CAPÍTULO 7 — El laberinto de Oñati #3
Antxon Ugalde alzó la cabeza, quitándose las gafas bifocales con un gesto de calma asombrosa que solo daba la memoria de muchas persecuciones pasadas.
—No saldréis por la calle principal, muchacho —dijo el anciano archivero, señalando hacia el fondo de la estancia con la boina en la mano—.
Tras la sacristía de la capilla universitaria hay una poterna de hierro que da al huerto comunal de los frailes.
Cruzáis el puente de madera sobre el caz del molino y salís a la pista de montaña de Araotz.
Nadie vigila ese camino porque los todoterrenos modernos no caben por la calzada empedrada si no conocen los pasos de los muretes.
Mi sobrino tiene estacionado en la borda de abajo un viejo todoterreno japonés con reductora y neumáticos de tacos que usaban para subir fardos de hierba a los neveros de Urbia.
Coged las llaves de la borda y subid hacia el caserío de Gorrotxategi por la ladera de Aloña antes de que la nieve tape las roderas.
Ainara tomó los maletines con firmeza y miró a Mathieu con determinación serena.
—Vámonos, Mathieu. Los papeles ya están a salvo. Si quieren jugar en las curvas de la montaña, vamos a enseñarles lo que significa el invierno en este valle.
♦ ♦ ♦
La ascensión por la ladera oriental de la sierra de Aloña era una pugna brutal contra la geología caliza y el temporal atlántico.
La pista forestal, que apenas superaba los dos metros y medio de anchura, trepaba en pendientes del dieciocho por ciento entre hayedos desnudos y murallones de roca grisácea esculpida por milenios de erosión kárstica.
A la izquierda del camino, el terreno se desplomaba en tajos verticales hacia el fondo del barranco de Araotz, donde el torrente de montaña bajaba crecido y furioso arrastrando ramas quebradas y lodo calizo.
La niebla se había cerrado como una pared sólida sobre el parabrisas, reduciendo la visibilidad a menos de ocho metros mientras la cellisca azotaba la carrocería del viejo todoterreno con el estrépito de perdigones de plomo.
Tras superar un último recodo empinado donde las ruedas traccionaron con esfuerzo sobre el barro y las piedras sueltas, el caserío de Gorrotxategi emergió entre la niebla como una fortaleza vegetal y mineral anclada en la pendiente desde hacía trescientos años.
Era una construcción imponente de tres plantas con muros maestros de mampostería encalada, esquinales de sillería labrada y una monumental estructura de vigas de roble que sostenía una techumbre a dos aguas con alero pronunciado para proteger la fachada del viento del noroeste.
En la planta baja, el calor de los establos y el olor a forraje ensilado, estiércol caliente y humo de leña de encina ascendían por los ventanucos enrejados, delatando una presencia humana ajena por completo al bullicio de los polígonos fabriles del valle.
Mathieu detuvo el vehículo bajo el cobertizo de la leñera, al abrigo de los muros de piedra, y apagó el motor.
El silencio de la montaña cayó sobre ellos con una densidad sobrecogedora, roto únicamente por el siseo del viento colándose entre los chopos y el balido lejano de un rebaño de ovejas lachas en el establo interior.
Ainara bajó del coche sosteniendo la cartera con las escrituras notariales contra el pecho.
Sintió el mordisco del viento en el rostro al ajustarse la bufanda de lana gruesa sobre el cuello; la memoria de su familia y del taller de Durango, aplastado en los noventa por una cadena fraudulenta de pagarés impagados, volvía a emerger con fuerza ante aquella puerta de montaña.
Subieron los tres peldaños de lajas de piedra del zaguán y Ainara golpeó el portón de roble con los nudillos tres veces con un compás pausado y firme.
Pasaron casi dos minutos de espera inmóvil antes de que se escuchara el chirrido pesado de un cerrojo de hierro deslizándose por el marco interior.
La hoja de roble se entreabrió lentamente, dejando al descubierto a un hombre anciano de una presencia física formidable a pesar de sus ochenta y dos años.
Imanol Gorrotxategi vestía un chaleco de pana parda sobre una camisa de franela gruesa a cuadros y pantalones de faena manchados de serrín.
Su rostro era un mapa de arrugas profundas labradas por el frío de la montaña y el resplandor de los hornos de fundición de su juventud; sus ojos, de un gris acerado y penetrante, conservaban una lucidez implacable bajo unas cejas pobladas y canosas.
En la mano derecha sostenía una vara de fresno con contera de hierro, apoyándose con una firmeza que revelaba una autoridad que el paso de las décadas no había logrado doblegar.
El anciano recorrió de arriba abajo la figura de Ainara y se detuvo en Mathieu, escudriñando su complexión y su porte con la desconfianza instintiva del montañés vasco ante los forasteros que llegan con prisas desde la ciudad.
