La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 5 — El wolframio de Bergara #4
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CAPÍTULO 5 — El wolframio de Bergara #4

Mathieu abrió una segunda ventana en su terminal satelital, conectando con la plataforma FIU.NET de intercambio de inteligencia financiera entre las unidades de blanqueo de capitales de la Unión Europea.

Sus dedos introdujeron el identificador fiscal de Vandamme Metals y el código IBAN de la cuenta de depósito fiduciario del bufete ginebrino von Graffenried .

En cuestión de segundos, los nodos analíticos de Europol trazaron el mapa de transferencias internacionales asociadas al registro.

Tres horas antes de que se presentara la solicitud en Múnich, una orden de transferencia bancaria urgente por importe de cuatro millones ochocientos mil euros en concepto de provisión de fondos y tasas internacionales de examen acelerado había sido transferida a la cuenta del bufete suizo desde una entidad bancaria de Nicosia: Falcon Private Wealth Ltd. .

Y la entidad matriz que respaldaba el depósito en Chipre, según el registro fiduciario revelado por la base de datos de la OLAF, era Horizon Trust , el vehículo financiero radicado en el Centro Financiero Internacional de Dubái (DIFC) propiedad de Viktor Sorokin.

—Toda la operación formaba parte de una maniobra de bandera falsa sincronizada con precisión militar —explicó Mathieu, mostrando el gráfico financiero a Ainara—.

Sorokin y sus operadores en Europa sabían que si compraban la patente a través de una oferta mercantil ordinaria, el Consejo Rector de Mondragón y la asamblea de socios la rechazarían por motivos de soberanía estratégica.

Por eso diseñaron este asalto en tres tiempos: primero, asfixiar a los talleres auxiliares del Deba comprando sus pagarés con descuento en el MARF para forzar la quiebra de la cooperativa; segundo, extraer las claves digitales del servidor de Ikerlan torturando a Beloki en Eskoriatza para registrar la patente en Múnich a nombre de una cáscara luxemburguesa; y tercero...

Mathieu se detuvo, clavando sus ojos grises en Ainara.

—¿Y el tercer tiempo? —preguntó la fiscal con un nudo en la garganta.

—El tercer tiempo es el saqueo físico que acaban de perpetrar en este seminario —sentenció Mathieu—.

Necesitaban vaciar la caja fuerte de Beloki.

No solo para disponer de las probetas físicas y presentarlas ante los peritos de Múnich como prueba de que ellos dominan el proceso metalúrgico, sino para arrebatarle a Fagor Ederlan la única prueba documental y física con la que la fiscalía podría tumbar su registro fraudulento.

Si los cuadernos de Beloki desaparecen o son destruidos en una chimenea al otro lado de la frontera, Fagor Ederlan no tendrá forma humana de demostrar ante los jueces de Múnich que la patente les pertenecía.

La cooperativa quedará indefensa, condenada a un litigio civil que durará diez años en los tribunales de Ginebra mientras Atalante y Vandamme licencian la tecnología a los consorcios de defensa alemanes.

Ainara dio un paso hacia el vehículo policial, con la determinación brillando en su mirada como una hoja de acero templado.

—No vamos a permitir que ese maletín cruce la frontera —dijo la fiscal con una firmeza que resonó bajo las bóvedas de piedra—.

El mensaje del teléfono interceptado fijaba las dos de la tarde para el punto de encuentro en la muga.

Llevan quince minutos subiendo hacia el puerto de Deskarga.

En esas curvas con este aguacero no pueden superar los sesenta kilómetros por hora sin despeñarse por los terraplenes.

Gorka cerró de un golpe la puerta del todoterreno y arrancó el motor diésel, que bramó en la penumbra del callejón.

—Tengo dos patrullas en la salida de Antzuola —dijo el inspector jefe por la ventanilla bajada—. Si cerramos la boca sur del puerto y subimos con todo lo que tenemos, los cazamos antes del alto de Deskarga.

Mathieu cerró de golpe la tapa del maletín estanco, se colgó la correa al hombro y subió de un salto al asiento del copiloto, mientras Ainara ocupaba la parte trasera asegurando su cinturón de seguridad.

El todoterreno salió del callejón de San Pedro derrapando sobre los cantos rodados, encaró la travesía urbana de Bergara y enfiló la carretera GI-2632 hacia las curvas de la sierra, mientras el rumor sordo de los truenos sobre el monte Udalatx anunciaba que la batalla por el wolframio había entrado en su fase más sangrienta.

♦ ♦ ♦

El todoterreno de la Ertzaintza remontaba la carretera comarcal GI-2632 con las luces antiniebla rasgando una penumbra casi nocturna que se había desplomado sobre las faldas de la sierra.

El temporal, encajonado en el desfiladero de Antzuola, azotaba los flancos del vehículo con rachas de viento cruzado que hacían crujir los montantes de las ventanillas.

