La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2) CAPÍTULO 1 — El crisol frío
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La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2)

La fragua de Mondragón (Línea de Cupo 2)

Por Nerea Iturralde

© inepub.com

CAPÍTULO 1 — El crisol frío

La vibración del teléfono de guardia sobre la mesilla de noche no trajo el timbre estridente que los móviles de servicio reservaban para los homicidios pasionales de fin de semana en las inmediaciones de los muelles de Bilbao, sino la cadencia seca, sorda e implacable que la centralita de la Policía Judicial utilizaba cuando una autoridad pública caía fuera de su demarcación habitual.

Ainara Zubiaga abrió los ojos en la penumbra de su dormitorio en el Casco Viejo bilbaíno. Eran exactamente las cuatro y quince minutos de la madrugada de un martes desapacible de noviembre.

El cristal de la galería de madera vibraba bajo el azote de una lluvia densa, fría y diagonal que el viento del noroeste empujaba desde el Cantábrico, encajonándola entre las laderas escarpadas de los montes que flanqueaban el curso bajo del Nervión.

Ainara alargó el brazo con lentitud calculada, sin encender la lámpara, descolgó el terminal seguro del Ministerio de Justicia y escuchó la respiración entrecortada del oficial de transmisiones del juzgado de guardia de Bergara.

—Fiscal Zubiaga, disculpe la intromisión a estas horas intempestivas —dijo la voz al otro lado, precedida por el chasquido metálico característico del cifrado de línea—.

El centro de coordinación de la Ertzaintza en Arrasate acaba de transferirnos una incidencia crítica desde el polígono industrial de Eskoriatza.

En las instalaciones principales de fundición pesada de Fagor Ederlan.

Los operarios del turno de noche han localizado restos biológicos en el interior de uno de los hornos electromagnéticos de la nave de colada.

El médico forense de guardia y la comisión judicial de instrucción ya están movilizados, pero la Jefatura Territorial de Gipuzkoa solicita la presencia inmediata de la Fiscalía Delegada de Delitos Económicos y Anticorrupción.

Ainara se incorporó sobre el colchón. El frío húmedo de la estancia le erizó la piel bajo la camiseta de algodón. Apoyó los pies descalzos sobre la tarima de roble y sostuvo el auricular con firmeza.

—¿Por qué reclama la Ertzaintza a un fiscal anticorrupción por un presunto accidente en una fundición, oficial?

—preguntó con esa voz pausada, neutra y limpia que empleaba en sala de vistas cuando un letrado de la defensa intentaba desviar el objeto procesal—.

Las diligencias de siniestralidad laboral corresponden por turno ordinario al juzgado de instrucción comarcal y a la inspección territorial de trabajo.

Salvo que existan indicios fehacientes de dolo o sabotaje mercantil premeditado, la competencia orgánica de la Fiscalía Especial no se activa de oficio en un siniestro fabril.

—Porque el fallecido no es un peón eventual ni un operario de mantenimiento, señora fiscal —respondió el funcionario judicial, bajando el tono como si temiera que las paredes de la secretaría filtraran el nombre—.

El responsable de seguridad de la planta ha cotejado el registro biométrico de tornos y la taquilla violentada en los vestuarios.

La víctima es Xabier Beloki. Cuarenta y cuatro años.

Ingeniero jefe de procesos de metalurgia y vocal electo del Consejo Rector de la cooperativa.

Y hay constancia documental preliminar de que las alarmas del circuito de seguridad de la máquina fueron puenteadas desde el exterior del panel antes de iniciarse el ciclo térmico.

El juez sustituto considera que concurren elementos de criminalidad organizada que exceden con creces el ámbito de un atestado por imprudencia técnica.

El silencio que siguió a la revelación pesó más que el murmullo continuo del agua sobre los aleros del tejado.

En la mente de Ainara resonaron de golpe las palabras exactas que Kepa Arostegui, con esa sonrisa cínica y aristocrática de quien conoce cada costura podrida del poder, le había susurrado meses atrás en los sótanos de la Audiencia Provincial de Bilbao antes de que el furgón penitenciario lo trasladara a la prisión de Basauri: «El dinero no se muere porque le congeles una cuenta en Suiza, fiscal...

El dinero busca el calor de las máquinas.

El fuego ya está silbando en el Deba y ustedes van a llegar cuando solo queden las cenizas» .

—Que la Policía Científica acordone toda la nave de fusión y corte el suministro eléctrico del sector afectado —ordenó Ainara mientras saltaba de la cama—.

Nadie entra ni sale del perímetro fabril sin identificación formal.

Ni directivos del Consejo Rector, ni representantes del Consejo Social, ni personal auxiliar de limpieza. Salgo hacia Eskoriatza en diez minutos.

Veinte minutos más tarde, tras calzarse unos botines de suela estriada de caucho, unos pantalones oscuros de pana gruesa y un anorak impermeable con forro térmico, Ainara cruzó el portalón de sillería de su edificio y bajó hacia el aparcamiento subterráneo del muelle de la Ribera.

