CAPÍTULO 7 — El laberinto de Oñati #4
—Usted sí lo escuchó, don Imanol —dijo Ainara con voz pausada y persuasiva—.
En octubre de 1984, cuando los bancos privados de Vizcaya intentaron ejecutar las pólizas de crédito durante la reconversión y amenazaron con embargar los talleres de fundición de Eskoriatza y Arrasate, usted y el comité de fundadores redactaron esta escritura de sindicación foral ante el notario Barrenechea.
Ustedes crearon un mecanismo de salvaguarda comunal: una cuenta de reserva y depósito fiduciario que no figuraba en los balances comerciales oficiales, una cuenta de garantía alimentada con las aportaciones extraordinarias de los socios para recomprar pagarés en caso de asedio financiero exterior.
La kutxa iluna . La cuenta sombra de la cooperativa.
Gorrotxategi levantó la mirada hacia Ainara con una mezcla de sorpresa y respeto indisimulado.
—Veo que has hecho bien los deberes, muchacha.
Muy pocos hombres vivos en este país saben de la existencia de la kutxa iluna .
En 1984, los ministros de Industria de Madrid y los banqueros de la Gran Vía querían desmantelar la mitad de las prensas de estampación del Deba para cumplir con las cuotas de entrada en la Comunidad Económica Europea.
Querían convertir este valle en un erial de subsidios de desempleo como hicieron con los astilleros de la ría de Bilbao.
Nosotros sabíamos que si depositábamos nuestros fondos de reserva en los bancos comerciales ordinarios, el Banco de España los intervendría de la noche a la mañana mediante una orden administrativa de liquidación forzosa.
Por eso, al amparo de las viejas libertades forales de comunidad de bienes y con la ayuda de sacerdotes y letrados leales al pueblo, abrimos una cuenta de depósito mancomunada en un banco cantonal de Zúrich, respaldada por bonos soberanos suizos y custodiada por tres llaves notariales independientes.
—Esa cuenta sombra sigue activa, don Imanol —intervino Mathieu, dando un paso al frente desde el umbral de la cocina—.
La OLAF y Eurojust han detectado que los abogados de Atalante Capital han obtenido el número de registro fiduciario de esa cuenta mediante una filtración interna en el bufete de Kepa Arostegui en Bilbao.
La maniobra de Deschamps no busca únicamente quebrar Fagor Ederlan mediante los pagarés del MARF; quieren provocar la insolvencia culpable para que el administrador judicial reclame el saldo de la kutxa iluna como masa activa del concurso y transferir sus fondos a Luxemburgo.
Gorrotxategi apretó los labios con una mueca de desprecio infinito.
—Arostegui... Siempre fue un cortesano que vendía su estirpe foral al mejor postor en los salones de Madrid. Jamás tuvo un grano de cascarilla de hierro bajo las uñas. Pero se equivocan si creen que esa cuenta es una herencia fácil de saquear con una simple providencia de un juzgado mercantil.
El anciano caminó hacia la alacena de castaño empotrada en el muro de mampostería, extrajo una llave pequeña de latón de su bolsillo y abrió un compartimento secreto tallado en el zócalo inferior del mueble.
De su interior sacó una arqueta de hierro forjado con tres cerraduras de combinación y la depositó sobre la mesa junto a los legajos judiciales.
—En esta caja está el libro mayor manuscrito de 1984 con las firmas originales de los fundadores y los certificados de depósito de la cuenta cantonal de Zúrich —dijo Gorrotxategi, mirando fijamente a Ainara—.
Hay depositados más de sesenta millones de francos suizos en deuda pública helvética que nunca han sido tocados en cuarenta años.
Se reservaron para un único fin: salvar las máquinas y los puestos de trabajo si el valle era asediado por la rapiña exterior.
Pero las condiciones de activación son inviolables: los fondos solo pueden ser liberados por acuerdo unánime de los apoderados forales y ante la acreditación documental de que existe un riesgo inminente de destrucción del patrimonio común.
Ainara tocó la madera de la mesa y miró a los ojos al anciano con una honestidad desarmante.
—Mi padre se llamaba Josu Zubiaga, don Imanol.
Tenía un pequeño taller de troquelería de diez obreros en Durango.
En 1994, una gran empresa constructora le pagó con pagarés sin fondos y le embargaron hasta la última fresadora.
Mi padre no pudo soportar la vergüenza de ver a sus compañeros de trabajo en la calle sin indemnización y se ahorcó en la nave del taller.
Llevo su reloj en la muñeca para recordarme que el dinero invisible de los fondos buitre no es una cifra abstracta en un ordenador: es la soga que destruye a las familias trabajadoras.
Yo no he subido a esta montaña para salvar a directivos corruptos como Zubizarreta; he subido para evitar que los hijos de los trabajadores de Eskoriatza tengan que enterrar a sus padres por culpa de unos piratas que visten traje de tres mil euros.
