CAPÍTULO 1 — El crisol frío #2
—La autopista estaba limpia hasta el peaje de Bergara —respondió Ainara mientras abría la portezuela y se ajustaba la capucha del impermeable—.
¿Qué tenemos exactamente sobre el terreno, Gorka?
¿Se mantiene la hipótesis del sabotaje o alguien sigue intentando vender esto como una imprudencia laboral de turno de noche?
Atxaga soltó un bufido que condensó una nube blanca de vapor frente a sus labios.
—Si esto ha sido una imprudencia, yo soy obispo de San Sebastián, fiscal.
El retén de mantenimiento dice que el horno número tres llevaba parado desde las diez de la noche por cambio de refractario en el crisol.
A las dos y dieciocho minutos de la madrugada, el autómata central registró una secuencia de encendido en vacío a máxima potencia de inducción.
Quienquiera que lo metiera ahí dentro sabía perfectamente que a mil cuatrocientos cincuenta grados el cuerpo humano se reduce a fosfatos y esquirlas calcinadas en menos de tres cuartos de hora.
Los vigilantes de seguridad del turno saliente afirman que no vieron nada extraño en las cámaras de las puertas exteriores, pero las grabaciones de la nave de colada muestran dos minutos de estática justo antes del encendido.
Alguien sabía qué interruptores tocar y dónde estaban los puntos ciegos.
Y lo más llamativo de todo es que el director de planta ya está en su despacho intentando convencer al juez de instrucción de que no precintemos la línea de moldeo porque tienen que entregar diez mil manguetas de dirección para la factoría de Volkswagen en Pamplona antes del próximo viernes.
Ainara cerró el maletero tras sacar su maletín de cuero con el material de fe pública judicial. Su credencial oficial con el escudo de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco colgaba de su cuello bajo la solapa del anorak.
—Que el director de planta espere en la sala de visitas —sentenció con voz cortante—. Primero vamos a ver qué ha quedado en ese crisol. Guíame a la nave de fusión.
♦ ♦ ♦
El paso desde el frío exterior hacia el interior de la nave principal de fundición supuso un golpe físico directo contra los sentidos.
Al cruzar la doble esclusa presurizada de seguridad, tras equiparse con casco de policarbonato ignífugo, gafas protectoras envolventes y chaleco reflectante de alta visibilidad, el ambiente se tornó sofocante, seco y cargado de una tensión casi eléctrica.
El espacio interior era imponente. Una nave fabril de doscientos metros de longitud dominada por puentes grúa de cincuenta toneladas que descansaban inmóviles sobre raíles elevados, vigas maestras ennegrecidas por décadas de combustión térmica y una penumbra cavernosa donde los proyectores industriales de vapor de sodio proyectaban largas sombras anaranjadas sobre el suelo de losas de fundición.
A lo largo del corredor central, las carretillas elevadoras y las plataformas de transporte de cucharas de metal fundido permanecían paralizadas.
En las líneas adyacentes de machería, los silos de recuperación de arena de sílice y las mezcladoras de bentonita emitían un siseo neumático continuo, como si la respiración mecánica de la factoría se resistiera a apagarse del todo.
Las cajas de moldeo automáticas de las líneas Disamatic, alineadas como féretros de fundición gris, guardaban en su interior piezas recién coladas cuyo calor latente irradiaba oleadas tibias hacia las pasarelas superiores.
Cerca de medio centenar de operarios del turno de noche, vestidos con monos ignífugos de color azul marino manchados de hollín y polvo grisáceo, permanecían agrupados en pequeños corrillos junto a los pupitres de mando y las máquinas de granallado.
Nadie hablaba en voz alta. No se oían las habituales bromas en euskera ni el murmullo de la radio del taller.
Eran hombres y mujeres de rostro cetrino, curtidos por el calor del metal, cuyas miradas mudas y asustadas seguían a la comitiva judicial como si la presencia de los agentes de la Ertzaintza confirmara que el alma misma de la cooperativa acababa de quebrarse en pedazos irreparables.
En una empresa convencional, un accidente de trabajo provocaba indignación sindical contra la patronal; en una cooperativa donde cada trabajador era copropietario del capital y partícipe de las decisiones asamblearias, la muerte violenta de un compañero de pupitre se experimentaba como una mutilación del propio cuerpo social.
—Por aquí, fiscal —indicó Atxaga, conduciéndola hacia el fondo de la nave, donde se elevaba una estructura escalonada de perfiles metálicos tubulares y barandillas amarillas que rodeaba la batería de hornos de inducción de media frecuencia.
Frente a la plataforma del horno número tres, dos especialistas de la Policía Científica ataviados con monos blancos de polipropileno, calzas desechables y mascarillas con filtro para partículas pesadas trabajaban bajo la luz blanca de dos trípodes halógenos portátiles.
