La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 6 — La línea de suministro #3
26%

CAPÍTULO 6 — La línea de suministro #3

—Yo no quería que mataran a nadie, se lo juro por la memoria de mi madre...

¡Se lo juro por mis hijos! —gritó el hombre, con la voz rota por el llanto y el pecho agitado por una angustia que desbordaba la sala—.

¡Me dijeron que solo era una palanca financiera!

¡Me juraron que era una maniobra de presión bursátil para obligar al Consejo Rector a negociar una ampliación de capital!

¡Me dijeron que no le pasaría nada a la fábrica ni a los trabajadores!

—¿Quién se lo dijo, Imanol? —preguntó Ainara, bajando deliberadamente el tono a una cercanía casi confidencial, utilizando su nombre de pila por primera vez para abrir una brecha en su resistencia psicológica—. ¿Quién se puso en contacto con usted?

—Fue en el hotel Carlton, en Bilbao —confesó el directivo, mientras su letrado se recostaba en el respaldo de la silla con gesto de derrota absoluta, comprendiendo que el caso penal acababa de cerrarse sobre su cliente—.

El verano pasado. Me llamaron diciendo que eran consultores de reestructuración de deuda industrial para el sector vasco de automoción.

Me citaron en una suite de la tercera planta, una estancia señorial con cortinajes pesados que daba a la plaza Elíptica.

Había dos hombres. Uno era Sylvain Deschamps, con su acento francés impecable, sus trajes a medida de paño inglés y su cartera de piel diplomática.

El otro no hablaba; se quedó junto a la ventana vigilando el tráfico de la Gran Vía, con un auricular de espiral transparente en la oreja y aspecto de militar retirado.

Deschamps tenía un dossier completo sobre mis finanzas privadas: sabía que mi hija mayor necesitaba un tratamiento médico en una clínica privada de Barcelona que la Seguridad Social no cubría, sabía que yo tenía una hipoteca puente sobre un pabellón en Aretxabaleta que me estaba comiendo la nómina...

Sabía exactamente cuánto me faltaba cada mes para no perder mi casa.

Conocía el importe de mis préstamos personales en Laboral Kutxa mejor que yo mismo.

Ainara tomó notas rápidas con su pluma estilográfica sobre el cuaderno de campo. La tinta azul fluía sobre el papel blanco con trazos nítidos.

—¿Qué le pidieron a cambio de los trescientos mil euros?

—Me dijeron que Fagor Ederlan tenía que perder las homologaciones de seguridad para los nuevos bastidores del grupo alemán —sollozó Zubizarreta, hundiendo la cabeza en el pecho—.

Que el consorcio automotriz necesitaba una excusa legal para rescindir los contratos de suministro a largo plazo y penalizar a la cooperativa con cláusulas de incumplimiento de sesenta millones de euros.

Me dijeron que Helvetia Metals compraría chatarra de demolición de calderas químicas en Polonia y Ucrania, chatarra barata cargada de fósforo y azufre que en cualquier fundición normal se detecta al instante.

Mi única misión era firmar las recepciones de camión sin enviar las muestras testigo al laboratorio central de Arrasate, meter el material directamente a los silos de mezcla y dar el visto bueno a los pagarés.

Me prometieron que cuando la cooperativa entrara en concurso preventivo de acreedores, el fondo inyectaría cien millones, compraría la deuda a precio de derribo y a mí me garantizarían la dirección general con un contrato blindado en Suiza.

—¿Y los transportistas? —preguntó Ainara—. ¿Cómo entraban los camiones en la factoría sin pasar el pesaje reglamentario?

—Entraban de madrugada, entre las tres y las cinco —admitió Zubizarreta en un susurro culpable—.

Yo les facilitaba códigos de acceso temporal para la barrera automática de la báscula de San Juan.

Los conductores tenían orden de descargar directamente en las tolvas número cuatro y cinco, las que alimentan la cinta transportadora del horno tres.

Nadie sospechaba porque los albaranes llevaban mi firma electrónica validada en el sistema SAP corporativo.

Eran tres camiones por semana. Treinta toneladas por viaje.

Todo parecía una operativa logística normal amparada en contratos marco de suministro urgente.

Nadie en el muelle hacía preguntas si el sistema informático daba luz verde.

La descarga duraba apenas veinte minutos; basculaban las bañeras sobre las fosas subterráneas y salían de nuevo hacia la autopista AP-1 antes de que comenzara el primer turno de operarios.

Ainara levantó la mirada hacia el oficial de sala, indicándole que continuara transcribiendo sin interrupción.

—Continúe, señor Zubizarreta. Vamos a dejar sentado cada minuto previo a la muerte de Xabier Beloki. Todo quedará registrado en esta pieza separada. No se guarde un solo nombre.

