La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 4 — La universidad del valle #3
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CAPÍTULO 4 — La universidad del valle #3

—Exacto. Pero la jugada es infinitamente más agresiva —puntualizó Mathieu, pasando a la segunda página del informe, donde se detallaban las tablas de liquidación de pagarés emitidos por el MARF—.

En las últimas tres semanas, Atalante Capital ha adquirido más de veintiocho millones de euros en pagarés corporativos emitidos por Fagor Ederlan y cooperativas auxiliares del valle.

Lo han hecho pagando descuentos de hasta el sesenta por ciento sobre el valor nominal a pequeños talleres de mecanizado y proveedores de utillaje que estaban al borde del ahogo financiero por el encarecimiento de la energía y los retrasos en los pagos de la automoción.

Han comprado deuda a precio de derribo y han concentrado más del setenta por ciento del pasivo circulante a corto plazo.

Si Fagor Ederlan no atiende los vencimientos que expiran el próximo martes, Atalante estará legitimada procesalmente para solicitar la declaración judicial de concurso forzoso de acreedores ante el Juzgado de lo Mercantil de Donostia.

Ainara apretó los labios, sintiendo cómo una punzada de cólera fría le tensaba los músculos del cuello.

—El Consejo Rector está en estado de shock —dijo ella, apoyando las manos en la barandilla mientras contemplaba el río enfurecido bajo la cristalera—.

Esta mañana me reuní con la dirección corporativa en el Paseo Arizmendiarrieta.

Intentan mantener la compostura de cara al exterior para no desatar una fuga de clientes en Alemania, pero la fractura interna es profunda y peligrosa.

El Consejo Rector, dominado por los gestores financieros, cree que todavía se puede negociar una refinanciación con la banca convencional o solicitar un crédito extraordinario de rescate a los fondos intercooperativos de la corporación.

Pero el Consejo Social... los representantes directos de los talleres, están al borde de la insurrección.

—¿Hablaste con la ingeniera que te entregó el pendrive? —preguntó Mathieu con interés inmediato.

—Amets Ibarra —asintió Ainara—. Una profesional brillante y valiente.

Me interceptó anoche en los pasillos de mecanizado de la sede central.

Beloki le confió la auditoría que estaba realizando sobre la chatarra secundaria que entraba en la fundición de Eskoriatza.

Descubrieron que las partidas suministradas por Helvetia Metals y Vandamme Metals estaban deliberadamente contaminadas con concentraciones anormales de fósforo y azufre.

Esas impurezas provocan la formación de esteadita intergranular, debilitando la estructura cristalina del hierro nodular y provocando microfisuras térmicas que solo se manifiestan cuando las piezas están montadas y sometidas a esfuerzo dinámico en carretera.

Si esas manguetas de dirección llegaban a las cadenas de montaje de BMW y Volkswagen, el fallo masivo en los vehículos habría provocado demandas de responsabilidad civil por cientos de millones de euros, la cancelación fulminante de los contratos de suministro y la quiebra técnica irreversible de la cooperativa.

Mathieu dejó escapar un silbido bajo y sombrío.

—Una pinza de estrangulamiento perfecta —concluyó el analista de la OLAF—.

Por un flanco envenenan la producción para arruinar la reputación comercial y forzar la anulación de contratos; por el otro, compran la deuda a precio de saldo en el mercado secundario para exigir la liquidación inmediata en cuanto salte el primer impago.

Es la doctrina clásica de los fondos buitre más depredadores de Wall Street, pero aplicada con la ferocidad y la falta de escrúpulos de la delincuencia organizada internacional.

—Pero hay algo más, Mathieu —añadió Ainara, volviéndose hacia él con expresión grave—.

Algo que no encaja en una simple operación de liquidación mercantil.

A Beloki no lo mataron solo para que no denunciara el fraude de la chatarra ante la asamblea general.

El jefe de compras que autorizaba las partidas, Imanol Zubizarreta, ya está cercado judicialmente; esta mañana firmé su orden de busca y captura con prohibición de salida del espacio Schengen.

Beloki era el custodio técnico del mayor activo intangible que ha desarrollado esta universidad en las últimas dos décadas.

Mathieu arqueó las cejas, fijando su atención en la fiscal.

—¿Un activo intangible en una fundición de componentes automotrices?

—No está en Fagor Ederlan, Mathieu. Está aquí mismo, en los laboratorios de ensayo de materiales de Ikerlan y de esta facultad —respondió Ainara con voz firme—.

