CAPÍTULO 4 — La universidad del valle #2
Cruzó el patio central ajardinado y franqueó la puerta automática de acceso al atrio principal de la Escuela Politécnica.
El vestíbulo era un espacio diáfano de tres alturas, inundado por la luz cenital que se filtraba a través de un lucernario triangular de vidrio templado.
En el centro de la estancia, sobre un pedestal de piedra pulida, destacaba una escultura abstracta de hierro forjado que representaba cinco eslabones entrelazados, símbolo de los cinco primeros talleres cooperativos que dieron origen a la corporación.
Y allí, de pie junto a la barandilla de la pasarela volada del entresuelo, con un abrigo largo de paño negro y las manos apoyadas en la baranda metálica mientras contemplaba la entrada, estaba Ainara Zubiaga.
Al cruzar sus miradas, el bullicio amortiguado del vestíbulo pareció desvanecerse en un silencio absoluto.
Mathieu sintió una sacudida visceral en la boca del estómago, una mezcla de alivio abrumador y tensión contenida que le aceleró el pulso.
Habían transcurrido más de seis semanas desde su última despedida en los andenes de la estación de tren de Hendaya, seis semanas en las que solo habían compartido llamadas telefónicas encriptadas y cables procesales a deshoras.
Ainara permaneció inmóvil durante unos segundos, con la barbilla ligeramente alzada y esa mirada penetrante, oscura y lúcida que no dejaba traslucir la fatiga de una madrugada entre restos humanos calcinados y balances contables intervenidos.
Luego, con una leve inclinación de cabeza que solo ellos dos podían interpretar, se apartó de la barandilla y señaló hacia el pasillo acristalado que conducía hacia el ala este del edificio, en dirección a los miradores que dominaban el cauce del río.
Mathieu asintió en silencio y subió la escalera de granito a grandes zancadas, apretando el maletín contra su costado mientras el peso de la conspiración que amenazaba el valle parecía condensarse en cada peldaño.
♦ ♦ ♦
Ainara aguardaba en el mirador acristalado de la tercera planta, un voladizo cerrado con amplias cristaleras panorámicas que se proyectaba sobre el desfiladero del río Deba.
Abajo, a más de quince metros de profundidad, las aguas pardas y torrenciales golpeaban con estrépito sordo los bloques de hormigón que protegían los cimientos de la universidad, arrastrando troncos partidos y arremolinándose en espumas herrumbrosas antes de desaparecer bajo el puente de la variante.
Al otro lado de la vaguada, las laderas boscosas se alzaban casi en vertical hacia las peñas de Santa Bárbara, cubiertas por un manto de niebla que descendía lentamente entre los robles como un sudario gélido.
El eco de unos pasos firmes sobre la tarima flotante del corredor rompió la soledad del mirador. Ainara se giró despacio.
Mathieu Etcheverry traspasó la puerta cortafuegos y se detuvo a dos metros de ella.
Llevaba el pelo oscuro ligeramente alborotado por el viento de Hondarribia, la gabardina de paño gris impregnada del olor a lluvia cantábrica y unas sombras violáceas bajo los ojos que delataban la carrera contra el reloj emprendida desde Bruselas.
Sin embargo, su mirada conservaba esa intensidad limpia, obstinada y protectora que la había sostenido durante las horas más oscuras del asedio en Gernika.
Ninguno de los dos pronunció palabra durante un instante que pareció suspender el curso del río a sus pies.
La contención que ambos imponían a su vida pública, forjada en años de disciplina procesal e investigaciones donde cualquier muestra de flaqueza era explotada por los acusados, se resquebrajó de golpe en la penumbra del mirador.
Mathieu acortó la distancia con un paso largo y decidido, soltó el maletín sobre un banco corrido de madera y la rodeó con ambos brazos.
Ainara no ofreció resistencia. Apoyó la frente contra la solapa húmeda de su abrigo y hundió las palmas de las manos en los costados de su espalda, sintiendo la solidez de sus músculos y el calor vivo de su cuerpo que disipaba de inmediato el frío que se le había metido en los huesos durante la madrugada en Eskoriatza.
Mathieu deslizó una mano hacia su nuca, enredando los dedos en el pelo oscuro de la fiscal, y aspiró hondo contra su sien, rozándole la piel con los labios en una caricia contenida, honda y temblorosa que no necesitaba palabras para confesar el miedo que había sentido al recibir su llamada en Bélgica.
