CAPÍTULO 7 — El laberinto de Oñati
En la cancela de forja del zaguán los aguardaba un hombre enjuto, de unos sesenta y cinco años, con boina negra de paño calada hasta las cejas, guardapolvo gris de archivero salpicado de manchas de tinta caligráfica y gafas bifocales de concha sujetas con un cordón de cuero.
Era Antxon Ugalde, historiador foral, archivero emérito del municipio y custodio del fondo documental de la villa.
Al ver aproximarse a Mathieu, el veterano erudito se quitó la boina con un gesto sobrio y estrechó la mano del inspector con un vigor sorprendente, intercambiando con él dos frases rápidas en el euskera labortano de Iparralde.
Décadas atrás, la familia de Mathieu y el propio Antxon habían compartido rutas en los pasos pirenaicos de Sara y Dantxarinea durante los años de plomo, cuando los papeles sindicales y los fugitivos cruzaban la frontera en mitad de la noche bajo los hayedos.
—Las llaves de la sala capitular y del archivo notarial histórico están puestas en la cerradura, Mathieu —dijo el archivero en voz baja, mirando a ambos lados de la calle empedrada, desierta a esa hora de almuerzo invernal—.
Nadie sube a la planta noble desde hace semanas debido a las obras de restauración de los artesonados mudéjares.
He bajado los térmicos de los circuitos secundarios en el cuadro general para que las compañías eléctricas no registren variaciones de consumo en los contadores inteligentes.
Tenéis agua en el aljibe del claustro y leña de haya en el zaguán si el frío de la piedra caliza se os clava en la espalda.
—Descuida. Los sillares de este claustro han guardado secretos más peligrosos que vuestros legajos de pagarés mercantiles. Entrad antes de que la niebla se cierre sobre los tejados.
Cruzaron el umbral y el pesado portón de roble tachonado de clavos de forja se cerró tras ellos con un chasquido sordo que extinguió de golpe el rumor de los motores y el silbido del viento exterior.
El zaguán desembocaba en el claustro central: un espacio cuadrangular de sobrecogedora belleza renacentista, estructurado en dos pisos de galerías con arquerías de medio punto que descansaban sobre esbeltos capiteles platerescos finamente labrados.
En las enjutas de los arcos, esculpidos en altorrelieve de piedra arenisca, desfilaban los medallones de emperadores romanos, filósofos clásicos y doctores de la Iglesia que contemplaban con cuencas vacías el pavimento de cantos rodados del patio central.
El silencio interior era absoluto, litúrgico y frío, roto únicamente por el goteo constante de las gárgolas que vertían el agua de lluvia hacia la cisterna subterránea.
Subieron por la monumental escalera de piedra bajo una cúpula ochavada de madera tallada con lacerías mudéjares que desprendía un aroma persistente a cera virgen de abejas, barniz antiguo y papel seco.
Al final del corredor alto de la crujía oriental, Antxon les franqueó el acceso a la antigua sala de grados y archivo notarial de la universidad.
La estancia era espaciosa, austera y solemne: muros de mampostería de más de un metro de espesor, una mesa comunal de nogal macizo flanqueada por bancos corridos con respaldos de cuero repujado, estanterías repletas de miles de protocolos notariales encuadernados en pergamino con cierres de badana y tres grandes ventanales de arco escarzano que se abrían hacia el este, ofreciendo una vista panorámica sobre el cauce espumoso del río Ubao y los bancales de piedra que trepaban hacia la ermita de San Martín.
Ainara depositó los maletines sobre la madera de nogal y se despojó de los guantes de lana, frotándose las palmas para templar los dedos entumecidos por el aire gélido de la estancia.
—Aquí estaremos protegidos de cualquier barrido electrónico —dijo Ainara, observando el grosor de los muros—.
En este sector del casco histórico no hay repetidores de telefonía en trescientos metros a la redonda y la masa de piedra caliza de la fachada atenúa las emisiones de radiofrecuencia.
Los receptores satelitales de Atalante Capital en Donostia o en la costa labortana no podrán captar las transmisiones de nuestros terminales.
Mathieu no contestó de inmediato. Se acercó a uno de los ventanales escarzanos, apartó las celosías de madera unos centímetros y escrutó los ángulos muertos del camino de ribera y los accesos peatonales de la plaza de Santa Marina.
Tras cerciorarse de que no había vehículos sospechosos apostados en las inmediaciones, comenzó a extraer los ordenadores y a conectar los cables blindados a las baterías de litio.
—No tenemos mucho margen temporal, Ainara —advirtió Mathieu, comprobando la hora en su cronógrafo militar con expresión reconcentrada—.
Son las tres menos cuarto de la tarde del viernes.
El escrito preventivo de solicitud de concurso necesario presentado por los letrados de Sylvain Deschamps ya está en el decanato de los juzgados de lo mercantil de Donostia.
