La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 8 — La llamada de Biarritz
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CAPÍTULO 8 — La llamada de Biarritz

A la una y cuarto de la madrugada, el curso bajo del río Bidasoa no era una frontera internacional, sino una grieta de agua negra y salobre que separaba dos mundos bajo una capa espesa de bruma marina.

En el paso fronterizo de Behobia, los viejos tinglados aduaneros de hormigón que durante décadas habían albergado el control de pasaportes y las garitas de la policía de fronteras permanecían desiertos, convertidos en esqueletos fantasmales iluminados por la luz mortecina de dos farolas de vapor de sodio.

El asfalto de la muga estaba empapado por una llovizna fría que el viento del golfo de Bizkaia empujaba tierra adentro, disolviendo las siluetas de las marismas de Txingudi en un horizonte plomizo donde la marea alta lamía los pilares del puente con un murmullo de fango y chapoteo sordo.

A la izquierda, la silueta maciza del monte Jaizkibel se perdía entre jirones de nubes bajas que despedían un olor penetrante a salitre, turba mojada y herrumbre de astillero abandonado.

Mathieu permaneció inmóvil en el asiento del conductor durante cinco minutos, con la mirada clavada en el retrovisor exterior.

Respiraba despacio, acompasando el pulso a la cadencia sorda de las olas que rompían contra los tajamares de piedra del puente.

Sabía con absoluta lucidez procesal que lo que estaba a punto de hacer dinamitaba de raíz los protocolos del espacio Schengen y las normas de actuación de Eurojust. Al cruzar la muga para ejecutar labores de vigilancia e inteligencia electrónica sobre Sylvain Deschamps en territorio de la República Francesa sin una orden europea de investigación sellada por el Tribunal Judicial de Bayona, se colocaba voluntariamente fuera de la legalidad formal.

Si una patrulla de la Gendarmería Nacional o de la Policía de Fronteras lo interceptaba con el maletín de barrido electromagnético en el maletero, sería detenido por espionaje ilegal y allanamiento de soberanía jurisdiccional.

Las cancillerías de París y Madrid utilizarían el incidente para apartarlo de forma fulminante de la investigación, desacreditando de paso cada uno de los informes periciales que Ainara Zubiaga había presentado en los juzgados de Bergara.

Sin embargo, Mathieu no dudó un solo instante.

El recuerdo de Isabelle en la rotonda de Zeebrugge y la confesión desgarrada de Ainara en el claustro de Sancti Spiritus sobre el suicidio de su padre eran dos fuegos gemelos que le ardían en las entrañas.

La fiscal le había mostrado en Oñati el viejo reloj Certina de su padre Josu, símbolo de una herida que jamás cicatrizaría mientras los especuladores financieros siguieran devorando fábricas con total impunidad.

La legalidad formal era un refugio cómodo para los burócratas de Bruselas que cobraban dietas de representación mientras los oligarcas de Dubái desmantelaban comarcas industriales enteras; pero la justicia real, la que defendía la vida de Amets Ibarra y el trabajo de dos mil familias en el Alto Deba, exigía cruzar la frontera en la oscuridad.

En las guerras asimétricas de la delincuencia financiera transnacional, respetar las fronteras burocráticas equivalía a conceder una ventaja letal a los verdugos.

Antes de poner la mano en la palanca de cambios, Mathieu abrió la guantera y extrajo un teléfono satelital con cifrado de hardware de grado militar.

Tecleó una secuencia de doce dígitos y esperó a que el protocolo de ráfaga estableciera un enlace seguro a través de un repetidor de microondas instalado en el monte Larrún.

Al tercer pulso, una voz seca y cascada por el tabaco negro respondió al otro lado de la línea:

—Harispe al aparato. Estás retrasado veinte minutos, muchacho.

—Había controles preventivos de la Ertzaintza en el peaje de Zarautz —respondió Mathieu en un francés fluido con el acento pausado de Labort—.

Tuve que desviarme por la carretera de la costa para evitar los lectores automáticos de matrículas.

¿Tienes confirmación sobre el tráfico de mercancías en la terminal de Hendaya?

Al otro lado del Bidasoa, el veterano aduanero dejó escapar una bocanada de humo que crepitó en el auricular.

—El panorama confirma tus peores sospechas, Mathieu.

En las últimas cuarenta y ocho horas, tres convoyes ferroviarios procedentes de Saint-Étienne y Tarbes con cargamentos de barras de carburo de tungsteno y polvos sinterizados de alta pureza han sido inmovilizados en las vías muertas de la estación de mercancías de Hendaya.

La orden administrativa proviene directamente de la Dirección General de Aduanas de París, amparada en una supuesta discrepancia en los certificados de uso dual bajo el Reglamento europeo 2021/821 para exportaciones siderúrgicas.

Es una maniobra burda pero letal: han alegado dudas sobre el tamaño de grano micrométrico y los aglutinantes de cobalto para bloquear el tránsito hacia la península.

La Dirección General de Armamento emitió una notificación preventiva señalando que esas barras podían ser desviadas para el blindaje de proyectiles balísticos, cuando en realidad se trata de material estándar para el mecanizado de componentes de automoción.

Están asfixiando el suministro de metal virgen hacia las fundiciones de Eskoriatza para forzar el paro técnico de las líneas de mecanizado.

Quienquiera que haya pagado esa orden en los ministerios de París sabe perfectamente que los hornos de Fagor Ederlan no pueden trabajar con chatarra sucia sin quebrar las piezas de automoción en los bancos de prueba de fatiga mecánica.

—¿Y qué hay de los movimientos de fondos en la costa? —inquirió Mathieu, ajustando el auricular a la oreja mientras observaba las gotas de lluvia resbalar por el parabrisas.

—La delegación de la Banque Privée Helvetia en Biarritz lleva tres días recibiendo transferencias masivas de compensación desde Ginebra y Luxemburgo a través del sistema TARGET2.

Cantidades redondas, fraccionadas en paquetes de nueve millones de euros emitidos por sociedades instrumentales domiciliadas en Nicosia y las Islas Caimán.

Todo apunta a que Sylvain Deschamps está reuniendo la liquidez necesaria para formalizar la ejecución de los pagarés el lunes a primera hora.

Además, anoche aterrizó en el aeropuerto de Biarritz-Parme un reactor privado procedente de Zúrich.

A bordo viajaba Henri de Montmirail, el consejero fiduciario del trust suizo que maneja la cartera de deuda distressed de Atalante Capital Partners.

Si Montmirail ha bajado a Biarritz en persona, es porque la operación entra en su fase terminal.

Tienen cercada a la cooperativa, Mathieu.

Si entras en esa villa, recuerda que no tienes cobertura diplomática.

Si te cazan los mercenarios de Sorokin o los gendarmes de Bayona, la República no te conoce.

—Sé exactamente en qué terreno piso, Peio. Mi familia lleva un siglo cruzando este río sin pedir permiso a los prefectos. Gracias por el enlace.

Mathieu cortó la llamada y guardó el terminal en el bolsillo interior de su gabardina oscura.

En el maletero del Peugeot descansaba una maleta estanca de polímero Pelican 1510 que contenía su equipo técnico de interceptación: un receptor de barrido de radiofrecuencia Rohde era el aliento común de un pueblo que se negaba a ser dividido por una línea de tinta en los mapas de París y Madrid.

Conocía cada puente, cada desvío hacia los caminos agrícolas de Urrugne y cada punto ciego donde los radares fijos de la gendarmería no tenían cobertura visual.