CAPÍTULO 5 — El wolframio de Bergara #6
El detenido, un mercenario marsellés con antecedentes por contrabando de material de doble uso en los Balcanes, se había negado a declarar amparándose en su derecho a la asistencia letrada consular. Sin embargo, su teléfono rugerizado había hablado por él con una elocuencia demoledora.
Mathieu llamó a Ainara con un gesto de la mano, señalando la pantalla del monitor donde se sucedían los registros de una cuenta de correo electrónico cifrada en servidores suizos.
—La conexión interna ya no es una hipótesis, Ainara —dijo Mathieu con voz baja y pausada, mientras sus ojos grises repasaban las líneas de texto—.
El asaltante no necesitó forzar la cancela de los jardines del Seminario por intuición.
Recibió un plano detallado de la red de alcantarillado, los horarios de guardia de la policía municipal y la clave del teclado numérico de la esclusa exterior mediante este mensaje transmitido anoche a las veintitrés horas.
Ainara se inclinó sobre el hombro de Mathieu, leyendo la dirección del remitente: una cuenta privada creada en un servicio de mensajería suizo con el alias «Burdina-67» .
—¿Habéis podido trazar la dirección IP de origen? —preguntó la fiscal.
—No ha hecho falta desandar el enrutamiento anonimizado —respondió Mathieu, pulsando una tecla para abrir un archivo adjunto en formato PDF recuperado de la memoria caché del terminal—.
El remitente cometió la torpeza de adjuntar una captura de pantalla del sistema de gestión logística interna de Fagor Ederlan, donde figuraba la orden de descarga de chatarra en los almacenes de Eskoriatza.
Y en el margen inferior derecho de la imagen aparece el identificador de usuario corporativo del puesto emisor: IZUBIZARRETA .
Gorka, que acababa de entrar en la sala con una taza de café solo en la mano y una venda elástica rodeándole la muñeca contusionada durante la persecución, se detuvo en seco.
—Imanol Zubizarreta —dijo el inspector jefe con un hilo de voz cargado de desprecio—. El director de compras y aprovisionamientos de la división de fundición. Treinta años en la cooperativa. Su padre fue uno de los fundidores que levantó los primeros pabellones con Arizmendiarrieta.
—Y no lo hizo por convicción ideológica ni por miedo —añadió Mathieu, abriendo una segunda ventana donde se desplegaba el cruce de transferencias bancarias internacionales obtenido a través del canal seguro de Europol en La Haya—.
El bufete ginebrino von Graffenried le transfirió trescientos mil euros en cuatro pagos fraccionados a una sociedad panameña llamada Inverness Trading , cuya titularidad real corresponde a la esposa de Zubizarreta.
Doscientos mil euros por autorizar la entrada sistemática de chatarra con alto contenido en fósforo para provocar la rotura de las manguetas de dirección en las pruebas de resistencia de BMW, y cien mil euros adicionales por entregar la ubicación exacta de los cuadernos de Beloki en Bergara.
Ainara permaneció en silencio durante unos segundos, mirando a través del ventanal de la comisaría hacia la silueta escarpada del monte Udalatx, cuyas cimas comenzaban a teñirse de un azul acerado con la retirada definitiva de las nubes.
En su interior, la indignación procesal de la fiscal foral se fundía con la memoria dolorosa de su propia infancia en Durango: la imagen de su padre, Josu Zubiaga, arruinado y empujado a la desesperación más absoluta por constructores y financieros que no dudaban en comprar voluntades para destruir talleres ajenos.
La traición de Zubizarreta no era solo un delito de corrupción privada y espionaje corporativo; era una puñalada clavada en el corazón mismo del pacto social que sostenía a miles de familias trabajadoras del valle.
—Gorka —dijo Ainara, girándose hacia el inspector jefe con la mirada templada en una determinación implacable—.
Prepara tres patrullas de asalto con chalecos antibalas.
Vamos al Juzgado de Guardia de la calle San Pedro ahora mismo.