♦ ♦ ♦

El oficial del juzgado imprimió las seis primeras páginas de la declaración y las colocó sobre la mesa baja de la sala de secretaría.

El reloj de pared de la estancia marcaba las once menos cuarto.

A través de la puerta entreabierta se percibía el murmullo contenido de los funcionarios del juzgado y el golpeteo apagado de los sellos de registro.

En las paredes enlucidas de blanco colgaban antiguos retratos litográficos de juristas forales guipuzcoanos, cuyas miradas severas parecían juzgar el desmoronamiento moral del hombre sentado junto a la ventana.

Ainara Zubiaga permanecía sentada en el extremo de la mesa de madera noble, con la mirada fija en el semblante de Zubizarreta.

El directivo bebía agua de un vaso de plástico con dedos convulsivos, derramando unas gotas sobre el pantalón de pana.

A su lado, el abogado Murua había adoptado una actitud de resignación profesional: ya no interrumpía, limitándose a verificar que las palabras de su cliente quedaran consignadas con fidelidad estricta para negociar una posterior conformidad o atenuante de confesión muy cualificada según el artículo 21. 4 del Código Penal.

—Señor Zubizarreta, volvamos a la tarde del jueves —dijo Ainara con voz firme pero desprovista de estridencias—. Usted ha declarado que Xabier Beloki bajó a su despacho con los análisis espectrométricos. Describa con exactitud lo que ocurrió en esa conversación.

Zubizarreta respiró hondo, tratando de contener el hipo del llanto que aún le sacudía el pecho. Su mente parecía retroceder hacia las entrañas de la fábrica, donde el calor de los hornos y el zumbido de los extractores de humo formaban el único mundo que había conocido desde su juventud.

—Eran las seis y media de la tarde. En la nave de fundición el ruido de los transformadores era ensordecedor porque estaban cargando el horno tres para la colada nocturna.

Yo estaba en mi oficina acristalada, repasando los albaranes de entrega de chatarra de la semana siguiente.

De repente, Xabier abrió la puerta de un golpe.

Tenía la cara desencajada, manchada de hollín y sudor.

Llevaba en la mano una carpeta con los gráficos de absorción atómica y los registros de los ensayos de resiliencia Charpy que había realizado sobre probetas testigo coladas esa misma mañana.

No traía solo papeles; traía en la palma de la mano una probeta cilíndrica seccionada tras el impacto en el péndulo del laboratorio.

El investigado se detuvo un instante, frotándose los ojos con las palmas de las manos.

—¿Qué le mostró en esa probeta? —insistió Ainara.

—Me puso la pieza de metal roto a dos centímetros de los ojos.

La superficie de fractura brillaba como el azúcar cristalizado, sin la menor señal de estricción ni deformación plástica.

Era una rotura por clivaje puro, limpia y quebradiza como la porcelana.

Me gritó: «¡Imanol, esto es una barbaridad criminal!

¿Qué basura nos estás metiendo en los silos?

». Yo intenté calmarlo, le dije que serían restos de chatarra naval mal clasificada, que se podía corregir en la cuchara de colada añadiendo inoculante.

Pero Xabier era el mejor metalúrgico del valle.

Sabía perfectamente lo que estaba viendo.

Me señaló las líneas espectrales del fósforo y del azufre.

El fósforo alcanzaba el cero coma cero setenta y dos por ciento, cuando el límite estricto para fundición nodular de automoción según norma EN-GJS-500 es de cero coma cero veinticinco.

Me explicó que el fósforo no se disuelve en la matriz de ferrita; durante la solidificación del hierro a mil ciento cincuenta grados, el fósforo es expulsado hacia los bordes de celda eutéctica y precipita formando una red microscópica continua de fosfuro de hierro, de esteatita, que actúa como cuchillas internas en la estructura cristalina.

Me dijo que a temperatura ambiente las piezas parecían sólidas en los ensayos de dureza Brinell, pero que en cuanto un coche circulara a diez grados bajo cero en una autopista alemana, la energía de absorción de impacto se desplomaría por debajo de dos julios y las manguetas de dirección se partirían en seco ante el menor bache.

Y el azufre superaba el cero coma cero treinta y cinco por ciento, combinándose con el magnesio para formar sulfuros que destruían la esferoidización del grafito, transformando las esferas protectoras en láminas degeneradas que reducían la resistencia a la fatiga a la mitad.

Era chatarra procedente de viejas plantas soviéticas de ácido fosfórico desmanteladas en Silesia; acero saturado de fósforo por décadas de servicio químico a alta temperatura.

Ainara asintió despacio, anotando las especificaciones cristalográficas que coincidían punto por punto con el dictamen preliminar del Instituto Vasco de Medicina Legal y de la Escuela de Ingeniería de Bilbao.

—¿Y qué le respondió usted?