Beloki dirigía un proyecto confidencial financiado con fondos estratégicos europeos para el desarrollo de nuevas aleaciones refractarias ultraligeras.

Amets me citó en este campus precisamente porque teme que los ejecutores de Sorokin no se conformen con quebrar la cooperativa.

Quieren el control absoluto de esa tecnología.

Y para entender cómo pueden arrebatárnosla utilizando los tribunales mercantiles, necesitamos el dictamen de la persona que mejor conoce los entresijos de la legislación cooperativa en este país.

Ainara consultó la hora en su teléfono móvil.

—Don Antton Elorza nos espera en la biblioteca del departamento de Derecho Cooperativo. Sube las carpetas, Mathieu. Lo que vamos a escuchar va a cambiar las reglas de juego de este caso.

♦ ♦ ♦

La sala de lectura de investigadores del departamento de Derecho Cooperativo y Ciencias Económicas y Empresariales ocupaba una esquina luminosa de la segunda planta del edificio docente, protegida del bullicio de los pasillos por una pesada puerta de roble macizo con doble acristalamiento.

En el interior, el ambiente olía a papel envejecido, cera para madera, café recién filtrado y encuadernaciones de piel.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías de suelo a techo repletas de volúmenes empastados del Boletín Oficial del País Vasco , repertorios de jurisprudencia mercantil del Tribunal Supremo, anuarios de economía social de la Universidad de Deusto y tratados históricos de derecho foral navarro y guipuzcoano.

Al fondo de la estancia, sentado tras una amplia mesa de nogal cubierta de expedientes atados con bramante y cuadernos de notas manuscritas con pluma estilográfica, un hombre de unos setenta y cinco años levantó la vista al verlos entrar.

Don Antton Elorza conservaba la estampa enjuta y sobria de los antiguos juristas forales: pelo blanco peinado hacia atrás, gafas de montura metálica de media luna apoyadas sobre una nariz aguileña y unos ojos oscuros, vivaces y penetrantes que escudriñaban a sus interlocutores con la cautela de quien ha pasado medio siglo redactando leyes y desmontando argucias societarias.

Vestía una chaqueta de tweed gris sobre un chaleco de punto azul marino y una corbata de seda sobria.

Sobre la pared situada a su espalda, enmarcada en madera sencilla, colgaba una fotografía en blanco y negro de 1965 que mostraba a don José María Arizmendiarrieta, con su sotana raída y su boina negra, conversando animadamente con un grupo de jóvenes peritos en el patio de la escuela profesional.

—Adelante, Ainara —saludó el catedrático con voz pausada, grave y modulada con una dicción impecable en la que se percibía la cadencia natural del euskera vizcaíno de su Markina natal—.

Pasa y cierra la cancela. Las paredes de esta facultad suelen ser discretas, pero hoy el aire del valle viene cargado de demasiados oídos inquietos.

Ainara dio un paso al frente y presentó a su acompañante.

—Don Antton, le agradezco profundamente que nos reciba con tan poco margen de preaviso. Este es el inspector Mathieu Etcheverry, analista jefe de la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude en Bruselas y comisionado especial de Eurojust para la investigación patrimonial transfronteriza.

El catedrático se puso en pie con parsimonia, rodeó la mesa y estrechó la mano de Mathieu con un apretón seco y firme que revelaba una energía insospechada para su edad.

—Conozco su apellido, señor Etcheverry —dijo Elorza, mirándolo fijamente a los ojos—.

Familia de armadores y letrados de Saint-Jean-de-Luz y Baiona, si la memoria no me falla.

Hombres de frontera que saben que las leyes de los Estados terminan donde empieza el viento del mar.

Tome asiento, por favor. Ainara me adelantó anoche por línea segura la gravedad de los hechos de Eskoriatza.

La muerte de Xabier Beloki es una tragedia irreparable para este pueblo; Xabier fue alumno mío en este mismo pupitre hace veinticinco años, antes de doctorarse en siderurgia en Aquisgrán.

Era un hombre honesto, riguroso y con una lealtad inquebrantable a los principios del cooperativismo.

Que alguien lo haya quemado en su propio horno es una abominación que mancilla la historia entera de esta comarca.

Mathieu tomó asiento en uno de los sillones de cuero frente a la mesa de nogal y abrió su maletín, extrayendo los contratos de cesión de crédito, las copias de los pagarés del MARF emitidos por Fagor Ederlan y los extractos bancarios de Atalante Capital Partners .