Voy a firmar el auto de entrada, registro y detención judicial incomunicada de Imanol Zubizarreta conforme a los artículos quinientos cinco y quinientos veinte de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.
Lo quiero detenido en su domicilio de Arrasate antes de que se despierte su vecindario.
—Las unidades están listas en el patio, fiscal —respondió Gorka, apurando el café y ajustándose el tahalí táctico bajo la cazadora—. No le daremos tiempo ni de vestirse.
Ainara se volvió hacia Mathieu, que ya había abierto el formulario oficial de transmisión de órdenes internacionales en el terminal de Eurojust.
—Mathieu, ¿puedes formalizar de inmediato la difusión de la alerta roja?
—Las órdenes internacionales de detención para extradición contra Sylvain Deschamps en Biarritz y Viktor Sorokin en Dubái están cursadas a través de los canales de Europol SIENA y la secretaría general de Interpol en Lyon —confirmó Mathieu, sellando el documento con su firma electrónica comunitaria—.
El juez de enlace francés en París ya tiene la providencia en su mesa.
Deschamps no podrá poner un pie fuera de su residencia sin que la Gendarmería Nacional lo intercepte.
Veinte minutos después, en el despacho de guardia del Palacio de Justicia de Bergara, en el número treinta y cuatro de la calle San Pedro, el juez de instrucción de guardia estampaba su rúbrica junto a la de Ainara en el auto que decretaba el arresto inmediato del director de compras y el bloqueo preventivo de todas las cuentas bancarias de la trama en territorio foral.
Al salir al balcón del edificio judicial que dominaba la confluencia entre la calle San Pedro y el paseo fluvial del Deba, una ráfaga de aire fresco y limpio, lavado por el temporal, recibió a los dos investigadores.
Hacia el este, por encima de las crestas rocosas de Deskarga y los hayedos de Antzuola, el sol de la mañana comenzaba a rasgar la bruma del amanecer, proyectando haces de luz dorada sobre las fachadas renacentistas de la villa, los aleros tallados del palacio Egino Mallea y los muros centenarios del Real Seminario.
El valle despertaba con el rumor acompasado de los primeros camiones pesados incorporándose a la variante y el silbido lejano del vapor escapando de las chimeneas de las forjas.
De pronto, rompiendo la calma de la alborada, el aullido distante de las sirenas de la Ertzaintza resonó por el fondo de la hondonada, anunciando que las patrullas de Gorka acababan de ejecutar la orden de detención en Arrasate.
Ainara apoyó las dos manos en la barandilla de piedra del balcón, respirando el aire puro de la mañana.
Mathieu se colocó a su lado, apoyando un codo en el pretil y contemplando el perfil sereno y firme de la mujer que tenía junto a él.
Extendió la mano y cubrió los dedos de Ainara con los suyos, transmitiéndole un calor vivo, sólido y protector que no requería juramentos para confirmar que estaban juntos en aquella batalla hasta el final.
Ainara volvió el rostro hacia él, apretando los dedos de Mathieu con una leve sonrisa que iluminó por primera vez en dos días sus ojos cansados.
—Hemos salvado el metal de Beloki, Mathieu —dijo la fiscal en un susurro, mientras el eco de las sirenas se perdía hacia las faldas de Eskoriatza—. Hemos recuperado sus fórmulas y hemos desmantelado a su traidor en el valle.
Mathieu asintió despacio, con la mirada fija en la línea de las montañas que recortaban el horizonte hacia la frontera.
—Hemos ganado la primera escaramuza, Ainara —respondió Mathieu con voz profunda y tranquila, devolviéndole la presión en la mano—.
Pero esto solo acaba de empezar. Sorokin y Deschamps no se detendrán en Ginebra.
La asamblea de Mondragón tendrá que decidir el lunes si se pliega al chantaje de la deuda o si libra la batalla con sus propios hornos... Y nosotros estaremos allí con ellos.
Ainara alzó la barbilla, contemplando el valle del Deba que despertaba bajo la luz limpia de la mañana con el orgullo indomable de quienes saben que la fragua de su historia no se apagaría jamás.