A ambos lados de la calzada, los taludes de roca caliza rezumaban torrentes de agua arcillosa que desbordaban las cunetas y convertían el asfalto en una pista deslizante.

Ainara Zubiaga se aferraba con ambas manos al asidero del techo y al respaldo del asiento delantero, sintiendo la inercia centrífuga de cada viraje en los músculos del cuello.

Delante de ellos, a menos de cien metros de distancia pero difuminados por la densa niebla orográfica que se estancaba entre los hayedos del puerto de Deskarga, dos patrullas uniformadas de la comisaría de San Antonio abrían la comitiva con las sirenas enmudecidas y los rotativos azules encendidos, tiñendo de destellos eléctricos los troncos mojados y los quitamiedos de acero.

La emisora policial crepitó con la voz entrecortada del conductor del coche guía:

— «¡Atención, Unidad Uno! Tenemos contacto visual en el kilómetro cuatro, a la salida de la curva del caserío Bidekoetxe.

Es un Toyota Land Cruiser negro con matrícula francesa del departamento sesenta y cuatro, probablemente doblada, y una motocicleta pesada tipo trail actuando de descubierta por delante.

Circulan a más de noventa por hora en subida invadiendo el carril contrario. ¡Iniciamos maniobra de aproximación!»

—¡Mantengan la distancia de seguridad hasta la recta del viaducto! —bramó Gorka Atxaga por el micrófono del salpicadero, pisando el acelerador para pegar su morro a la zaga de los coches patrulla—. ¡Esa gente va armada con equipo militar! ¡No se emparejen en las curvas ciegas!

Pero la advertencia del inspector jefe llegó tarde.

Al superar una cerrada curva de herradura trazada sobre un terraplén de más de treinta metros de caída vertical, la carretera se ensanchaba ligeramente en un tramo recto flanqueado por muros de hormigón.

La patrulla de cabeza aceleró para cerrar el paso al todoterreno fugitivo, cuyo piloto trasero parpadeó con una violenta frenada.

Ainara vio con espanto cómo la portezuela trasera izquierda del Land Cruiser se abría unos centímetros. Desde el hueco, un brazo enfundado en un guante negro de cordura arrojó al asfalto dos sacos de lona basta que se abrieron al rebotar contra el pavimento.

De su interior se desparramaron centenares de abrojos de acero templado: artefactos tetraédricos de cuatro puntas afiladas de diez centímetros de envergadura, diseñados para que una de sus púas permanezca siempre orientada hacia arriba con independencia de cómo caigan sobre el suelo.

El estrépito fue inmediato y demoledor. Los dos neumáticos delanteros de la primera patrulla reventaron al unísono con un estampido que sonó como un cañonazo en mitad del valle.

La llanta delantera derecha se clavó en el asfalto despidiendo una lluvia de chispas incandescentes; el vehículo policial perdió el control por completo, cruzándose de lado sobre la calzada y estrellándose de costado contra el talud de roca caliza, donde quedó empotrado entre una nube de vapor blanco y restos de carrocería.

El segundo coche patrulla logró esquivar por milímetros al vehículo siniestrado clavando los frenos en el arcén, pero varios abrojos perforaron sus ruedas traseras, dejándolo inmovilizado en mitad de la vía con las luces de emergencia parpadeando.

Gorka reaccionó con el instinto de un piloto de pruebas forjado en los inviernos del interior guipuzcoano.

Con un golpe seco de volante, lanzó el todoterreno camuflado hacia la cuneta de grava del lado izquierdo, superando el tapón de los coches dañados mientras los bajos del chasis raspaban con violencia metálica contra los bordillos de desagüe.

—¡Agárrense! —gritó el inspector jefe, devolviendo el coche al centro de la calzada mientras las cuatro ruedas motrices traccionaban de nuevo sobre el asfalto libre de clavos.

Delante de ellos, a menos de cincuenta metros, el Land Cruiser negro aceleraba hacia las rampas superiores del puerto de Deskarga, donde la carretera comarcal se aproximaba al viaducto de Antzuola, una estructura de hormigón pretensado que salvaba una profunda vaguada forestal antes de coronar el collado hacia Zumarraga.

La motocicleta de apoyo se colocó inmediatamente a su zaga, intentando cruzarse en zigzag para taponar la trayectoria del coche policial.

Mathieu bajó la ventanilla del copiloto cuatro dedos.

El aire gélido y las gotas de lluvia azotaron el interior del habitáculo como metralla.

El inspector de la OLAF empuñó su pistola semiautomática con ambas manos, apoyando los antebrazos en el marco acolchado de la puerta para amortiguar las sacudidas del firme.

—Gorka, sácame al motorista de la línea de tiro —dijo Mathieu con una frialdad glacial—. Está buscando que frenemos para ganar tiempo hasta el cambio de rasante.

Gorka no respondió con palabras. Redujo a tercera, aprovechó el peralte favorable de una curva a izquierdas y embistió con la aleta delantera derecha la maleta lateral de aluminio de la motocicleta.