CAPÍTULO 5 — El wolframio de Bergara #3
—Empiecen por la lanza térmica y los restos de varilla —ordenó Ainara con tono autoritario, asumiendo el mando directo de la inspección ocular conforme a las facultades que le confería el artículo setecientos setenta y tres de la Ley de Enjuiciamiento Criminal—.
Quiero fijación fotográfica milimétrica de todas las escorias, raspados de los residuos de fundente y análisis espectrográfico inmediato de las botellas de gas si las han dejado abandonadas en las inmediaciones.
Esos cuadernos y esas probetas son piezas de convicción esenciales para un sumario de asesinato y espionaje industrial.
Mathieu, que había comenzado a inspeccionar metódicamente el perímetro de las mesas de madera perimetrales con la linterna rasante, se detuvo junto a una antigua bancada de piedra donde los hermanos Elhuyar trituraban la volframita con morteros de hierro fundido.
—Ainara, Gorka... acercaos aquí despacio —llamó Mathieu en un susurro cargado de electricidad.
Ainara y el inspector jefe se aproximaron con cuidado, evitando pisar el polvo blanco del suelo.
Detrás del pedestal de piedra de uno de los morteros históricos, semicubierto por un montón de virutas de madera y cascotes desprendidos del techo por la vibración de la lanza térmica, brillaba un objeto rectangular de plástico negro y bordes engomados.
Gorka extrajo de su chaleco unas pinzas metálicas esterilizadas y una bolsa de polietileno transparente para evidencias judiciales. Se inclinó, apartó las astillas con extrema delicadeza y levantó el objeto.
Era un teléfono móvil de bajo coste, un terminal desechable de prepago, con la carcasa rugerizada para soportar impactos y una tarjeta SIM sin registro de identidad nominal.
La pantalla de cristal líquido estaba encendida, iluminada con una débil luz azulada que proyectaba sobre el plástico de la bolsa judicial la interfaz de una aplicación de mensajería satelital cifrada.
—Se le ha caído a uno de los asaltantes al guardar las probetas en el petate —señaló Mathieu con los ojos encendidos por la adrenalina del rastreador—. Se les ha caído con las prisas de la fuga.
Ainara se inclinó sobre la bolsa transparente. En la pantalla, configurada en idioma francés con codificación horaria UTC, se leía el último mensaje entrante recibido hacía apenas catorce minutos, exactamente a las doce y treinta y dos:
«Extraction confirmée. Paquet sécurisé (5 carnets + 6 éprouvettes). Véhicule opérationnel en route vers le nord. Montée par GI-2632 col de Deskarga vers Zumarraga. Rejoindre point muga 3 avant 14h00. Détruire terminaux après passage.»
Ainara consultó de reojo la esfera plateada del Certina DS de su padre, cuyo segundero de acero avanzaba con paciente regularidad en su muñeca izquierda: eran las doce y cuarenta y siete.
—Llevan quince minutos de ventaja —dijo Ainara, y su voz sonó tan afilada como un bisturí forense—.
El paquete está en ese vehículo. No han salido hacia la autopista porque saben que las cámaras de peaje de la AP-1 fotografían las matrículas en los arcos de lectura automática.
Van a cruzar la sierra por el puerto de Deskarga para enlazar con la autovía del Goierri y buscar una pista secundaria hacia la muga de Navarra o Iparralde.
—El puerto de Deskarga tiene siete kilómetros de curvas de herradura y una niebla cerrada que no deja ver a diez metros con este temporal —terció Gorka, guardando la bolsa con el teléfono en su bolsillo interior y desenfundando de nuevo su arma con gesto implacable—.
Si los alcanzamos antes del túnel de Zumarraga, no tendrán escapatoria entre las paredes de roca.
—No podemos perder un solo segundo —concluyó Mathieu, volviéndose hacia la salida subterránea—.
Si ese convoy cruza la frontera con los cuadernos originales y las probetas, la patente de Beloki estará perdida para siempre y el asesinato de Eskoriatza quedará sepultado bajo el derecho mercantil internacional.
♦ ♦ ♦
Antes de abandonar el recinto claustral del Real Seminario, Mathieu Etcheverry se detuvo bajo las arcadas neoclásicas del patio norte, donde el alero de sillería ofrecía un refugio precario frente a la cortina de agua que azotaba el enlosado.
Apoyó su maletín técnico sobre el pretil de piedra de un antiguo pozo de agua de lluvia, introdujo la combinación numérica de seis dígitos y levantó la tapa estanca de fibra de carbono.
