcal.

No voy a llegar a tiempo para interceptarlos en la autopista antes de que lleguen a Eskoriatza.

—Llamo a Gorka Atxaga ahora mismo por el canal prioritario de la jefatura de la Ertzaintza —resolvió Ainara con una determinación que no admitía vacilaciones—.

Le ordeno que la patrulla de Eskoriatza entre en la vivienda de Amets, la saque de la cama de inmediato y la evacúe en el coche blindado de la fiscalía antes de que los mercenarios lleguen a la calle.

Gorka activará al grupo de intervención rápida Bizkor de la base de Iurreta para que cierren los accesos comarcales en cuanto aseguremos a la testigo.

Amets vendrá con nosotros con los discos duros de Beloki y los cuadernos de síntesis de la patente.

¿Adónde la llevamos, Mathieu? La comisaría de Bergara no es segura para custodiar testigos protegidos y el cuartel de Arrasate está a la vista de los accesos a la autopista.

Los hombres de Sorokin tienen ojos en cada cruce del valle y no podemos arriesgarnos a una emboscada en un edificio administrativo urbano.

Mathieu visualizó mentalmente el mapa orográfico del valle del Deba en la penumbra de la cabina.

—Llevadla al Santuario de Arantzazu, Ainara —dijo con absoluta rotundidad—.

En lo alto de las peñas de Oñati, a ochocientos metros de altitud sobre el desfiladero.

La carretera de montaña tiene un solo carril de subida encajonado entre barrancos calizos y la niebla de la cumbre es tan espesa que ningún vehículo puede subir rápido sin despeñarse por el precipicio.

Es el corazón geológico y espiritual de este país, un refugio inexpugnable proyectado en piedra viva sobre los hayedos del macizo de Aizkorri.

El santuario levantado en los años cincuenta por Francisco Javier Sáenz de Oiza y Luis Laorga no es solo un templo religioso; es una fortaleza de hormigón ciclópeo concebida para resistir el viento y el asedio de las montañas.

Si cerramos las puertas de hierro forjadas por Eduardo Chillida en la cripta de Basterretxea, podremos resistir cualquier asalto con armas cortas hasta que lleguen los refuerzos de la brigada móvil de la Ertzaintza desde Vitoria.

Es una fortaleza natural de piedra y hierro; allí los sicarios no tendrán ventaja táctica frente a los catorce apóstoles de piedra tallados por Jorge Oteiza.

Yo me reuniré con vosotros en el inicio de la subida del puerto.

—Entendido, Mathieu. Hablo con Gorka ahora mismo y movilizamos el convoy. Nos vemos en Arantzazu. ¡Y ten cuidado en la carretera, por lo que más quieras! ¡No te mates en el asfalto!

—Estaré allí, Ainara. Ni Sorokin ni sus sicarios van a arrebatarle el futuro a este valle. Te lo juro por la memoria de mi padre.

Mathieu colgó el satelital y arrojó el aparato sobre el asiento del copiloto.

Delante de él, a través de la cortina de lluvia torrencial y bruma marina, comenzaban a brillar los pórticos iluminados del peaje fronterizo de Biriatou.

Mathieu redujo una marcha, apretó los dientes y encaró la muga a toda velocidad.

Cruzó las juntas de dilatación del puente internacional del Bidasoa con un estruendo metálico y se incorporó a la autopista vasca en dirección a Bergara y Mondragón.

La cacería acababa de comenzar en la noche cerrada y la vida de Amets Ibarra pendía de un hilo de minutos sobre el asfalto mojado de Euskadi.