La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 5 — El wolframio de Bergara #5
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CAPÍTULO 5 — El wolframio de Bergara #5

El impacto fue seco y contundente. La moto se desestabilizó con un violento cabeceo de manillar, derrapó de lado sobre el suelo mojado y salió despedida contra el quitamiedos metálico, arrastrándose durante treinta metros entre chirridos ensordecedores mientras el motorista salía despedido hacia la espesura de helechos del terraplén.

El camino hacia el todoterreno negro quedaba expedito.

Al embocar el viaducto de Antzuola, la calzada discurría en línea recta sobre pilares de más de cuarenta metros de altura, suspendida sobre un abismo verde donde las copas de los castaños se mecían bajo el temporal.

A la derecha, solo un pretil de hormigón armado y una barandilla metálica separaban la calzada del vacío.

El conductor del Land Cruiser comprendió que no podía distanciarlos por velocidad en la subida. La ventanilla trasera del copiloto descendió por completo y el cañón negro de un subfusil automático asomó a través del marco.

—¡Abajo, Ainara! —gritó Mathieu, arrojando medio cuerpo hacia el asiento trasero para empujar a la fiscal contra la banqueta.

Una ráfaga cerrada de proyectiles de nueve milímetros percutió contra el vehículo policial. El parabrisas delantero se estrelló en una telaraña de cristal de seguridad a la altura del montante derecho, mientras tres impactos perforaban el capó metálico arrancando jirones de aislante acústico.

Gorka no aflojó el pie del acelerador. Con una maniobra implacable, colocó el morro reforzado de su todoterreno a la altura del paso de rueda trasero izquierdo del vehículo fugitivo: la clásica maniobra PIT de interceptación táctica policial.

—¡Sujétense todos! —rugió Gorka.

El inspector jefe dio un golpe seco de volante hacia la derecha, golpeando con la defensa delantera la masa trasera del Land Cruiser justo en el momento en que el todoterreno iniciaba la curva de salida del viaducto.

La física del impacto fue fulminante. La zaga del Land Cruiser perdió adherencia de golpe sobre la calzada anegada; el vehículo giró sobre su propio eje en un trompo incontrolable de trescientos sesenta grados, cruzó la calzada despidiendo humo de goma quemada y se estrelló de costado contra el pretil de hormigón que cerraba el estribo este del viaducto.

El estruendo del choque metálico resonó por toda la vaguada.

El Land Cruiser rebotó contra el muro de contención, arrancó diez metros de bionda de acero y quedó clavado contra el terraplén de roca, con el radiador reventado escupiendo vapor hirviente y el eje delantero quebrado en un ángulo grotesco.

Gorka cruzó su propio vehículo a escasos tres metros de distancia, bloqueando cualquier intento de maniobra, y apagó el contacto.

—¡Fuera, fuera! —ordenó el inspector jefe, abriendo su puerta con el arma desenfundada y parapetándose tras el bloque del motor.

Ainara se incorporó en el asiento trasero, con el corazón golpeándole en las sienes como un martinete hidráulico.

A través del cristal agrietado vio cómo la puerta del acompañante del Land Cruiser se abría con violencia.

Un hombre corpulento, ataviado con mono negro táctico y pasamontañas, descendió tambaleándose sobre el asfalto empuñando el subfusil con la mano izquierda mientras con la derecha intentaba amartillar el cerrojo encasquillado.

—¡Alto a la policía! ¡Tire el arma al suelo! —gritó Gorka desde su posición.

El asaltante no obedeció. Con un movimiento desesperado, alzó el cañón del arma hacia la silueta del inspector jefe.

Dos disparos secos y coordinados cortaron el siseo de la lluvia.

Mathieu, parapetado en el ángulo delantero derecho de su vehículo, apretó el disparador de su arma reglamentaria dos veces en rápida sucesión.

Los dos proyectiles impactaron en el centro de masa del atacante, cuya silueta se arqueó hacia atrás antes de desplomarse pesadamente sobre el asfalto mojado, soltando el subfusil que quedó patinando por el suelo hasta detenerse en el bordillo.

Gorka y Mathieu avanzaron con paso táctico hacia el Land Cruiser, cubriéndose mutuamente los ángulos muertos.

En el asiento del conductor, un segundo hombre de complexión atlética yacía aturdido contra el volante, con el rostro ensangrentado por el estallido del airbag frontal y los ojos desorbitados por el impacto.

Mathieu introdujo el brazo por la ventanilla rota, le arrebató una pistola automática que descansaba sobre el asiento del copiloto, abrió la puerta a la fuerza y lo redujo contra el suelo colocándole una rodilla sobre los omóplatos y asegurando sus muñecas con bridas de polímero de alta resistencia.

Ainara bajó del coche policial con las piernas temblando por la descarga de adrenalina, pero con la mirada fija en el objetivo que justificaba todo aquel despliegue de violencia.

Caminó hacia la parte trasera del Land Cruiser siniestrado.

