CAPÍTULO 8 — La llamada de Biarritz #5
A través del visor nocturno de fósforo blanco, la escena en el acantilado se precipitaba a un ritmo vertiginoso.
La puerta principal de la mansión se abrió de par en par y Sylvain Deschamps apareció en el umbral iluminado, vistiendo una bata de seda sobre el traje y sosteniendo una carpeta de cuero bajo el brazo.
El abogado hizo un gesto tajante con el brazo hacia los mercenarios que patrullaban el césped.
Casi de inmediato, cuatro hombres corpulentos vestidos con monos negros de asalto táctico salieron de la caseta de invitados portando bolsas alargadas de lona impermeable y cajas de herramientas de precisión mecánica.
Mathieu observó a través del zoom óptico cómo cargaban alicates de corte angular, llaves de racor hidráulico y tubos de pasta térmica para enmascarar las incisiones en el caucho.
Nikos recibió la carpeta de manos de Deschamps, la hojeó brevemente bajo la luz de una linterna de cabeza y asintió con una mueca gélida.
Los cuatro hombres subieron con movimientos coordinados a bordo del Toyota Land Cruiser blindado con matrícula consular chipriota.
El motor V8 del todoterreno arrancó con un bramido sordo que hizo vibrar las copas de los cedros del jardín, los faros antiniebla amarillos rasgaron la oscuridad del parque y el vehículo enfiló la cancela de hierro que se abría automáticamente mediante control remoto.
Eran exactamente las tres y ocho minutos de la madrugada.
Les separaban sesenta y cinco kilómetros de autopista y carretera de montaña hasta el polígono de San Juan en Eskoriatza.
Si el todoterreno chipriota cruzaba la muga sin ser detectado por las patrullas fronterizas y alcanzaba la vivienda de Amets antes de las cuatro de la madrugada, la ingeniera estaría sentenciada a muerte en el barranco de Arantzazu.
Mathieu no esperó a que el vehículo de los sicarios desapareciera en la curva del faro.
Introdujo la marcha atrás, giró el volante con un movimiento seco sobre la grava del arcén y salió a la calzada de la Avenue de l'Impératrice acelerando a fondo.
Los neumáticos de invierno chirriaron brevemente sobre el asfalto mojado antes de que el control electrónico de tracción estabilizara la trayectoria del turismo.
Cruzó el centro urbano de Biarritz a más de ciento veinte kilómetros por hora, saltándose los semáforos en ámbar de la avenida de Verdún y tomando las rotondas de acceso a la autopista A63 derrapando sobre el pavimento húmedo.
En cuanto el coche superó la barrera del peaje de La Négresse aprovechando el paso abierto de telepeaje, Mathieu hundió el pedal del acelerador hasta el fondo de la moqueta.
El motor diésel biturbo rugió con furia y la aguja del velocímetro trepó rápidamente en el panel digital: ciento cuarenta, ciento sesenta, ciento ochenta y cinco kilómetros por hora.
Los limpiaparabrisas barrían con violencia un aguacero torrencial que caía en cortinas densas sobre el cristal, mientras las luces traseras de los camiones de mercancías internacionales que circulaban por el carril derecho pasaban como ráfagas rojas fugaces en la noche.
El asfalto drenaba con dificultad la tromba marina y los neumáticos levantaban estelas de agua pulverizada que cegaban la visión periférica, pero Mathieu mantenía ambas manos firmes sobre el aro de cuero, corrigiendo con reflejos entrenados cada amago de aquaplaning en las curvas abiertas de Guéthary y San Juan de Luz.
El rugido del motor y el silbido del turbo acompañaban la tensión agónica de la carrera: cada kilómetro ganado al asfalto era una bocanada de oxígeno para la mujer que custodiaba el futuro del valle.
Al cruzar el viaducto sobre el río Nivelle a más de doscientos kilómetros por hora, una racha de viento lateral sacudió la carrocería del Peugeot, pero Mathieu contravolanteó con precisión milimétrica, manteniendo la trayectoria en línea recta hacia la frontera.
Con la mano izquierda aferrada con fuerza al volante para corregir los bandazos del viento racheado que entraba desde el golfo de Bizkaia, Mathieu sacó su teléfono satelital seguro del bolsillo de la gabardina con la mano derecha.
Activó el canal de emergencia cifrado de Eurojust y pulsó la marcación directa de Ainara Zubiaga.
La señal tardó tres tonos interminables en enganchar con el repetidor de Oñati. Al cuarto tono, la voz de Ainara, despierta y en guardia de combate en la biblioteca de Sancti Spiritus, sonó clara y firme al otro lado de la línea:
—¿Mathieu? ¿Dónde estás?
—¡Ainara, escúchame con toda tu atención y no me interrumpas!
—gritó Mathieu con una urgencia que desgarraba su voz sobre el ruido ensordecedor del motor y los truenos que comenzaban a retumbar sobre la costa—.
¡Acabo de interceptar la llamada satelital entre Sylvain Deschamps, Henri de Montmirail y Viktor Sorokin en Biarritz!
¡Sorokin ha ordenado el asesinato inmediato de Amets Ibarra para evitar que presente las copias de seguridad de Beloki en la asamblea del fin de semana!
Al otro lado de la línea, la respiración de Ainara se detuvo en seco durante una fracción de segundo antes de responder.
—Dios mío... Amets está en su casa de Eskoriatza durmiendo. Hay una patrulla de la Ertzaintza vigilando la fachada principal.