Gorrotxategi contempló el rostro de Ainara en silencio durante largos segundos. La dureza de sus facciones pareció suavizarse ante la verdad desnuda de la fiscal. Con un movimiento resuelto, introdujo la llave de latón en la primera cerradura de la arqueta y la giró con un chasquido seco.
—Toma los certificados y el libro de actas, Ainara Zubiaga —dijo el anciano con voz firme y solemne—.
Llévalos al Consejo Rector de Arrasate y al juzgado de Donostia.
Diles que la fragua de este valle no se vende a ningún usurero de Ginebra mientras quede un solo gramo de hierro en nuestras montañas.
♦ ♦ ♦
El bramido sordo de dos motores de combustión de gran cilindrada subiendo en régimen de marchas cortas rompió la quietud gélida de la ladera de Aloña.
Mathieu, que permanecía vigilando junto al postigo enrejado de la cuadra en la planta baja, apartó la cortina de arpillera y clavó la vista en las curvas inferiores del camino.
A través de los jirones de niebla y la aguanieve que azotaba los peñascos, dos haces de luz blanca y potente de faros LED cortaban la penumbra de la montaña a menos de seiscientos metros de distancia.
Eran el BMW X5 gris con matrícula del cantón de Valais y el Audi Q7 negro que habían detectado en Oñati.
Habían conseguido rastrear la pista forestal gracias a las huellas recientes dejadas por los neumáticos sobre el barro blando.
—¡Están aquí, Ainara! —gritó Mathieu subiendo los peldaños de la cocina con urgencia táctica—. Los dos todoterrenos han superado el cruce de la ermita y vienen directos hacia el caserío. En tres minutos estarán en la era.
Gorrotxategi no perdió la serenidad. Tomó su vara de fresno y señaló hacia el portón trasero que comunicaba con las cuadras del ganado.
—Por ahí no podéis bajar en coche; os cortarán el paso en la primera horquilla —dijo el anciano con rapidez—.
Pero la pista superior continúa subiendo hacia los pastos de Urbia y enlaza con la carretera de montaña GI-3591 que baja hacia el Santuario de Arantzazu.
Es una calzada estrecha, llena de curvas cerradas sobre el abismo y con placas de hielo en las umbrías, pero si lográis alcanzar el asfalto de Arantzazu estaréis bajo la protección de la comunidad franciscana y a cubierto de las embestidas.
—Don Imanol, no podemos dejarle solo aquí frente a esos mercenarios —dijo Ainara con angustia, apretando la arqueta de hierro y los legajos notariales contra su cuerpo.
El anciano dejó escapar una risa seca y retadora, señalando una escopeta de caza de dos cañones paralelos del calibre 12 que descansaba sobre dos clavos de forja junto a la chimenea.
—Tengo ochenta y dos años y este caserío tiene muros de sillería de metro y medio que resistieron los cañones del general Espartero en la primera guerra carlista, muchacha.
Mi sobrino y dos pastores de la borda de arriba están en el establo con sus perros de presa y tres escopetas más.
Si esos matones suizos ponen un pie en mi era sin una orden judicial firmada, los bajaremos a tiros hasta el río antes de que sepan de dónde les llueven los perdigones.
¡Salid de inmediato por el portón alto y no miréis atrás!
Mathieu aferró el brazo de Ainara con firmeza y la condujo a través del pasillo de las cuadras hacia la salida posterior.
Subieron al todoterreno, Ainara aseguró la arqueta bajo el asiento del copiloto y Mathieu arrancó el motor.
La tracción a las cuatro ruedas mordió el barro helado con un chirrido sordo y el vehículo se lanzó ladera arriba por la senda de montaña que trepaba hacia las cumbres kársticas, perdiéndose entre la niebla apenas treinta segundos antes de que los dos vehículos del consorcio de Ginebra irrumpieran en la explanada del caserío.
La conducción por las curvas de subida hacia Arantzazu bajo la tormenta invernal era una prueba extrema de precisión mecánica y templanza nerviosa.
La niebla cantábrica, espesa como una masa de algodón empapado, envolvía el capó anulando el alcance de los faros halógenos y obligando a Mathieu a orientarse por el perfil sombrío de los muretes de piedra y las rocas calizas que emergían a los costados del camino.
El limpiaparabrisas apenas daba abasto para desalojar la mezcla viscosa de nieve húmeda y granizo menudo que se adhería al cristal.
A través del retrovisor exterior, Mathieu observó dos destellos luminosos que reaparecían intermitentemente entre los árboles: el BMW X5, dotado de un motor biturbo de más de trescientos caballos y tracción electrónica integral, había retomado la persecución por la pista alta, recortando distancia a gran velocidad en los tramos rectos.
—Se nos echan encima, Mathieu —advirtió Ainara con la respiración entrecortada, sujetándose con ambas manos al asidero del salpicadero mientras el vehículo derrapaba sobre una placa de hielo vivo en una curva de herradura.