CAPÍTULO 4 — La universidad del valle #6
—Pero no podían esperar a que el concurso se tramitara en los juzgados sin asegurarse de que nadie pudiera disputarles la prioridad del registro —añadió Ainara, con la mente procesal trabajando a máxima velocidad—. Amets, dijiste que el registro ante la Oficina Europea de Patentes era provisional.
—Sí —respondió Amets, frunciendo el ceño—.
La solicitud PCT se presentó con una memoria técnica preliminar para fijar la fecha de prioridad internacional bajo el Convenio de París.
Pero para completar la fase de examen de fondo y consolidar la concesión definitiva de la patente europea ante la sede de la EPO en Múnich, la legislación internacional exige el depósito formal de la memoria descriptiva íntegra: las tablas de formulación estequiométrica exacta, los gradientes térmicos de sinterizado por chispa de plasma, los códigos de control numérico de electroerosión y, por encima de todo, los cuadernos de laboratorio manuscritos originales firmados por Beloki que acreditan la autoría intelectual frente a reclamaciones de terceros.
—¿Dónde están custodiados esos archivos maestros digitales en este campus? —preguntó Mathieu de inmediato, con el instinto policial en máxima alerta.
—En el servidor central de alta seguridad de Ikerlan, en el búnker de datos de la planta menos tres —dijo Amets, girándose hacia el teclado—.
Los archivos digitales están encriptados con algoritmo AES de doscientos cincuenta y seis bits.
Para acceder a ellos se requieren dos certificados digitales independientes con firma criptográfica autorizada: el correspondiente a la dirección técnica de Ikerlan y el asignado a Xabier Beloki.
Amets abrió la consola de administración de red del servidor maestro para verificar la integridad de las carpetas de seguridad. Sus dedos se movieron con rapidez sobre las teclas, ejecutando una consulta de auditoría sobre los registros de eventos del sistema (syslog).
De pronto, los dedos de la ingeniera se congelaron sobre el teclado. El color abandonó su rostro con una rapidez espantosa, dejándola tan pálida que las pecas de su nariz destacaron como motas oscuras sobre una máscara de yeso.
—Amets, ¿qué ocurre? —inquirió Ainara, dando un paso hacia la pantalla.
—No puede ser... Dios mío, no puede ser —murmuró Amets con un hilo de voz que temblaba de pavor—. Miren el registro de accesos remotos a través de la pasarela VPN corporativa.
Mathieu y Ainara se inclinaron sobre el monitor.
En la pantalla de auditoría, resaltada por una línea de advertencia en color ámbar, figuraba una sesión de conexión remota establecida hacía exactamente treinta y seis horas: la madrugada del martes, a las dos y cuarenta y dos minutos de la mañana, apenas veinticuatro minutos después de que el autómata de la fundición de Eskoriatza fuera puenteado para encender el crisol número tres.
La sesión había sido autenticada válidamente utilizando el certificado digital personal y la clave de firma maestra de Xabier Beloki.
Durante los dieciocho minutos que duró la conexión, el usuario remoto había descargado la totalidad del repositorio confidencial de la patente: los modelos CAD tridimensionales de las toberas, las simulaciones de elementos finitos, las curvas de dilatación térmica y las formulaciones metalúrgicas del sinterizado de wolframio-grafeno.
—Le arrancaron las claves antes de arrojarlo al horno —dijo Mathieu con una frialdad gélida que heló la sangre de Ainara—.
La muesca en el cráneo que detectó el forense...
el golpe contundente en el muelle de carga de Eskoriatza.
Lo torturaron para que revelara las contraseñas de acceso al servidor de la universidad y, en cuanto completaron la descarga remota de los archivos digitales maestros, encendieron el acelerante pirotécnico para borrar el rastro del cuerpo.
Amets se cubrió la boca con ambas manos, reprimiendo un sollozo de horror mientras las lágrimas pugnaban por brotar de sus ojos.
—Tienen los archivos digitales... —gimió la joven ingeniera—. Tienen toda la memoria computacional del proyecto.
—Pero no tienen la patente todavía —cortó Ainara con voz tajante, apoyando una mano firme sobre el hombro de Amets para obligarla a centrarse en la realidad inmediata—.
Dijiste hace un momento que la Oficina Europea de Patentes en Múnich exige los cuadernos físicos de síntesis manuscritos y los testigos de probeta para validar la prioridad de invención bajo el principio first to file .
¿Dónde guardaba Beloki esos cuadernos originales, Amets? ¿Están en este edificio?
Amets alzó la cabeza despacio, mirando a la fiscal con los ojos desorbitados por una revelación aterradora.
—No están en Arrasate, fiscal —susurró Amets con el pulso desbocado—.
Beloki no se fiaba de los servidores de red ni de las cajas fuertes corporativas de la universidad; decía que Lakua y los consejeros de Lakua tenían demasiadas llaves maestras.
Llevaba cuatro años realizando los ensayos de choque térmico a alta temperatura en los antiguos hornos de mufla del laboratorio histórico de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, en los sótanos abovedados del Real Seminario de Bergara.
Allí fue donde los hermanos Elhuyar aislaron el wolframio por primera vez en la historia en 1783.
Beloki decía que aquel lugar tenía una protección sagrada...
Custodiaba los cinco cuadernos de campo manuscritos, las muestras de probeta certificadas y los registros espectrométricos originales en una caja fuerte ignífuga empotrada en el muro de sillería de los sótanos del Seminario.
Mathieu miró la hora en la pantalla de la consola: eran las doce y veinte del mediodía.
—Si los atacantes ya tienen la copia digital descargada desde la madrugada del martes —razonó Mathieu con una lucidez quirúrgica—, el siguiente paso ineludible para presentar el registro fraudulento a nombre de Vandamme Metals ante la oficina de Múnich es apoderarse físicamente de esos cuadernos y destruir cualquier prueba que demuestre que el invento pertenecía a Beloki y a la universidad.
Ainara sacó su teléfono móvil seguro y marcó de inmediato el número directo del inspector jefe Gorka Atxaga en la comisaría de la Ertzaintza.
—Gorka, moviliza dos patrullas de paisano y dirígete de inmediato al Real Seminario de Bergara —ordenó Ainara sin preámbulos, con la voz templada en el acero de su determinación procesal—.
El robo de la patente no ha terminado; van a por los cuadernos originales de Beloki en los sótanos históricos.
Mathieu y yo salimos hacia allí ahora mismo.
Ainara colgó el terminal, miró a Mathieu y asintió con un gesto seco y resuelto.
Dejando atrás las pantallas que mostraban la microestructura atómica del metal que prometía transformar el futuro de Europa, los dos investigadores salieron a la carrera hacia el exterior del campus, mientras sobre el valle encajonado del Deba la sirena de los turnos de forja volvía a rasgar la niebla como un clarín de guerra inminente.