El portón del maletero, deformado por el impacto contra el pretil de hormigón, estaba encajado.

Ainara apoyó las dos manos enguantadas sobre la manilla metálica y tiró con todas sus fuerzas hasta que el cierre cedió con un chasquido agónico de goznes retorcidos.

En el interior del maletero, asegurado entre dos cinchas elásticas de carga junto a botellas de oxígeno de buceo y herramientas de precisión, descansaba un maletín rígido de transporte de color negro mate: un contenedor estanco de resina de impacto y sellos de neopreno herméticos de la marca Pelican, provisto de válvulas automáticas de purga de presión y cerraduras de seguridad de doble pestillo.

Ainara desabrochó las cinchas con dedos febriles. Tiró de los dos pasadores de la maleta y levantó la pesada tapa de polímero.

En el interior, encajados en una matriz de espuma técnica de alta densidad cortada con láser a la medida exacta de cada compartimento, se hallaban los tesoros arrebatados al laboratorio del Real Seminario de Bergara.

En la bandeja superior reposaban los cinco cuadernos de laboratorio manuscritos de Xabier Beloki.

Sus cubiertas de tela negra presentaban los lomos gastados por miles de horas de consulta en el taller.

Ainara abrió con reverencia el primer volumen: sobre el papel cuadriculado amarilleado por el tiempo, trazadas con una caligrafía meticulosa y firme con tinta azul, figuraban las fórmulas químicas, las proporciones molares del óxido de wolframio y las nanopartículas de grafeno, las tablas de difracción de rayos X y, al pie de cada página, la firma inconfundible de Beloki junto a la fecha y el sello oficial de Fagor Ederlan.

Y en la bandeja inferior, reluciendo con un brillo metálico gris ceniza, denso y frío como el corazón de un meteorito, descansaban las seis probetas cilíndricas de ensayo mecánico: los testigos físicos de la aleación sinterizada definitiva, con sus caras pulidas a espejo y sus números de serie grabados por micropercusión láser.

Ainara dejó escapar una larga exhalación contenida, sintiendo cómo las lágrimas de tensión y alivio se mezclaban con el agua de lluvia que le resbalaba por las mejillas.

Mathieu se acercó hasta situarse a su lado, con el rostro salpicado de barro y la respiración todavía acelerada por el tiroteo. Contempló el contenido del maletín y luego alzó la mirada hacia Ainara, rozándole el hombro con un gesto de complicidad infinita.

—La patente está viva, Ainara —susurró Mathieu con la voz quebrada por la emoción—. Los cuadernos están intactos. Beloki no murió en vano.

Ainara cerró despacio la tapa del maletín, asegurando los dos pestillos hasta escuchar el chasquido sordo del cierre hermético, y apoyó ambas manos sobre la resina negra como si custodiara el destino entero del valle.

—Y ahora —dijo la fiscal con una serenidad implacable mientras las sirenas de las ambulancias comenzaban a aullar en la lejanía del puerto—, vamos a averiguar quién les abrió la puerta desde dentro.

♦ ♦ ♦

Las primeras luces del alba despuntaban con un resplandor lechoso y gélido sobre los tejados de pizarra del barrio de San Antonio cuando el convoy policial regresó al casco urbano de Bergara.

El temporal de viento y agua había amainado al filo de las cinco de la madrugada, dejando tras de sí un silencio sobrecogedor en el que solo resonaba el rumor continuo del río Deba, cuyas aguas bajaban densas y turbulentas entre los pilares de los puentes.

En la sala de reuniones de la comisaría de la Ertzaintza en la calle Bidekurutzeta, la mesa central de madera laminada se había transformado en un altar de preservación forense.

Bajo la supervisión directa de Ainara Zubiaga y del inspector jefe Gorka Atxaga, el suboficial de la Policía Científica completó el acta formal de aseguramiento de la cadena de custodia conforme a los protocolos de la norma ISO 17020 y el artículo trescientos treinta y cuatro de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

Sobre el tapete de examen reposaba el maletín ignífugo negro.

A su lado, precintadas en bolsas termoselladas con precinto de seguridad holográfico inviolable, descansaban las seis probetas cilíndricas de wolframio-titanio-grafeno y los cinco cuadernos de laboratorio de Xabier Beloki.

Ainara estampó su firma y rúbrica en cada una de las etiquetas de evidencia judicial, sintiendo cómo la tensión acumulada en las últimas veinticuatro horas comenzaba a disiparse en una serena certeza profesional.

Las pruebas físicas de la autoría intelectual de la patente estaban a salvo bajo custodia de la fiscalía; el intento de Múnich de arrebatar la invención al valle acababa de sufrir un golpe letal.

A escasos metros, sentado frente a una estación de trabajo informática donde un perito de la unidad de delitos tecnológicos volcaba la memoria de los dispositivos intervenidos mediante un bloqueador de escritura físico Tableau, Mathieu Etcheverry examinaba los datos extraídos del terminal satelital del conductor capturado en el viaducto de Antzuola.