La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 6 — La línea de suministro
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CAPÍTULO 6 — La línea de suministro

Ainara Zubiaga ajustó la solapa de su chaqueta de lana marengo mientras subía la escalera de piedra que conducía a la sala de vistas número uno.

En la muñeca izquierda, el peso metálico del Certina DS de su padre, con su esfera cepillada en plata y las rozaduras en el bisel adquiridas en los bancos de ajuste de Durango, marcaba el avance implacable del segundero.

Aquel mecanismo suizo de cuerda manual, que Josu Zubiaga había llevado puesto cada día antes de que las letras de cambio ahogaran su taller, no era un adorno para Ainara; era un ancla que le impedía olvidar por qué vestía la toga.

Su padre se había dejado la vida en una nave fría por culpa de pagarés cruzados y financieras sin escrúpulos.

Ahora, en el Alto Deba, el mismo patrón de rapacidad amenazaba con devorar Fagor Ederlan, la joya cooperativa de la comarca.

Al empujar la puerta de roble de la sala de declaraciones, el aire caliente de los radiadores de hierro fundido le golpeó el rostro junto al olor inconfundible del café recalentado y el papel timbrado.

—Buenos días, señor letrado. Señor Zubizarreta —dijo Ainara con voz neutra, tomando asiento frente a ellos en el estrado del Ministerio Fiscal.

A su izquierda, la letrada de la administración de justicia comprobó los niveles de captación de los micrófonos de sobremesa y accionó el sistema digital de grabación con un chasquido metálico.

En el extremo opuesto, junto a la puerta clausurada de los testigos, el inspector jefe Gorka Atxaga permanecía erguido, con los brazos cruzados y la mirada fija en el perfil encogido del directivo.

El letrado, don Álvaro Murua, carraspeó con fuerza antes de que el oficial del juzgado terminara de asentar el encabezamiento del acta.

—Señora fiscal, antes de proceder deseo hacer constar en acta nuestra protesta más enérgica por la forma en que se ha practicado esta citación.

Mi cliente es un socio cooperativista intachable, padre de tres hijos y miembro electo de los órganos de representación de la corporación.

Ha sido conducido a esta sede prácticamente en calidad de detenido, privándosele del descanso reglamentario tras una jornada de luto riguroso por la trágica pérdida de nuestro compañero Xabier Beloki.

Esta intromisión de la Fiscalía de Delitos Económicos en la operativa interna de aprovisionamiento de una entidad de economía social vulnera frontalmente el principio de autonomía organizativa garantizado por la Ley de Cooperativas de Euskadi.

La gestión de las compras responde a criterios estrictamente mercantiles y de oportunidad técnica, amparados en la discrecionalidad empresarial.

No existe base fáctica alguna para criminalizar decisiones ordinarias de aprovisionamiento en un mercado sometido a severas tensiones inflacionarias.

Ainara no pestañeó. Desabrochó la cinta roja que cerraba el legajo principal de la causa, dejando a la vista un taco de folios de más de cuatrocientas páginas repleto de anotaciones periciales, tablas de densidades metalúrgicas y extractos bancarios interbancarios.

—Queda constancia de su queja en la grabación, letrado —respondió Ainara sin alterar el tono reposado pero gélido que dominaba en las vistas—.

No obstante, el artículo 286 bis del Código Penal, relativo a la corrupción en los negocios, y los artículos 138 y 11 del mismo texto legal, que regulan el homicidio en comisión por omisión del deber de garante, no contemplan excepciones para las cooperativas ni para sus directivos.

Esta fiscalía no investiga la filosofía asamblearia del señor Arizmendiarrieta, sino cómo y por qué se introdujo chatarra industrial deliberadamente contaminada en el horno de inducción número tres de Eskoriatza, y cuál fue el precio exacto pagado por la vida de don Xabier Beloki.

Zubizarreta levantó la cabeza de golpe. Sus ojos, enrojecidos por el insomnio y ribeteados de bolsas violáceas, buscaron desesperadamente el rostro de su abogado.

El letrado apretó los labios y colocó una mano sobre el antebrazo de su patrocinado, pero la sacudida ya había recorrido el cuerpo del investigado.

—Señor Zubizarreta —prosiguió Ainara, fijando sus pupilas castañas en el semblante del directivo—, durante los últimos dieciocho meses, usted ha tenido firma mancomunada y delegación ejecutiva plena para autorizar las compras de chatarra férrica secundaria de primera fusión con destino a la planta de Fagor Ederlan. ¿Es correcto?

—Sí... sí, claro que es correcto —murmuró Zubizarreta con un hilo de voz áspero, carraspeando para despejar la garganta—.

Es mi trabajo. La fundición consume cerca de doscientas cincuenta toneladas diarias de chatarra de acero y retorno de fundición nodular.