Han agrupado pagarés comerciales impagados de doce cooperativas y talleres auxiliares de mecanizado del Alto Deba por un importe nominal acumulado de ciento ochenta millones de euros.
Si no acreditamos documentalmente que esos títulos de crédito fueron recomprados de forma fraudulenta y concertada mediante sociedades pantalla para asfixiar a Fagor Ederlan antes de que el juez mercantil examine la admisibilidad el lunes a primera hora, se nombrará a un administrador concursal propuesto por los acreedores de Fráncfort.
Y ese administrador ordenará la subasta inmediata de los activos de fundición y de la patente de wolframio para satisfacer la masa pasiva.
Ainara asintió despacio, abriendo la primera caja de protocolos notariales que Antxon había dispuesto sobre un atril auxiliar.
—Para desmontar esa trampa procesal no nos basta con los extractos bancarios suizos que obtuviste en Bergara, Mathieu —explicó la fiscal con voz firme, pasando las yemas de los dedos sobre las cubiertas de pergamino amarilleado—.
La Ley 11/2019 de Cooperativas de Euskadi establece que las participaciones y el patrimonio productivo están blindados frente a compras hostiles ordinarias, pero los acreedores mercantiles pueden ejecutar las patentes si demuestran que las sociedades filiales son deudoras insolventes de primer orden.
Sin embargo, la historia industrial de esta comarca tiene una raíz jurídica diferente.
En los años cincuenta y sesenta, cuando don José María Arizmendiarrieta y los cinco primeros ingenieros fundaron Ulgor y los talleres pioneros de Mondragón, no utilizaron el derecho mercantil de sociedades anónimas del régimen franquista.
Tuvieron que acudir a los viejos fueros ferrones y a las cartas de comunidad de bienes recogidas en los archivos notariales de Oñati y Bergara para redactar los primeros estatutos de cesión tecnológica.
Ainara desató los cordones de cuero de un legajo notarial fechado en octubre de 1959, sellado por el entonces notario de Oñati, don Ignacio Barrenechea.
Las hojas de papel timbrado de hilo de lino, escritas con tinta ferrogálica de color sepia, contenían las cláusulas fundacionales de las primeras patentes mecánicas compartidas entre los talleres del valle.
—Mira aquí, Mathieu —indicó Ainara, señalando una cláusula manuscrita con caligrafía apretada en el folio 42 del protocolo—.
Cláusula de indivisibilidad foral y reserva de comunidad.
Establece literalmente que cualquier patente, modelo de utilidad o fórmula metalúrgica desarrollada en el seno de los talleres asociados al movimiento cooperativo del Alto Deba tiene la consideración jurídica de patrimonio comunal inembargable, vinculado a la pervivencia del trabajo asociado de las familias fundadoras del valle, quedando expresamente prohibida su cesión, pignoración o ejecución por deudas contraídas con entidades mercantiles ajenas a la comunidad foral.
Esta carta fundacional fue ratificada en 1984 durante la reconversión siderometalúrgica mediante una escritura notarial de sindicación de activos que nunca se inscribió en el Registro de la Propiedad Industrial de Madrid para protegerla de las confiscaciones fiscales del Estado, depositándose una copia sellada en este archivo universitario.
Mathieu se inclinó sobre el documento, leyendo con asombro los párrafos donde se detallaba la estructura fiduciaria comunitaria.
—Es un fideicomiso foral tácito —murmuró el inspector de la OLAF—.
Un blindaje de derecho civil vasco que precede a las leyes mercantiles modernas.
Si esta escritura de sindicación de 1984 sigue teniendo plena vigencia jurídica entre los talleres fundadores, la fianza solidaria que firmaron los doce talleres auxiliares en sus pagarés del MARF sería nula de pleno derecho por vulnerar un pacto estatutario de orden público foral.
Los tribunales mercantiles de Donostia no podrían embargar la patente de wolframio ni subastar los activos de Fagor Ederlan porque esos bienes no pertenecen a la sociedad mercantil como masa liquidable, sino a la comunidad foral de trabajadores.
—Exacto. Pero hay un obstáculo formidable —dijo Ainara, pasando la página del protocolo hasta alcanzar el acta de adhesión de 1984—.
Para que el juez mercantil admita esta excepción procesal de nulidad radical el lunes, la escritura de 1984 exige la ratificación física y la aportación del libro de actas original de la sindicación foral.
Y ese libro de actas no está en este archivo.
Al pie de la última página consta una diligencia notarial de entrega: el libro maestro de la sindicación y los pagarés de contraaval fueron puestos bajo la custodia personal y vitalicia del secretario general del Consejo de Fundadores de aquella época, don Imanol Gorrotxategi.
Mathieu frunció el ceño, buscando el nombre en su terminal portátil.