CAPÍTULO 5 — El wolframio de Bergara #2
Ainara abrió la puerta trasera sin hacer ruido.
El aire gélido de la calle, impregnado de olor a piedra empapada, musgo centenario y humo de leña de encina de las chimeneas del casco urbano, penetró en el coche como una cuchilla.
La fiscal ajustó el cuello de su abrigo de paño oscuro, se calzó también unos guantes de nitrilo y asintió a sus dos acompañantes.
Los tres descendieron del todoterreno y se pegaron a los muros de mampostería del callejón, avanzando en fila india bajo el alero protector de los tejados.
El agua caía en cascadas desde los canalones de plomo, salpicando el asfalto a su paso.
Al doblar la esquina que conducía hacia el patio posterior del Real Seminario, Mathieu se detuvo en seco y alzó el brazo izquierdo para frenar a Ainara y a Gorka.
A menos de diez metros, encajada en el arco de medio punto que daba acceso a las escaleras de los sótanos, la pesada cancela de hierro forjado del siglo dieciocho colgaba abierta hacia afuera.
La cadena de acero templado que aseguraba el pestillo yacía en el suelo, seccionada limpiamente con una cizalla hidráulica de alta presión.
Y desde el vano oscuro de la escalera subterránea, desafiando el frío y la humedad de la lluvia, subía una bocanada de aire caliente y acre, cargada de un olor inconfundible y siniestro: metal calcinado a miles de grados, vapores de fundente de borax y el siseo residual de un conducto de gas a presión enfriándose en la penumbra.
♦ ♦ ♦
El tramo subterráneo de la escalera de caracol descendía hacia las entrañas del Real Seminario entre sillares de caliza del siglo dieciocho impregnados de una humedad pegajosa y fría.
Ainara Zubiaga apoyó los dedos enguantados en la barandilla de forja, sintiendo en la piel el contraste brutal entre la corriente de aire invernal que bajaba desde el patio y la atmósfera densa, sulfurosa y recalentada que ascendía desde los sótanos.
Gorka Atxaga encabezaba la marcha con el arma empuñada a la altura del pecho, apuntando hacia abajo en guardia baja.
Mathieu bajaba inmediatamente detrás de él, con la linterna táctica de su móvil proyectando un haz blanco y estrecho que recortaba las aristas de los peldaños de piedra desgastados por siglos de pasos monásticos y científicos.
Ainara cerraba la hilera, atenta a cualquier eco o movimiento bajo las bóvedas de crucería.
Al alcanzar el rellano inferior, un corredor abovedado de unos treinta metros de longitud se abría hacia el ala norte subterránea.
El suelo, formado por grandes losas irregulares de arenisca, estaba cubierto por una fina película de polvo blanco y ceniza grisácea que delataba un tránsito reciente.
A mitad de la galería, una cancela acristalada moderna que servía de esclusa de climatización yacía destrozada: la cerradura electromagnética había sido forzada mediante un gato hidráulico portátil cuyos apoyos habían dejado dos hendiduras limpias en el marco de acero inoxidable.
Pero lo que detuvo el paso de los tres investigadores no fue la esclusa de cristal, sino el espectáculo dantesco que presidía el acceso al laboratorio histórico de los hermanos Elhuyar.
La puerta de seguridad de alta resistencia, un blindaje multicapa de acero templado y paneles de manganeso de setenta milímetros de espesor instalada por Fagor Ederlan para proteger el archivo técnico de Beloki, ya no existía como elemento de cierre.
Había sido reventada mediante una lanza térmica de oxicorte de uso industrial.
Los bordes del acero balístico aparecían fundidos, plegados hacia el interior como cera derretida por un soplete colosal, con regueros de escoria negra y gotas de metal solidificado que formaban estalactitas vidriosas a lo largo del corte.
El dintel de piedra caliza que coronaba el vano presentaba una fisura térmica profunda y una costra negruzca producida por una temperatura que había superado con holgura los tres mil quinientos grados centígrados.
—Dios todopoderoso... —masculló Gorka con la mandíbula tensa, barriendo la estancia con el cañón de su arma antes de bajar el percutor al comprobar que no había nadie en el interior—.
Una lanza térmica con varillas de magnesio y aluminio presurizadas con oxígeno puro.
Han cortado setenta milímetros de acero balístico en menos de tres minutos como si fuera mantequilla rancia.
Mathieu se arrodilló junto al umbral sin tocar nada, iluminando el suelo con el haz de su linterna.
En las losas de piedra yacían los restos de dos varillas huecas de acero dulce de tres metros de longitud, parcialmente consumidas por la combustión exotérmica, junto a una boquilla de latón carbonizada y charcos de fundente cerámico a base de bórax y óxido de hierro.
—Es equipo de demolición submarina o de asalto militar —dijo Mathieu con una calma quirúrgica que no lograba disimular la furia que hervía en su voz—.