—Estás entera, Ainara —susurró él con la voz quebrada por la fatiga y la emoción contenida, manteniéndola apretada contra su pecho mientras el latido de su corazón resonaba contra el tejido grueso del paño—.
Cuando Bernard me puso sobre la mesa el teletipo policial de Eskoriatza...
cuando leí lo que le habían hecho a Beloki en ese horno, pensé que los ejecutores ya estaban operando en tu entorno inmediato.
Ainara cerró los ojos y respiró despacio, impregnándose del olor a tabaco rubio, jabón neutro y lluvia que Mathieu traía consigo desde la muga.
Su mano izquierda subió por la solapa del abrigo de Mathieu; al hacerlo, la manga de su jersey oscuro se deslizó unos centímetros sobre la muñeca, dejando al descubierto el acero mate del reloj Certina DS que su padre Josu le había dejado como único legado antes de quitarse la vida tras la quiebra inducida de su taller en Durango.
El metal frío de la caja rozó la mandíbula de Mathieu, anclando aquel reencuentro en la memoria viva de los que habían caído defendiendo la dignidad del trabajo frente a los especuladores.
—No han venido a por mí, Mathieu —dijo Ainara, levantando el rostro para mirarlo a los ojos, sin apartarse de sus brazos—.
Todavía no. Han venido a cortar el cuello del valle.
Lo de Eskoriatza no fue una advertencia mafiosa ordinaria ni un ajuste de cuentas entre socios.
Fue una ejecución militar calculada al segundo.
Quien preparó ese crisol sabía que la muerte de Beloki desataría el pánico en la asamblea de Fagor Ederlan y paralizaría las decisiones estratégicas de la corporación justo cuando el vencimiento de la deuda los deja sin margen de maniobra.
Mathieu sostuvo la mirada de la fiscal, acariciando suavemente con el pulgar la línea tensa de su mandíbula.
Lentamente, como si cada centímetro de distancia fuera una concesión forzada al deber que los aguardaba, aflojó el abrazo y dio un paso atrás, aunque mantuvo una de sus manos enlazada con la de Ainara sobre la barandilla acristalada.
—Traigo los expedientes de OLAF y los cables de enlace de Europol —dijo Mathieu, señalando el maletín con un ademán sobrio—.
Marchand intentó frenarme en el despacho de la cuarta planta.
En Bruselas hay demasiado miedo a perturbar los mercados de deuda corporativa; los burócratas de la Comisión prefieren calificar esto de tensión mercantil transfronteriza antes que admitir que un oligarca sancionado por la Unión Europea está utilizando vehículos financieros domiciliados en el Benelux para adueñarse de la tecnología crítica del sur de Europa.
Tuve que amenazarlo con acudir directamente al fiscal jefe de la Fiscalía Europea en Luxemburgo para que me firmara la orden de enlace judicial.
Mathieu abrió el maletín sobre la repisa de madera y extrajo una carpeta clasificadora de fuelle, rotulada con los sellos rojos de confidencialidad de la red SIENA de Europol.
Desplegó sobre la superficie pulida un esquema gráfico impreso en formato A3 que reproducía un mapa complejo de relaciones societarias y flujos bancarios interconectados.
—Observa esto, Ainara —explicó Mathieu, señalando con el capuchón de un bolígrafo la cabecera del diagrama—.
El fondo que está acumulando los pagarés de Fagor Ederlan en el MARF se denomina Atalante Capital Partners , domiciliado formalmente en el Boulevard Royal de Luxemburgo.
Pero es una cáscara vacía. La sociedad gestora está controlada por una firma fiduciaria suiza, Helvetia Metals S.A.
, con sede en Ginebra, y los fondos de garantía proceden de dos líneas de crédito sindicadas abiertas en un banco privado de Dubái a nombre de Horizon Trust .
La firma autorizada en las cuentas de Dubái pertenece a los mismos apoderados que gestionaban el patrimonio offshore de Viktor Sorokin antes de que sus activos fueran bloqueados tras la invasión de Ucrania.
Ainara siguió la línea de puntos trazada en el documento con el ceño fruncido.
—Sylvain Deschamps —murmuró ella, reconociendo el patrón operativo—.
Es la misma estructura triangular que desmantelamos en el caso del Cupo foral.
Aquella vez utilizaban empresas intermediarias de transporte logístico en Biarritz y cuentas en Vaduz para eludir la liquidación del IVA y desviar las liquidaciones tributarias hacia las cuentas de Kepa Arostegui.
Ahora han prescindido de los intermediarios locales y van directos al mercado primario de deuda.