CAPÍTULO 5 — El wolframio de Bergara
Al volante, el inspector jefe Gorka Atxaga conducía con una concentración pétrea.
Sus manos grandes y curtidas, con los nudillos blanqueados por la tensión de la maniobra, corregían con milimétrica precisión los latigazos que el agua acumulada imprimía a los neumáticos en cada curva cerrada.
En el asiento posterior, Ainara Zubiaga mantenía la espalda erguida, con la vista fija en la carretera y los labios apretados en una línea implacable.
En su regazo reposaba la carpeta de cuero con las diligencias incoadas de urgencia tras la inspección técnica en el campus de Mondragon Unibertsitatea.
Nadie hablaba en el habitáculo. El único sonido era el zumbido bronco del motor diésel, el chasquido incesante del sirimiri estrellándose contra la chapa y el crepitar amortiguado de la emisora policial encriptada, que emitía periódicos tonos de control sin registrar incidencias en la demarcación de Bergara.
Mathieu apoyó la palma de la mano contra el asidero del montante delantero.
La fatiga del vuelo desde Bruselas y las horas acumuladas de cotejo de balances mercantiles se habían evaporado, sustituidas por esa vigilia fría y punzante que precedía a las intervenciones de alto riesgo.
El cuadro de instrumentos digital marcaba las doce y cuarenta y cinco minutos del mediodía, aunque el cielo, encapotado por una masa homogénea de nimbostratos que borraba las cumbres de los montes vecinos, proyectaba sobre el valle una penumbra prematura, más propia del ocaso de noviembre que de la mitad del día.
—Estamos entrando en el término municipal —anunció Gorka, reduciendo una marcha al divisar las primeras señales luminosas de la variante sur—.
El Real Seminario queda en el corazón del casco viejo, entre la calle San Pedro y la plaza San Martín de Aguirre.
Si los asaltantes conocen la distribución de los sótanos, habrán entrado por la cancela de carga del callejón posterior, la que comunica con los antiguos jardines botánicos.
Es el único punto ciego para las cámaras de seguridad del ayuntamiento.
Mathieu asintió despacio, volviendo la cabeza hacia el asiento trasero para cruzar una mirada con la fiscal.
Los ojos oscuros de Ainara reflejaban una determinación acerada, pero también esa sombra de inquietud moral que la acompañaba desde la madrugada en Eskoriatza.
Para ella, aquella investigación no consistía únicamente en desmontar una trama transfronteriza de fraude y homicidio; era la defensa encarnizada de una comunidad industrial que veía cómo la codicia del capital apátrida amenazaba con arrancar de cuajo su soberanía productiva.
—¿Cuánto tiempo tardarán las patrullas de apoyo? —preguntó Mathieu, volviéndose hacia el inspector jefe.
—Tres minutos para la unidad de seguridad ciudadana de la comisaría de San Antonio —respondió Gorka sin apartar los ojos de la calzada—.
Les he ordenado que se posicionen a cincuenta metros de las dos salidas del callejón sin encender rotativos ni sirenas.
Si los asaltantes están todavía dentro, no quiero que los espantemos hacia el laberinto de callejuelas medievales.
En este pueblo, si alguien se cuela por los soportales y los pasadizos de los palacios barrocos, hace falta una brigada entera para encontrarlo.
El vehículo abandonó la carretera comarcal y cruzó el puente de piedra sobre el río Deba, adentrándose en el trazado urbano de Bergara.
A ambos lados de la calzada adoquinada se alzaban las fachadas monumentales de casas solariegas y palacios nobiliarios de los siglos dieciséis y diecisiete, cuyas piedras de sillería arenisca, oscurecidas por siglos de humedad y hollín de fraguas, brillaban con reflejos de estaño bajo la lluvia incesante.
Mathieu contempló los aleros de madera tallada con figuras mitológicas y los escudos de armas nobiliarios que coronaban las esquinas del palacio Egino Mallea.
Para un inspector de la OLAF formado en el rigor administrativo de París y Bruselas, pero con raíces firmemente clavadas en el caserío de su abuelo en Ustaritz, aquel paisaje urbano respiraba una densidad histórica abrumadora.
Bergara no era una aglomeración fabril improvisada durante la revolución del carbón; era la capital intelectual de la Ilustración vasca, el crisol donde el espíritu científico europeo había fecundado la tenacidad secular del hierro forjado.
En aquel mismo entramado urbano, en el año 1764, el conde de Peñaflorida y los caballeros ilustrados del país habían fundado la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, la primera sociedad económica de amigos del país de la monarquía hispánica, con el lema fundacional Irurac bat inscrito en su frontispicio.