Para operar una lanza de este calibre se requieren dos operarios coordinados: uno que maneje la empuñadura con pantalla facial de protección y guantes de amianto, y otro que regule la botella de oxígeno comprimido a quince bares de presión.
No son ladrones de cobre ni aficionados del valle.
Sabían exactamente el grosor del blindaje y vinieron preparados con la carga estequiométrica precisa para no hacer saltar los detectores sísmicos del edificio por explosión.
Ainara cruzó el umbral calcinado con el estómago encogido.
El aire en el interior del laboratorio era irrespirable: una mezcla sofocante de ozono residual, pintura epoxi quemada, vapores de aceite de vacío y polvo refractario.
Iluminó la estancia con la linterna de su teléfono, sintiendo una punzada de dolor físico al contemplar el sanctasanctórum de la metalurgia vasca reducido a un campo de saqueo.
El laboratorio era una nave abovedada de planta rectangular, con muros de sillería de más de un metro de espesor donde todavía se conservaban las hornacinas de piedra donde Juan José y Fausto Elhuyar habían colocado sus crisoles de arcilla de Hessian en el otoño de 1783.
En el centro de la sala, conviviendo con las mesas históricas de madera de roble, se alzaba el equipo moderno de Fagor Ederlan y Mondragon Unibertsitatea: una prensa isostática en caliente (HIP), un espectrómetro de fluorescencia de rayos X y un horno de sinterizado por chispa de plasma conectado a una red de gas argón.
Todo el instrumental analítico permanecía intacto. Los monitores mostraban las pantallas en reposo con el logotipo del grupo cooperativo. Los asaltantes no habían tocado los ordenadores comerciales ni las costosas bombas de vacío de titanio. Su objetivo había sido uno y solo uno.
En el testero norte de la sala, encastrada en un nicho practicado en el muro de mampostería, la caja fuerte ignífuga de Grado V (UNE-EN 1143-1), diseñada para resistir cuatro horas de fuego continuo y ataques con muela de diamante, mostraba su puerta blindada abierta de par en par.
La cerradura de combinación electrónica había sido perforada con una corona de carburo de tungsteno y el pestillo triple descerrajado con una palanca hidráulica de pata de cabra.
Ainara se acercó a la caja fuerte con paso vacilante, manteniendo los brazos pegados al cuerpo para no alterar la escena.
El interior de la caja estaba completamente vacío.
Las tres bandejas de terciopelo verde donde Beloki custodiaba los tesoros de su investigación habían sido despojadas con frialdad matemática.
Habían desaparecido los cinco cuadernos de laboratorio manuscritos, de tapas de tela negra y papel cuadriculado foliado a mano, donde el ingeniero fallecido había anotado durante cuatro años las proporciones estequiométricas exactas, las temperaturas de calcinación, los gradientes de sinterizado y los ensayos cristalográficos de la aleación wolframio-titanio-grafeno.
Y habían desaparecido también las seis probetas cilíndricas de ensayo mecánico: pequeños lingotes pulidos a espejo, de apenas quince centímetros de longitud y tres de diámetro, elaborados con la mezcla sinterizada definitiva que acreditaban físicamente la invención ante los inspectores de la Oficina Europea de Patentes.
—Se lo han llevado todo —susurró Ainara con la voz teñida de una rabia helada—. Los cuadernos originales, los testigos de probeta y las memorias criptográficas locales. Han dejado el laboratorio intacto y han arrancado el cerebro de la patente.
Gorka se acercó a la caja fuerte, examinando las huellas térmicas en los goznes.
—El forense de la fundición tenía razón —dijo el inspector jefe—.
A Beloki lo golpearon en Eskoriatza para arrancarle las contraseñas de red de la universidad y saber dónde escondía el archivo físico.
En cuanto el pobre hombre les dio la ubicación de esta caja fuerte, lo arrojaron al crisol para que no pudiera alertarnos antes de que ellos ejecutaran la extracción.
El sonido de pasos apresurados y el crujido de maletines sobre el enlosado de la galería anunció la llegada de la dotación de Policía Científica de la Ertzaintza.
Dos agentes uniformados con monos blancos integrales de polipropileno, calzas de plástico y mascarillas FFP3 entraron en el laboratorio portando maletines con fuentes de luz forense ultravioleta, polvos dactiloscópicos de base magnética y cámaras fotográficas con testigos métricos adhesivos.
—Señora fiscal, inspector jefe —saludó el suboficial al frente del equipo científico, deteniéndose en el umbral para no contaminar la entrada—.
Acabamos de asegurar el perímetro exterior.
La cancela de los jardines tiene marcas frescas de neumáticos de motocicleta de gran cilindrada y rodaduras de un todoterreno pesado con dibujo de taco mixto.