CAPÍTULO 6 — La línea de suministro #5
Al llegar a Eskoriatza, la magnitud de la crisis industrial se hizo patente.
El polígono fabril de Fagor Ederlan se extendía entre la ladera escarpada del monte Atxuritxi y el curso crecido del río.
Las tres chimeneas de la nave principal no emitían su habitual penacho de humo blanquecino; solo una columna débil y temblorosa delataba que dos de los hornos de inducción se encontraban en régimen de potencia mínima de mantenimiento.
En el interior de la nave principal, los puentes grúa de fundición con electroimanes de gran tonelaje colgaban inmóviles bajo las cerchas de acero, mientras el resplandor anaranjado de los quemadores de gas para el precalentamiento de cucharas proyectaba sombras fantasmales sobre las pistas de moldeo por arena verde y bentonita.
En la explanada asfaltada frente a los silos metálicos de almacenamiento, que se alzaban como cilindros oscuros de veinte metros de altura contra la roca caliza, se concentraban más de un centenar de obreros con buzos ignífugos de color azul marino, chalecos térmicos manchados de óxido y cascos de seguridad bajo el brazo.
El rumor de sus voces se apagó en cuanto las patrullas de la Ertzaintza detuvieron los motores y desplegaron las luces estroboscópicas sobre la cancela principal.
Ainara bajó del coche sosteniendo la carpeta con el auto de precinto judicial. A su lado, Gorka Atxaga y tres suboficiales de la Policía Judicial extrajeron del maletero rollos de cinta policial y precintos de plomo con cierre de alambre acerado.
Frente a la rampa de descarga de la báscula de camiones esperaban el director de planta de la factoría y Amets Ibarra, la portavoz del Consejo Social.
Amets llevaba su casco blanco ajustado y los guantes de kevlar sujetos al arnés de herramientas.
Al ver a Ainara, la joven ingeniera se adelantó con paso firme, desafiando el viento helado.
—Fiscal Zubiaga —dijo Amets con la voz templada por la rabia—. La radio de Bergara acaba de anunciar el auto de prisión de Zubizarreta. ¿Es cierto que admitió los pagos de Ginebra?
—Ha confesado la trama completa, Amets —respondió Ainara con solemnidad, exhibiendo el mandamiento judicial—.
Cobró trescientos mil euros de Atalante Capital para meter chatarra cargada de fósforo y provocar la rotura de las manguetas de dirección.
Esta orden judicial decreta el precinto inmediato de los silos y la inmovilización de las cuatro mil toneladas de metal acopiadas en la explanada.
Nadie toca un solo lingote hasta que los peritos de la Universidad del País Vasco completen la toma de muestras y el mapa de contaminación química.
El director de planta, un ingeniero veterano de sienes plateadas, se adelantó con las manos crispadas, presa de una desesperación incontenible.
—¡Señora fiscal, no puede hacer esto! —exclamó con la voz rota—.
Si precinta los silos nos quedamos sin chatarra de carga para el turno de tarde.
En los crisoles uno y dos apenas quedan cuarenta toneladas de baño líquido de colada limpia.
Si no alimentamos los hornos antes de las cinco, tendremos que apagar los transformadores de media frecuencia.
El revestimiento refractario de sílice apisonada y carburo de silicio se enfriará bruscamente, sufrirá choque térmico y se agrietará.
Volver a revestir las cubas cuesta trescientos mil euros y exige tres semanas de parada técnica total.
¡Volkswagen y BMW cancelarán los contratos por incumplimiento de entrega justo a tiempo y nos demandarán por sesenta millones!
¡Será la quiebra definitiva de la fundición!
Ainara lo miró con una serenidad implacable que congeló las protestas del técnico.
—Si no apagan esos hornos, director, las piezas que salgan de aquí se romperán en las autopistas de Baviera en cuanto caigan las primeras heladas del invierno.
Morirá gente inocente y el Consejo Rector entero responderá en un banquillo penal por homicidio imprudente.