A su lado, el médico forense del Instituto Vasco de Medicina Legal, el doctor Imanol Echegaray, contemplaba la boca circular del reactor con los brazos cruzados y semblante impenetrable.
Ainara subió los doce peldaños de rejilla de acero galvanizado que conducían a la plataforma de colada.
Sus botas produjeron un chasquido sordo sobre el polvillo de silicato acumulado en los escalones.
Al llegar a la barandilla superior, el olor cambió de forma drástica: el aroma a resina y grafito fue desplazado por una fetidez orgánica inconfundible, densa y dulzona, que el calor residual del revestimiento cerámico seguía desprendiendo hacia el techo de la nave.
—Buenos días, doctora Zubiaga —saludó el forense con una inclinación de cabeza sobria—.
Aunque de buenos no tengan nada. Llevamos cuarenta minutos esperando que la temperatura de la solera baje de los doscientos grados para que los peritos puedan meter las pinzas de muestreo sin que se fundan los mangos de teflón.
Hemos tenido que activar ventiladores axiales auxiliares para disipar los gases residuales.
Ainara se inclinó con cautela sobre la barandilla de seguridad y miró hacia el interior del horno.
El equipo era una obra maestra de la ingeniería siderúrgica moderna: un cilindro vertical de carburo de silicio y material refractario de alúmina electrofundida, con capacidad para cinco toneladas de metal líquido, envuelto en su perímetro exterior por gruesas bobinas helicoidales de cobre electrolítico refrigeradas internamente por agua desmineralizada a alta presión.
En régimen ordinario de trabajo, el campo electromagnético inducido por las corrientes parásitas de alta densidad fundía bloques macizos de arrabio y chatarra seleccionada a mil cuatrocientos cincuenta grados en cuestión de minutos.
En ese momento, sin embargo, el crisol estaba casi vacío. En el fondo cónico, sobre una costra grisácea de escorias silicatadas y fundentes residuales de carburo cálcico, yacían los restos calcinados de lo que había sido un cuerpo humano.
No quedaba tejido blando reconocible a simple vista.
El calor abrasador de la radiación por inducción electromagnética había vaporizado los fluidos celulares y carbonizado la masa muscular en un proceso de cremación acelerada.
Lo que reposaba en la base eran fragmentos esqueléticos blanquecinos y quebradizos: segmentos diafisarios de los fémures, astillas laminares de la pelvis y la bóveda craneal fracturada en múltiples placas térmicas disyuntas.
—La calcinación es de grado cuatro según la escala de Glassman —explicó el forense, señalando con el puntero láser hacia la base del crisol—.
La cremación ha sido casi total debido a la geometría cerrada del cilindro refractario, que actuó como una mufla de laboratorio.
Primero se produjo la evaporación súbita del agua intersticial, seguida de la combustión estequiométrica del tejido adiposo y la carbonización de la matriz de colágeno óseo.
Sin embargo, quien activó la máquina cometió un error elemental de física: el horno estaba en vacío, sin una masa conductora de hierro líquido que cerrara el circuito magnético de forma uniforme.
Las bobinas de cobre alcanzaron el pico de autoinducción, saltó la protección térmica por sobretensión en las espiras inferiores y el ciclo se interrumpió de forma automática cuando apenas habían transcurrido dieciocho minutos.
Por eso no llegó a pulverizarse la estructura ósea completa ni se vitrificaron los fosfatos de calcio.
Uno de los técnicos de la Policía Científica, provisto de una varilla telescópica imantada con cabezal de aleación no ferrosa, extrajo con pulso firme un objeto metálico que yacía semienterrado entre las cenizas de la solera y lo depositó cuidadosamente sobre una bandeja de aluminio estéril colocada sobre el pupitre auxiliar.
Ainara se aproximó y ajustó sus gafas protectoras.
Era una chapa identificativa rectangular de acero inoxidable austenítico, de unos cinco centímetros de largo por tres de ancho, perforada en su extremo superior para alojar una cadena de eslabones que se había fundido parcialmente en una masa informe.
En el centro de la pieza, grabado a troquel con la tipografía corporativa de la cooperativa, se leía con nitidez meridiana:
FAGOR EDERLAN S. COOP. SOCIO Nº 1.408 XABIER BELOKI ARRIETA DPTO. METALURGIA Y CALIDAD
—Es la chapa de socio de Beloki —confirmó Atxaga con un hilo de voz que delataba una rabia contenida—.
La llevan todos los cooperativistas con derecho a voto en la asamblea general desde la fundación del grupo.
No se la quitan ni para dormir. Representa la pertenencia al colectivo, la garantía de que nadie es dueño de nadie en esta casa.
Ainara no desvió la mirada del metal pulido. Con el extremo de un bolígrafo de plástico, señaló el borde superior izquierdo de la chapa, justo por encima de la primera línea de texto.