La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 7 — El laberinto de Oñati #2
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CAPÍTULO 7 — El laberinto de Oñati #2

—Imanol Gorrotxategi... Tiene ochenta y dos años.

Fue director general de las cooperativas de fundición en los años ochenta, durante las huelgas de la reconversión y la crisis del crédito bancario.

Se retiró hace más de veinte años de la vida pública tras un enfrentamiento brutal con los bancos privados de Bilbao que intentaron intervenir la tesorería cooperativa.

—Sé dónde vive —afirmó Ainara con determinación—.

En el caserío familiar de sus antepasados, en el barrio de Araotz, en las faldas empinadas de la sierra de Aloña, a siete kilómetros de aquí por una pista de montaña que apenas sale en los mapas comarcales.

Si Gorrotxategi conserva ese libro de actas y la relación de las cuentas de reserva que se crearon en 1984 para sortear los embargos, tendremos la llave para desbaratar el concurso de acreedores de Atalante Capital .

—Mientras tú terminas de fotocopiar y autenticar estos legajos notariales con Antxon, yo voy a dar una ronda por el exterior —dijo Mathieu, ajustándose el chaquetón negro—.

Al cruzar la plaza de los fueros me ha parecido ver un todoterreno sospechoso detenido cerca del puente del Ubao.

No quiero sorpresas mientras estemos dentro de estos muros.

Ainara lo miró a los ojos, notando la alerta que tensaba los pómulos del inspector.

—Ten cuidado, Mathieu. En Oñati las calles son estrechas y cualquier forastero llama la atención de inmediato.

—Es una ventaja mutua, Ainara. Quien vigila también queda al descubierto.

♦ ♦ ♦

El viento soplaba desde las cumbres calizas de Aloña canalizando rachas gélidas que levantaban remolinos de hojas secas y polvo de arenisca por los cantones empedrados del casco histórico de Oñati.

Eran las tres y veinte de la tarde. La luz diurna comenzaba a decaer prematuramente bajo un cielo plomizo y bajo que amenazaba con descargar una cellisca cerrada sobre los tejados de pizarra y teja árabe de la villa.

Mathieu Etcheverry caminaba pegado a las fachadas de sillería de la calle San Antón con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo de lana oscura, manteniendo el paso pausado y aparentemente desocupado de un visitante que contempla los aleros de madera tallada y los escudos nobiliarios de las casas solariegas.

Sin embargo, su mirada recorría el entorno con la atención despierta y metódica de quien ha pasado quince años adiestrado en los protocolos de contravigilancia de la aduana francesa y los servicios de información de la DGSI.

En un entorno urbano denso y medieval como el de Oñati, donde las calles convergían en recodos cerrados, soportales oscuros y callejones sin salida que trepaban hacia las laderas de la montaña, un equipo de seguimiento profesional no podía recurrir a maniobras de persecución dinámica: estaba obligado a establecer puestos fijos de observación en los nudos viarios y a triangular las salidas del casco antiguo.

Al llegar a la esquina con la Plaza Foruen, frente a la imponente fachada barroca de la Casa Consistorial erigida en el siglo XVIII por Martín de Carrera, Mathieu se detuvo bajo los arcos de piedra y fingió consultar la pantalla de su teléfono móvil.

En realidad, utilizaba el reflejo del cristal de una tienda de recuerdos y libros forales para escrutar el tráfico rodado en el perímetro de la plaza.

A cincuenta metros de su posición, estacionado en batería frente al pórtico de la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel, había un todoterreno de gran cilindrada, un BMW X5 de color gris plomo con lunas traseras tintadas y carrocería salpicada por el barro fino característico de las pistas forestales del valle.

La matrícula no era española ni francesa: llevaba la placa metálica blanca con la cruz helvética y el distintivo del cantón suizo de Valais.

En el interior del habitáculo se distinguían dos siluetas inmóviles: el conductor, un individuo corpulento de mandíbula cuadrada que fumaba un cigarrillo con la ventanilla entreabierta apenas un dedo, y el copiloto, que consultaba un dispositivo plano de navegación con la cabeza inclinada hacia el salpicadero.

Mathieu reconoció de inmediato la configuración operativa.

No eran turistas suizos extraviados camino de las cuevas de Arrikrutz ni senderistas de fin de semana.

El vehículo mantenía el motor diésel al ralentí, emitiendo un ronquido sordo y regular que delataba una disposición de arranque inmediato.

Además, en la aleta trasera derecha se apreciaba una antena discreta de bajo perfil, un modelo bibanda de polarización vertical utilizado habitualmente por escoltas privados y operativos de seguridad corporativa para enlaces de radio punto a punto en bandas de ultra alta frecuencia (UHF).

Mathieu no alteró su expresión. Deslizó la mano derecha hacia el interior de su chaqueta y activó un receptor táctil de barrido espectral del tamaño de una cajetilla de tabaco, conectado mediante un auricular de inducción ósea oculto tras su oreja izquierda.