Xabier Beloki fue arrojado vivo a un crisol a mil cuatrocientos cincuenta grados para impedir que esta basura de metal saliera a la carretera.
Yo no voy a traicionar su sacrificio por salvar los plazos de entrega de una multinacional. Los hornos se paran.
El director bajó la mirada hacia el fango del suelo, tragándose las lágrimas de impotencia.
Amets Ibarra dio un paso hacia el frente, subió dos peldaños de la escalerilla metálica de la báscula y se encaró con los operarios que aguardaban en silencio en la explanada. Su voz, limpia y poderosa, resonó contra las chapas de la nave fabril:
—¡Compañeros! ¡Escuchadme bien! ¡La fiscal tiene toda la razón!
Xabier Beloki no murió por un fallo de mantenimiento ni por un descuido técnico; lo asesinaron para tapar el veneno que nos estaban metiendo en los hornos.
Nos querían utilizar para fabricar piezas asesinas y quebrar la reputación de sesenta años de cooperativismo vasco.
Querían vernos de rodillas para subastar las patentes de hidrógeno a fondos especulativos.
¡Antes dejamos morir los hornos de frío que verter una sola mangueta con metal manchado por la sangre de Xabier!
¡Que nadie toque los silos! ¡Ayudad a los agentes a precintar las compuertas!
Un clamor sordo y unánime recorrió la asamblea de trabajadores.
Varios operarios veteranos se adelantaron para colaborar con los agentes de la Ertzaintza, sujetando los postes de señalización y fijando las cintas de precinto judicial alrededor de las tolvas de alimentación vibratoria y las compuertas de descarga de los silos.
Gorka Atxaga y dos peritos de la policía científica treparon por las pasarelas metálicas superiores, taladrando testigos de metal en las tres alturas de almacenamiento para introducirlos en bolsas herméticas de custodia judicial.
Ainara permaneció sola junto a la barandilla de la báscula.
Al mirar el reloj de su padre en la muñeca, sintió una punzada de angustia sorda: las manecillas marcaban las doce y cuarenta y cinco.
El tic-tac inmutable del mecanismo le recordó que, aunque habían frenado la chatarra homicida, el asedio financiero contra el valle seguía devorando horas a velocidad de vértigo.
Un coche familiar de color gris oscuro entró despacio en la explanada y se detuvo junto a las patrullas policiales.
La puerta del conductor se abrió y Mathieu Etcheverry descendió con su abrigo negro desabrochado, el rostro pálido por el cansancio y una carpeta de piel oscura bajo el brazo.
Caminó hacia Ainara esquivando los charcos de agua ferruginosa y se detuvo a su lado frente a los precintos rojos.
—La fiscalía de San Sebastián me acaba de enviar un despacho urgente —dijo Mathieu en voz baja, mirando las cintas judiciales que ondeaban con el viento helado—.
El juzgado de lo mercantil número uno de Donostia ha recibido un escrito preventivo de Atalante Capital .
No van a esperar al vencimiento del lunes; han interpuesto una solicitud de concurso necesario contra Fagor Ederlan y doce talleres auxiliares del Deba, alegando insolvencia inminente tras el precinto judicial de sus materias primas.
Quieren que un administrador concursal tome el control de las fábricas mañana mismo.
Ainara alzó la barbilla, buscando los ojos grises y firmes de Mathieu.
—En ese caso, Mathieu, no podemos quedarnos en los juzgados ordinarios donde los teléfonos de la fiscalía están intervenidos por las presiones políticas de Lakua y de Madrid. Necesitamos un refugio seguro para cruzar los balances de esos doce talleres auxiliares antes de que amanezca.
Mathieu asintió despacio, con una sombra de determinación en la mirada.
—Conozco el lugar idóneo, Ainara. A seis kilómetros de aquí, en Oñati.
El claustro alto de la Universidad Sancti Spiritus.
Muros de sillería del siglo dieciséis, sin cámaras de seguridad y sin cobertura para los escáneres de Biarritz.
El archivero municipal nos abrirá la sala capitular.
Vámonos antes de que nos alcancen las llamadas del Gobierno Vasco.