—La cancela del camino de abajo tiene un cartel que dice claramente que esta es una propiedad privada —dijo Gorrotxategi en euskera con una voz grave, áspera como el roce de dos piezas de acero sin rectificar—.
El cartero de Oñati sube los martes y no compro seguros ni biblias.
Si os habéis perdido buscando el santuario de Arantzazu, habéis tomado la pista equivocada en el cruce de Uribarri.
Dad la vuelta antes de que la nieve cuaje en las curvas.
—No nos hemos perdido, don Imanol —respondió Ainara en un euskera vizcaíno limpio y pausado, manteniendo la mirada fija en las pupilas del veterano cooperativista—.
Me llamo Ainara Zubiaga. Soy la fiscal delegada de Delitos Económicos de la Fiscalía Provincial y vengo de precintar los silos de Fagor Ederlan en Eskoriatza tras la detención judicial de Imanol Zubizarreta.
El nombre de la cooperativa y la mención de la detención de Zubizarreta provocaron una sacudida casi imperceptible en la mandíbula del anciano. Sus dedos apretaron la madera de la vara de fresno hasta que los nudillos palidecieron.
—Zubizarreta... —masculló Gorrotxategi, cambiando al castellano con una entonación amarga y cavernosa—.
El muchacho de compras. Su padre era un buen tornero en la planta vieja de San Andrés, pero al chico siempre le gustaron demasiado las ferias de muestras de Milán y las comidas de negocios en Madrid.
¿Qué ha hecho ese insensato para que una fiscal suba hasta mi casa con un temporal de nieve?
—Ha cobrado trescientos mil euros de un fondo fiduciario suizo para permitir la entrada de cuatro mil toneladas de chatarra contaminada con fósforo en los hornos de fundición —explicó Ainara sin rodeos, dando un paso hacia el umbral—.
Y hace tres días, Xabier Beloki, el director técnico de calidad que descubrió la contaminación, fue asesinado y arrojado al crisol de colada del horno número tres para evitar que presentara la denuncia en el juzgado.
Un silencio terrible y pétreo se adueñó del zaguán. El anciano retrocedió medio paso, como si las palabras de la fiscal hubieran tenido la fuerza física de un golpe en el pecho. Sus ojos se abrieron con una expresión de estupor y cólera contenida que transformó sus facciones.
—¿Xabier... muerto en el horno? —susurró Gorrotxategi con un hilo de voz quebrado—. El hijo de Patxi Beloki... el chico que enviamos a estudiar metalurgia a Aquisgrán con una beca de la corporación... ¿Asesinado en su propia fábrica?
—Arrojado vivo al metal fundido a mil cuatrocientos cincuenta grados, don Imanol —recalcó Ainara con solemnidad—.
El fondo que pagó el soborno se llama Atalante Capital .
Ha comprado la deuda de doce talleres auxiliares de mecanizado del valle y ha presentado una solicitud de concurso necesario culpable en Donostia para ejecutar la fianza solidaria, quebrar Fagor Ederlan y subastar la patente de la nueva aleación de wolframio-titanio que diseñó Beloki antes de morir.
Vienen a saquear el trabajo de tres generaciones de cooperativistas, y lo están haciendo con la ley concursal en la mano.
Gorrotxategi respiró hondo, tragándose la rabia que le crispaba el semblante. Se apartó del quicio y abrió la pesada hoja de roble de par en par.
—Entrad —ordenó con aspereza—. Entrad y no dejéis que el frío se cuele en la cocina.
Los condujo por un pasillo enlosado con losas de piedra caliza desgastadas por siglos de calzado ferrón hasta una cocina espaciosa dominada por una chimenea de campana de hierro donde crepitaban gruesos troncos de haya.
Sobre una larga mesa de roble macizo descansaban dos tazas de barro cocido, una hogaza de pan de caserío y una cafetera de peltre humeante.
Gorrotxategi no les ofreció asiento de inmediato; permaneció de pie junto al fuego, con la vista clavada en las llamas, mientras sus manos rugosas se frotaban con lentitud.
—Arizmendiarrieta nos lo advirtió en 1974, cuando las primeras cooperativas empezaron a crecer más allá del valle —dijo el anciano con la voz velada por la memoria—.
Nos dijo: «El peligro de nuestro movimiento no vendrá de las leyes de Madrid ni de los patronos tradicionales de Bilbao; vendrá del día en que el dinero deje de ser un instrumento de trabajo y se convierta en una mercancía invisible que nadie sabe quién maneja».
Y nosotros no le escuchamos del todo. Creímos que bastaba con ser más productivos y más limpios que las acerías privadas para estar a salvo de la usura.
Ainara extrajo del maletín la copia del protocolo notarial de 1540 y la escritura de sindicación foral de 1984 que había rescatado en Sancti Spiritus, depositándolas sobre la mesa de roble.