CAPÍTULO 6 — La línea de suministro #4
—Me quedé helado. Le dije que hablaría con los proveedores de Ginebra para exigirles responsabilidades y paralizar los pagos.
Pero Xabier me miró a los ojos y comprendió todo.
Vio que yo estaba temblando. Vio que no me sorprendía la procedencia del material.
Mi padre, Patxi Zubizarreta, había trabajado con Arizmendiarrieta en los años sesenta montando los primeros talleres de Ulgor, y Xabier conocía a mi familia desde que éramos niños.
Se acercó a mi mesa, apoyó las palmas sobre los papeles y me dijo con una voz que todavía me retumba en la cabeza: «Tú sabías esto, Imanol.
Has vendido la seguridad de los coches por dinero.
Has traicionado a los compañeros que se parten la espalda en los hornos.
Mañana a las ocho de la mañana me siento con el Consejo Rector y bajo a la fiscalía de Bergara con estos informes.
Se acabó tu farsa. Si tengo que parar los tres crisoles con mis propias manos, los paro».
Salió del despacho dando un portazo y subió por las pasarelas metálicas hacia el laboratorio central para asegurar los cuadernos de pruebas y las probetas testigo.
—¿Qué hizo usted en ese momento? —preguntó Ainara, fijando la mirada en los ojos del directivo.
—Entré en pánico absoluto —confesó Zubizarreta, apretando los dientes con tanta fuerza que crujieron—.
Sabía que si Beloki presentaba esos análisis, los auditores de Mondragón revisarían mis cuentas personales en menos de veinticuatro horas.
La corporación tiene comisiones de ética y auditoría interna implacables cuando se sospecha de un fraude de materias primas; no perdonan la quiebra de la confianza mutua.
Me vi en la cárcel, vi a mi mujer desahuciada y a mi hija sin el tratamiento médico en el hospital alemán.
Eran las siete y diecisiete minutos de la tarde cuando marqué el teléfono satelital que me había entregado Sylvain Deschamps en el Carlton.
Un número directo con prefijo de Mónaco que cambiaba de código cada cuarenta y ocho horas.
—¿Quién respondió a esa llamada?
—El propio Deschamps. Le dije a gritos que la operación se había caído, que Xabier Beloki tenía las pruebas de la contaminación y que a la mañana siguiente nos denunciaría a la fiscalía y paralizaría la factoría.
Le supliqué que canceláramos todo, que devolviéramos el dinero de Suiza y que retiráramos los camiones de Helvetia Metals de las tolvas de San Juan.
—¿Y cuál fue la respuesta exacta de Deschamps?
—Su frialdad me heló la sangre —susurró Zubizarreta, bajando la voz hasta hacerla casi inaudible—.
Ni siquiera levantó el tono. Me habló como un médico que tranquiliza a un enfermo terminal.
Me dijo: «Cálmate, Imanol. Los técnicos de calidad son hombres vehementes que defienden su parcela con exceso de celo.
Xabier Beloki es un científico razonable; solo necesita comprender que la cooperativa no puede afrontar litigios en este momento.
Esta misma noche enviaré a dos ingenieros de nuestro equipo de París que están en Biarritz para que se reúnan con él en la fábrica, revisen las curvas de resiliencia y le ofrezcan una salida digna y un puesto de consultor técnico internacional con salario suizo.
Tú no te preocupes más. Apaga el teléfono, sal de la planta antes de las ocho y no regreses hasta el turno de mañana».
—¿Y usted le creyó? —preguntó Ainara con severidad quirúrgica—. ¿Creyó que un fondo que paga comisiones ilegales en Ginebra para boicotear componentes de automoción iba a mandar dos ingenieros a medianoche para ofrecerle un empleo dorado al hombre que los iba a denunciar?
Zubizarreta rompió a llorar de nuevo, mesándose los cabellos canos con ambas manos en un gesto de pura desesperación.
—¡Quise creerlo! —gritó en un estertor de angustia que conmovió a los secretarios en el pasillo—.
¡Necesitaba creerlo para no volverme loco!
Pensé que le ofrecerían dinero, que le comprarían el silencio como me lo habían comprado a mí...
Pensé que le darían doscientos mil euros y que Xabier se marcharía a trabajar a Múnich...
¡Jamás imaginé que lo asesinarían! Pero a las dos de la madrugada me desperté empapado en sudor frío en mi cama de Arrasate.
Miré el reloj de la mesilla y sentí un presentimiento horrible en el estómago.
Cuando llegué a la fábrica a las siete menos cuarto y vi los coches patrulla de la Ertzaintza rodeando la nave tres...
cuando Amets Ibarra bajó llorando diciendo que habían encontrado restos humanos en el crisol de colada...
comprendí el horror en el que me había metido.