En el interior descansaba su terminal portátil blindado: un ordenador rugerizado con carcasa de magnesio, teclado estanco retroiluminado en ámbar y un módem satelital de alta velocidad conectado a la constelación orbital Iridium.
Introdujo su tarjeta inteligente de servicio diplomático en la ranura lateral y apoyó el pulgar sobre el lector biométrico.
Una serie de comandos criptográficos en Linux desfilaron a toda velocidad por la pantalla en negro antes de establecer el túnel seguro VPN con los servidores centrales de la OLAF en la capital comunitaria y la unidad de enlace de Eurojust en La Haya.
Un pitido agudo y discontinuo rasgó el aire húmedo.
En el ángulo superior derecho del monitor parpadeó un icono rojo de notificación prioritaria de categoría Alfa: una alerta telemática de interceptación emitida por la base de datos central de la Oficina Europea de Patentes (EPO), con sede central en la plaza Bob-van-Benthem de Múnich.
Mathieu contuvo el aliento mientras sus dedos se movían con rapidez sobre el teclado para abrir el expediente transmitido por el enlace de enlace policial europeo.
—Ainara, Gorka... mirad esto —llamó Mathieu con un tono cuya gravedad hizo que la fiscal y el inspector jefe se detuvieran de inmediato a su lado.
En la pantalla del terminal se desplegaba la carátula oficial de una solicitud prioritaria de patente internacional tramitada al amparo del Tratado de Cooperación en Materia de Patentes (PCT).
El registro telemático había sido sellado hacía exactamente veintiocho minutos, a las doce y veintidós del mediodía, en la oficina receptora de la EPO en Múnich.
La mercantil solicitante no era una entidad académica ni un fabricante automotriz de renombre.
Figuraba como titular única la sociedad Vandamme Metals S.A.
, con domicilio social en el bulevar Royal de Luxemburgo, actuando a través de un prestigioso despacho internacional de propiedad industrial radicado en la plaza de la Sinagoga de Ginebra: Cabinet d'Avocats era la preparación documental de esta solicitud.
—El principio de prioridad internacional...
—susurró Ainara, con la mente jurídica procesando a velocidad de vértigo las consecuencias procesales del registro—.
El artículo cuatro del Convenio de París de 1883 y el artículo ochenta y siete del Convenio sobre la Patente Europea.
El sistema de patentes de Múnich no opera bajo el principio de quién fue el inventor real en el laboratorio, sino bajo el axioma del first to file : el primero que deposita una solicitud válida ante la oficina adquiere la prioridad registral mundial durante doce meses en los ciento cincuenta y siete países firmantes del tratado.
—Exactamente —corroboró Mathieu con amargura—.
Desde las doce y veintidós de hoy, a efectos de la legislación internacional, la propietaria provisional de la aleación de wolframio de Bergara es Vandamme Metals .
A partir de este momento, cualquier intento de Fagor Ederlan o de la Corporación Mondragón por registrar o comercializar sus propias piezas será bloqueado en las aduanas europeas mediante medidas cautelares por presunta infracción de propiedad industrial.
Gorka apretó los puños, maldiciendo por lo bajo mientras la lluvia arreciaba sobre el tejado claustral.
—Pero esa patente es un fraude monumental —bramó el policía guipuzcoano—.
La desarrollaron aquí, en los hornos de este seminario y en los talleres de Mondragón.
Beloki se dejó la vida en esas fórmulas.
¿Es que la ley de patentes permite que unos piratas de Ginebra asesinen a un hombre, le roben el ordenador y se queden con el invento en media hora de papeleo telemático?
—La ley exige pruebas materiales, Gorka —respondió Ainara con voz sombría y lúcida—.
Para impugnar una solicitud fraudulenta ante la sala de recursos de la EPO en Múnich e incoar una acción reivindicatoria de titularidad conforme al artículo sesenta del Convenio Europeo de Patentes, la carga de la prueba recae íntegramente sobre el despojado.
Hay que demostrar ante los tribunales mercantiles que la invención fue concebida con anterioridad por Beloki.
¿Y cómo se prueba eso en derecho industrial?
Únicamente mediante los cuadernos de laboratorio manuscritos originales, debidamente foliados, fechados y firmados día a día ante testigos técnicos, y mediante las probetas físicas sinterizadas que demuestran la reducción a la práctica del material.