Y fue allí, en los laboratorios del Real Seminario Patriótico Vascongado, donde en 1783 los hermanos Juan José y Fausto Elhuyar lograron la hazaña científica de aislar por primera vez en la historia universal el wolframio en estado puro, reduciendo el ácido túngstico obtenido de la volframita procedente de las minas de Zinnwald mediante carbón vegetal a temperaturas extremas.
Aquel metal refractario de número atómico setenta y cuatro, de una densidad colosal y un punto de fusión inalcanzable para cualquier otro elemento de la tabla periódica, había nacido al conocimiento de la humanidad en los sótanos húmedos que ahora se disponían a asaltar.
Que doscientos cuarenta y tres años después, una red transnacional de especulación financiera y mercenarios industriales intentara apoderarse en ese mismo recinto de la fórmula que revolucionaría la propulsión aeronáutica por hidrógeno era una paradoja sangrienta que Mathieu sentía como un ultraje personal.
—Beloki no eligió este seminario por capricho ni por nostalgia romántica —dijo Ainara desde el asiento trasero, adivinando el curso de los pensamientos de Mathieu—.
Cuando la Corporación Mondragón y la universidad firmaron el convenio con la fundación municipal para rehabilitar los antiguos laboratorios de química de los Elhuyar, Beloki insistió en instalar allí el horno de sinterizado por plasma de alta temperatura.
Los muros de sillería tienen más de metro y medio de espesor de roca caliza maciza; proporcionan un aislamiento térmico y vibracional perfecto para los ensayos de cristalografía de alta resolución.
Además, la cámara subterránea cuenta con una red de tierras naturales que drena cualquier interferencia electromagnética de las subestaciones del valle.
—Y estaba fuera del radar de los auditores externos —añadió Mathieu, rememorando los registros de seguridad que Amets les había mostrado en Loramendi—.
Beloki sabía que las grandes consultoras y los fondos buitre rastrean las patentes vigilando los servidores corporativos y los pedidos de reactivos en los parques tecnológicos oficiales.
Ocultó las probetas físicas y los cuadernos de formulación en el corazón de la historia para que parecieran material de archivo patrimonial.
—El problema —intervino Gorka, girando el volante para encarar la calle San Pedro, una arteria empinada y angosta flanqueada por casonas blasonadas— es que los buitres no necesitaron rastrear ningún laboratorio. Les bastó con comprar a alguien que conocía las costumbres de Beloki al milímetro.
El todoterreno aminoró la marcha hasta deslizarse con un susurro de neumáticos sobre el pavimento de cantos rodados.
A la derecha, la mole severa y majestuosa de la parroquia de San Pedro de Bergaraveitia recortaba sus contrafuertes góticos contra el cielo plomizo.
Unos metros más adelante, cerrando la perspectiva de la plaza de San Martín de Aguirre, se erigía el monumental edificio del Real Seminario: un complejo claustral de tres plantas de piedra arenisca dorada, con balconadas de forja de hierro y una arquería neoclásica que presidía la antigua plaza mayor.
Frente a la fachada principal no había movimiento.
Las ventanas acristaladas de la planta noble, donde antaño se impartían las cátedras de física, química y mineralogía, permanecían cerradas tras visillos descoloridos.
Dos farolas fernandinas proyectaban una luz amarillenta y mortecina sobre los charcos que se formaban en el enlosado de la plaza.
Gorka detuvo el vehículo junto a un callejón sombrío, cubierto por un pasadizo volado que unía el Seminario con las dependencias del antiguo convento. Apagó el motor y los faros. La lluvia arreció en ese instante, repicando con furia contra el techo metálico.
—El callejón de carga está al final de esta travesía —susurró el inspector jefe, extrayendo de su chaqueta táctica su credencial policial y un par de guantes de nitrilo negro—.
Las patrullas ya han tomado posiciones en los dos extremos.
No hay vehículos estacionados en la calleja, pero los operarios del servicio de aguas han visto hace media hora una furgoneta de mantenimiento con rótulos falsificados salir hacia la carretera de Elgeta.
Mathieu deslizó la cremallera de su gabardina, comprobó que el maletín de seguridad quedara oculto bajo los asientos traseros y se calzó sus guantes de cuero ajustados.
Su mano descendió por instinto hacia el interior del abrigo, donde descansaba la funda con su arma reglamentaria y la acreditación comunitaria de Eurojust sellada en La Haya.
—Entraremos por la cancela de hierro de los jardines —ordenó Gorka en voz muy baja—.
La policía científica de Donostia viene de camino, pero no podemos esperar cuarenta minutos a que monten el laboratorio de campo.
Si han violentado el archivo, tenemos que saber con exactitud qué se han llevado antes de que crucen la muga.