Sin ese material continuo, los tres crisoles de inducción se congelan en menos de cuatro horas, y volver a revestirlos de refractario cuesta casi medio millón de euros por cuba.

Los hornos de doce toneladas trabajan a doscientos cincuenta hercios y ocho mil kilovatios de potencia; si el baño líquido desciende por debajo de la solera de seguridad, la contracción térmica pulveriza las masas apisonadas de sílice y carburo.

El valle se para si los hornos se detienen.

—Lo sabemos con exactitud técnica —asintió Ainara, hojeando con calma la auditoría de aprovisionamientos—.

Y por esa misma razón de supervivencia fabril, la cooperativa mantenía desde el año 2014 una homologación estricta con tres chatarreros históricos de Gipuzkoa y Bizkaia: Forjas del Deba en Elgoibar, Recuperaciones Nervión en Basauri y Metales Arrasate.

Proveedores locales, con análisis espectrométricos en origen y trazabilidad certificada por AENOR.

Chatarra estructural seleccionada, recortes de estampación limpios de grado E3 sin galvanizar y paquetes prensados libres de aceites clorados o restos de pintura epoxi.

Sin embargo, en mayo de 2025, usted rescindió unilateralmente dos de esos contratos y redujo el tercero al diez por ciento.

—Había un problema de precios en el mercado internacional —saltó el investigado, apresurándose a justificarse con ademanes nerviosos—.

El coste del megavatio hora en el pool eléctrico español se había disparado y la tonelada de chatarra clasificada E3 subió más de ochenta euros en el mercado spot de Bilbao.

Teníamos que abaratar la factura de entrada para no perder los márgenes en los contratos de suministro de manguetas con el grupo Volkswagen.

Si no bajábamos el coste de materia prima, la asamblea nos hubiera pedido responsabilidades a final de año.

La fundición nodular para automoción exige un balance económico milimétrico; no podíamos repercutir los sobrecostes a los constructores alemanes porque nos amenazaban con desviar los pedidos a factorías de la República Checa y Polonia.

—Una explicación impecable desde la ortodoxia contable —ironizó Ainara, deslizando una hoja blanca sobre el tablero pulido de la mesa—.

Salvo por un detalle documental insalvable, señor Zubizarreta.

La empresa a la que usted adjudicó el setenta y cinco por ciento de las nuevas compras, Helvetia Metals S.A.

, no disponía de desguaces propios, ni de trituradoras de martillos, ni de flota de camiones, ni de certificado de gestión medioambiental.

Tiene su sede en el número 14 de la Rue du Rhône, en Ginebra: un edificio de oficinas donde comparten buzón más de doscientas sociedades instrumentales domiciliadas por fiduciarias helvéticas.

Un piso de lujo frente al lago Lemán donde jamás ha entrado una sola tonelada de chatarra ferrosa.

Zubizarreta tragó saliva con tal violencia que el cartílago de su nuez subió y bajó de forma visible. Sus dedos comenzaron a tamborilear contra el paño de la gabardina, humedecido aún por la niebla matinal.

—Ellos actuaban como brokers internacionales...

Compraban excedentes en acerías alemanas y checas que estaban en reconversión.

Nos garantizaban un descuento de cuarenta y cinco euros por tonelada métrica puesta en muelle de fábrica.

Nos enviaban certificados de calidad sellados en origen por entidades de inspección privada.

—¿Certificados privados que usted nunca contrastó con un análisis ciego de laboratorio?

—preguntó Ainara inclinándose apenas dos centímetros hacia adelante—.

¿Qué comprobaciones físicas realizó usted sobre esos excedentes antes de autorizar el primer envío de trescientas toneladas?

Porque el señor Beloki, como director técnico de calidad y procesos, redactó tres informes consecutivos entre septiembre y noviembre advirtiendo de que las partidas entregadas por Helvetia Metals no eran chatarra estructural clasificada E3, sino recortes industriales heterogéneos con contenidos residuales inasumibles de fósforo, azufre y estaño.

Material procedente de demoliciones químicas y calderas de destilación industrial cargadas de contaminantes venenosos para la fundición nodular.

—Eran anomalías puntuales de lote —balbuceó Zubizarreta, mirando al suelo de tarima—.

En la fundición siempre hay variaciones de cuchara.

Se compensan añadiendo grafito de alta pureza y ferroaleaciones desoxidantes en la escorificación.

Si el metal viene algo sucio, se aumenta la adición de ferrosilicio magnesio en la cuchara de tratamiento para neutralizar el azufre y asegurar que el grafito nodular cristalice en esferas de grado uno y dos según la norma ISO 945.

Eso se hace en cualquier taller del mundo.

Los operarios saben cómo balancear el baño líquido cuando la chatarra presenta ligeras desviaciones.