El aparato, un analizador portátil de espectro de radiofrecuencias configurado para escanear en tiempo real las bandas comprendidas entre 400 y 470 megahercios, vibró con dos pulsos breves contra su pecho.

En el canal digital 446.0875, modulado mediante estándar DMR y cifrado con un algoritmo de clave básica, se abrió una transmisión en ráfaga con un sonido crepitante y metálico.

La voz que surgió en el auricular hablaba en francés con un marcado acento suizo-romando, el tono seco y disciplinado de los antiguos mercenarios que prestaban servicios de protección en el sector financiero de Ginebra y Zug:

— Puesto Dos a Puesto Uno. El turismo del objetivo sigue estacionado junto a la fachada oriental de la universidad.

No hay movimiento de salida por la calle Carmelo Esnaola.

Las luces del archivo alto están apagadas, pero el sensor térmico del dron detecta emisión calórica en la sala de grados. La fiscal sigue dentro.

Una segunda voz, más autoritaria y distante, respondió casi de inmediato desde una frecuencia secundaria:

— Enterado, Dos. Mantened la posición de bloqueo en la salida hacia la GI-2630.

Puesto Tres está situado en el cruce de la ermita de San Martín para cortar el acceso hacia la montaña.

Deschamps ha sido taxativo: la fiscal no debe llegar con vida al juzgado de Donostia el lunes con ningún documento notarial.

Si intentan mover el vehículo, provocad una colisión controlada en el puente del Ubao.

Que parezca un choque por pérdida de tracción sobre el hielo de la calzada.

El frío que recorrió la espalda de Mathieu no procedía de la cellisca que comenzaba a golpear los adoquines de la plaza.

Era la misma frialdad quirúrgica, el mismo patrón despiadado de emboscada simulada que en el invierno de 2022 había destrozado la vida de Isabelle en la rotonda portuaria de Zeebrugge.

Viktor Sorokin y Sylvain Deschamps no dejaban cabos sueltos: cuando la vía de la asfixia procesal amenazaba con resquebrajarse por una investigación documental rigurosa, activaban a sus contratistas armados para liquidar a los testigos bajo la apariencia de accidentes de tráfico fortuitos en las curvas de montaña.

Mathieu memorizó la matrícula helvética del BMW y continuó caminando por los soportales con paso firme, internándose por la calle Atzeko en dirección a la ribera del río Ubao.

Doscientos metros más adelante, en la intersección que conducía hacia el convento de Santa Clara, localizó el segundo vehículo del dispositivo hostil: un Audi Q7 negro con matrícula diplomática de tránsito de Luxemburgo, estacionado en un recodo sombrío que dominaba la visual hacia el puente peatonal que comunicaba con los jardines de Sancti Spiritus.

En el interior había otros dos operativos con abrigos tácticos de cordura oscura y prismáticos estabilizados.

Tenían el perímetro del casco histórico cerrado en pinza.

La red de Deschamps disponía de al menos cuatro hombres armados, vehículos pesados de tracción integral y comunicaciones por radio coordinadas para cerrar las vías de escape hacia la carretera comarcal de Bergara y la autopista AP-1.

Si Ainara y él salían de Oñati por el itinerario principal, caerían en una emboscada milimétrica en el estrechamiento del puente de piedra antes de haber recorrido trescientos metros.

Sin embargo, los mercenarios extranjeros desconocían la orografía física e histórica de la villa.

Ignoraban que la Universidad Sancti Spiritus, construida en pleno siglo XVI cuando los bandos forales de oñacinos y gamboinos asolaban los valles guipuzcoanos, contaba con una salida de servicio fortificada en el muro posterior de la huerta claustral que desembocaba directamente en una calzada empedrada de acarreo de ganado, un viejo camino foral que trepaba entre muretes de piedra seca hacia los caseríos de Araotz bordeando los acantilados de Aloña sin pasar por la carretera asfaltada.

Mathieu aceleró el paso sin correr, cruzando el puente peatonal del Ubao bajo la cortina de aguanieve que empezaba a blanquear los tejados de Oñati. Empujó la cancela de forja del zaguán de la universidad y subió la monumental escalera de piedra de tres en tres peldaños.

Al irrumpir en la sala de grados, Ainara estaba guardando las copias de los protocolos notariales en una carpeta de plástico impermeable, ayudada por Antxon Ugalde.

—Tenemos un problema operativo grave, Ainara —dijo Mathieu con voz baja y urgente, cerrando la puerta de roble con el cerrojo interior—.

Un equipo de seguimiento táctico del consorcio de Ginebra tiene cercada la universidad.

Dos todoterrenos con matrícula suiza y luxemburguesa, al menos cuatro contratistas con enlace de radio cifrado y órdenes de forzar una colisión mortal en cuanto nuestro coche toque el puente del río.

Están esperando a que salgamos a la calle principal para cerrarnos el paso.