¡Habían lanzado a Xabier al horno para quemar los cuadernos de ensayo y borrar cualquier rastro del metal contaminado!
El oficial de sala terminó de mecanografiar las últimas líneas y levantó la vista hacia Ainara.
—Que se imprima el acta completa —ordenó la fiscal con voz firme—.
Señor Zubizarreta, va a firmar cada una de las hojas de su declaración en presencia de su letrado.
A continuación, el señor juez de instrucción resolverá sobre su situación personal.
La justicia de este país no va a permitir que la memoria de Beloki quede sepultada en cenizas.
♦ ♦ ♦
A las doce menos cuarto, la sala de vistas recuperó su solemnidad procesal.
El juez de instrucción de guardia, don Fernando Irazábal, tomó asiento en el estrado presidencial flanqueado por las banderas oficiales y el crucifijo de bronce que presidía el estrado judicial.
El magistrado ajustó sus gafas de montura metálica sobre la nariz y repasó los doce folios mecanografiados de la declaración de Imanol Zubizarreta, deteniéndose en las firmas que rubricaban cada margen inferior.
Ainara Zubiaga permanecía en pie frente al estrado del Ministerio Fiscal. A su espalda, el silencio tenso de la sala solo era roto por la respiración agitada del detenido y los pasos mesurados de los agentes de la Ertzaintza que custodiaban las puertas de acceso.
—Tiene la palabra el Ministerio Fiscal para formular peticiones sobre la situación personal del investigado —anunció el juez Irazábal con voz grave y pausada.
Ainara dio un paso al frente, apoyando las yemas de los dedos sobre la superficie de madera del estrado.
—Señoría, a la vista de los hechos autoinculpatorios vertidos en la declaración judicial, de la contundencia de los extractos bancarios remitidos por las autoridades de la Confederación Suiza y del gravísimo resultado lesivo producido, esta representación del Ministerio Fiscal interesa la adopción de la medida cautelar de prisión provisional comunicada y sin fianza para don Imanol Zubizarreta conforme a los artículos 503, 504 y 505 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.
Concurren en la causa indicios racionales de criminalidad por presuntos delitos de homicidio consumado con alevosía y precio del artículo 139 del Código Penal, corrupción continuada en los negocios del artículo 286 bis y estafa agravada con afección a intereses generales.
Existe un riesgo evidente de fuga, acreditado por la disposición de fondos ocultos en el extranjero por importe de trescientos mil euros y los vínculos operativos con el grupo Atalante Capital Partners en Luxemburgo y Suiza.
Asimismo, existe un riesgo inminente de destrucción de fuentes de prueba y de interferencia en las testificales de los trabajadores del muelle de carga.
El letrado Murua intentó una última defensa, solicitando la libertad provisional bajo fianza de cincuenta mil euros con comparecencias apud acta diarias y retirada de pasaporte, alegando el arraigo familiar y la confesión prestada. Sin embargo, el juez Irazábal no vaciló ni un segundo.
—Visto el contenido de las actuaciones y la gravedad de las imputaciones, se decreta la prisión provisional comunicada y sin fianza de don Imanol Zubizarreta —resolvió el magistrado, estampando su firma y el sello judicial sobre la resolución—.
Oficial, expida el correspondiente mandamiento de ingreso en el centro penitenciario de Martutene y ponga al detenido a disposición de la unidad de conducción de presos.
Zubizarreta no levantó la cabeza cuando los agentes de la Ertzaintza le colocaron los grilletes a la espalda. Salió de la sala arrastrando los pies, con la mirada perdida en el suelo de piedra, escoltado hacia el calabozo del sótano.
—Señoría —añadió Ainara inmediatamente—, interesa asimismo a esta parte el libramiento urgente de mandamiento judicial de precinto, inmovilización cautelar e intervención administrativa de los almacenes centrales de materias primas de Fagor Ederlan en Eskoriatza, así como de las tolvas y silos del polígono industrial de San Juan.
Cuatro mil toneladas de chatarra contaminada con fósforo y azufre deben quedar bajo custodia judicial estricta para evitar su introducción en los hornos de colada.
El juez extendió el mandamiento firmado sobre el pupitre.
—Tiene la orden habilitada, fiscal. Procedan de inmediato antes de que ese metal se disperse.
Veinte minutos después, el convoy policial encabezado por el todoterreno camuflado de Gorka Atxaga y el vehículo de Ainara abandonaba Bergara en dirección sur por la carretera comarcal GI-627.
El temporal de viento del Atlántico canalizaba rachas gélidas por el valle del Deba, arrastrando una cellisca helada que azotaba los parabrisas y blanqueaba los hayedos de las crestas de Elosua y Deskarga.