La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 7 — El laberinto de Oñati #5
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CAPÍTULO 7 — El laberinto de Oñati #5

—No podrán embestirnos si no tienen espacio de aceleración lateral —respondió Mathieu con voz acerada, reduciendo a segunda velocidad con un golpe seco de palanca y corrigiendo el sobreviraje con un volantazo milimétrico hacia el interior del talud—.

Su coche pesa dos toneladas y media y lleva neumáticos anchos de perfil bajo para autopista; en este barro calizo y sobre hielo no tienen adherencia mecánica en curva.

Nuestra ventaja es la ligereza y el centro de gravedad.

Al alcanzar el collado de Bellotza, a novecientos metros de altitud, la pista de tierra desembocó bruscamente en la carretera asfaltada GI-3591 que descendía serpenteando desde el Santuario de Arantzazu hacia el desfiladero de Oñati.

El asfalto estaba cubierto por una capa brillante y traicionera de hielo negro formado por la congelación súbita de la cellisca sobre la roca viva.

El BMW hostil apareció en la curva del collado a menos de cuarenta metros de su parachoques trasero, encendiendo una hilera de focos auxiliares de alta intensidad en el techo que inundó el habitáculo de Ainara y Mathieu con un resplandor cegador.

El conductor del vehículo suizo aceleró a fondo en una recta corta, aproximándose peligrosamente al lateral izquierdo del todoterreno para forzarlo hacia el quitamiedos metálico que bordeaba un precipicio de más de doscientos metros sobre el cañón del río Oñati.

Mathieu no vaciló. En lugar de frenar o ceder espacio hacia el abismo, pisó el embrague a fondo, dio un toque violento al freno de mano para inducir un balanceo controlado y cruzó el morro del todoterreno hacia el carril contrario, colocándose en la trayectoria del blindaje suizo en el preciso instante en que la carretera entraba en una horquilla ciega excavada en la peña caliza.

El conductor del BMW, sorprendido por la maniobra de interceptación y cegado por el barro que escupían las ruedas delanteras del todoterreno, clavó los frenos en mitad de la curva sobre una placa de hielo vivo.

El sistema antibloqueo electrónico del vehículo helvético fue incapaz de vencer la inercia de dos toneladas y media sobre el firme deslizante: el BMW perdió la trayectoria de giro, derrapó de costado sobre el asfalto congelado y se estrelló con un tremendo estrépito metálico contra el muro de contención de piedra de la montaña, destrozando el eje delantero y reventando el radiador en una nube densa de vapor blanco.

Mathieu enderezó el todoterreno con un golpe de acelerador, esquivó los restos de fibra de vidrio y ópticas rotas esparcidos por la calzada y continuó el descenso hacia el santuario a velocidad controlada, dejando atrás al segundo vehículo, el Audi Q7, que se vio obligado a frenar en seco para evitar colisionar contra el todoterreno accidentado de sus propios cómplices.

Dos kilómetros más abajo, en un ensanchamiento de la carretera protegido bajo la cornisa de roca donde se alzaban las primeras cruces de piedra del vía crucis de Arantzazu, Mathieu detuvo el motor en un apartadero resguardado de la niebla.

El silencio de la altitud volvió a reinar en el interior del vehículo, roto únicamente por el crujido del escape caliente y la respiración agitada de ambos.

Mathieu apoyó la frente sobre el aro del volante durante unos instantes, sintiendo cómo la descarga de adrenalina comenzaba a remitir lentamente de sus brazos. Luego se volvió hacia Ainara, buscándole el rostro en la penumbra del habitáculo.

—¿Estás bien, Ainara? —preguntó con una voz teñida de una angustia y una ternura que ya no intentaba disimular.

Ainara dejó escapar el aire que tenía retenido en los pulmones y asintió despacio, soltando con esfuerzo los dedos agarrotados de la barandilla de la puerta.

—Estoy entera, Mathieu. Estamos enteros.

Ainara extendió la mano y cubrió los nudillos tensos de Mathieu sobre el volante. El calor de su piel actuó como un bálsamo inmediato contra el temblor que recorría los dedos del inspector.

—En esa horquilla... cuando te cruzaste delante de su morro... —dijo Ainara mirándolo a los ojos con admiración honda—. Podías haberte despeñado con ellos si el hielo no respondía.

Mathieu levantó la cabeza y clavó sus ojos oscuros en las pupilas castañas de la fiscal, con una determinación tan pura que desarmaba cualquier retórica profesional.

—En Zeebrugge dudé un segundo, Ainara. Confié en los protocolos burocráticos y dejé que Isabelle fuera sola a esa dársena portuaria para cumplir con una orden de despacho de la Comisión.

Llevo cuatro años despertándome cada noche con el sonido de ese camión aplastando su coche contra el hormigón.

Me juré por su memoria y por mi propia dignidad que jamás volvería a dar un paso atrás ante los sicarios de Sorokin, y que jamás permitiría que nadie te tocara a ti mientras me quede un aliento de vida.

No era solo la patente ni los legajos de Gorrotxategi lo que estaba defendiendo en esa curva; era tu vida, Ainara.

Y tu vida vale más que todos los fondos fiduciarios de Europa.

Ainara sintió una sacudida cálida en el centro del pecho que borró de golpe el frío de la montaña.

Deslizó sus dedos desde la mano de Mathieu hacia su muñeca y ascendió suavemente hasta acariciar la línea firme de su mandíbula, sintiendo la aspereza de su barba y la respiración contenida del hombre que había cruzado la frontera para estar a su lado.

—Ni tú eres el culpable de lo que ocurrió en Bruselas, Mathieu, ni yo voy a dejar que la sombra de los muertos nos impida ganar esta batalla —susurró Ainara con una voz íntima y vibrante que llenó el habitáculo—.

Mi padre murió en Durango creyendo que la honradez no tenía defensa frente a la mentira de los balances.

Pero hoy tenemos en este coche las escrituras de 1984, los certificados de Zúrich y la confesión de Zubizarreta.

Y te tengo a ti a mi lado. Ya no estamos solos en este laberinto.

Mathieu cerró los ojos un instante, apoyando la mejilla contra la palma tibia de Ainara, aspirando el aroma a lluvia, café y piedra mojada que formaba parte indisoluble de su presencia.

Cuando volvió a abrir los ojos, la sombra de dolor que había ensombrecido su mirada durante años había dejado paso a una determinación serena y luminosa.

—El lunes a las nueve de la mañana abren los juzgados de Donostia, Ainara —dijo Mathieu, acariciando con el pulgar la arqueta de hierro que descansaba a sus pies—.

Vamos a bajar a Arrasate, reuniremos a Amets Ibarra y al Consejo Social de la corporación esta misma noche y redactaremos la propuesta de asamblea con la fuerza de estos documentos.

Deschamps cree que tiene el valle acorralado con sus pagarés de papel.

El lunes descubrirá que contra la fragua de un pueblo entero no hay dinero sucio que pueda vencer.

Mathieu accionó el contacto, los faros del todoterreno iluminaron las curvas que descendían hacia el valle entre la niebla y el vehículo reanudó la marcha hacia Arrasate, llevando en su interior la memoria invicta del hierro y la promesa de una justicia que ningún tribunal mercantil podría doblegar.