El aire de la madrugada olía a asfalto empapado, fango de bajamar y a ese humo sulfuroso que las calderas comunitarias de gasóleo expulsaban hacia la niebla baja.

En el antebrazo izquierdo, sobre la manga del jersey de lana, sintió el contacto firme y familiar del reloj Certina DS de su padre Josu Zubiaga; la esfera de acero rayada marcaba las cuatro y treinta y siete mientras giraba la llave de contacto de su viejo vehículo familiar ranchera.

El trayecto hacia el interior de Gipuzkoa fue un ejercicio de concentración visual absoluta contra la cortina de agua.

La autopista AP-1 discurría casi desierta, iluminada a tramos intermitentes por el resplandor amarillento de los proyectores de vapor de sodio en los túneles que perforaban el macizo calcáreo del Duranguesado.

El limpiaparabrisas barría el cristal con un chasquido rítmico que marcaba los compases de su propia inquietud.

Aquella comarca que ahora atravesaba no era un territorio desconocido para Ainara: su infancia en Durango y los veranos en el caserío de sus abuelos en Atxondo estaban impregnados por la memoria de los talleres de mecanizado, los olores a taladrina y el orgullo austero de las familias que vivían de doblegar el hierro con sus propias manos.

Al superar el nudo viario de Eibar y adentrarse en el corredor fluvial del río Deba, el relieve orográfico se estrechó de forma violenta.

Las laderas cubiertas de pinares húmedos, robledales desnudos y peñascales grises caían casi en vertical sobre la calzada, aprisionando el cauce tormentoso del río entre muros de contención de hormigón y talleres auxiliares de forja y mecanizado cuyas chimeneas y letreros luminosos destellaban en la oscuridad.

En los valles encajonados de Bergara, Arrasate y Aretxabaleta, las luces de los polígonos industriales dibujaban constelaciones de trabajo continuo que desafiaban el descanso nocturno.

Era el territorio de la herradura industrial vasca, la comarca de Debagoiena, donde a mediados del siglo veinte el sacerdote José María Arizmendiarrieta había sembrado las bases de un modelo cooperativo que desafiaba la ortodoxia del capitalismo global: corporaciones sin accionistas ausentes, fábricas gobernadas por la soberanía asamblearia bajo la premisa de un socio y un voto, y una escala retributiva solidaria donde ningún director ejecutivo podía multiplicar de manera obscena los ingresos de un tornero de primera.

Una fortaleza productiva que durante décadas había resistido crisis y reconversiones siderúrgicas, pero que ahora se abría como una herida en mitad de la noche.

La ley vasca de cooperativas blindaba la propiedad frente a adquisiciones hostiles convencionales, pero ningún estatuto societario podía proteger a los trabajadores si la traición y la violencia penetraban en el corazón mismo del engranaje productivo.

Al tomar la salida hacia la carretera comarcal GI-627 en dirección a Eskoriatza, la lluvia se transformó en un granizo menudo y lacerante que repiqueteaba con furia contra la chapa del capó.

Ainara redujo la marcha al divisar, a poco más de medio kilómetro de la entrada del casco urbano, la hilera de destellos azules que teñían de zafiro las naves monumentales de Fagor Ederlan.

El complejo de fundición pesada se alzaba sobre la orilla derecha del río Deba, una mole de hormigón prefabricado, vigas de acero y chimeneas de aspiración industrial que ocupaba más de cuarenta mil metros cuadrados de superficie productiva.

En la garita principal de control de accesos, tres patrullas todoterreno de la Ertzaintza y un furgón rotulado de la Policía Científica bloqueaban la barrera levadiza.

El asfalto del muelle de recepción de materias primas estaba cubierto por una película viscosa de agua, lodo y polvillo de carbón.

Ainara detuvo el coche junto al cordón perimetral de cinta plástica roja y blanca, apagó el motor y bajó la ventanilla.

El aire que entró en el habitáculo no era el aire limpio de los valles guipuzcoanos, sino una mezcla densa, amarga y asfixiante de grafito molido, vapores de resina fenólica, taladrina recalentada y lluvia ácida.

Una figura alta, de hombros anchos y paso pesado, se despegó de la marquesina de seguridad y avanzó hacia ella bajo el aguacero, iluminando el barro con una linterna estanca de gran potencia.

El haz de luz recortó el rostro anguloso, la mandíbula cuadrada y el pelo rubio prematuramente canoso del inspector jefe Gorka Atxaga, responsable operativo de la Unidad de Delitos Económicos y contra el Patrimonio de la Ertzaintza en Gipuzkoa.

Llevaba el impermeable reglamentario empapado sobre el traje gris de paño y la corbata desanudada sobre el cuello abierto de la camisa.

—Llegas rápido, Ainara —dijo Atxaga mientras se apoyaba en el marco de la ventanilla, resguardándose de las ráfagas de viento—. Te hacía todavía peleando con los charcos de Amorebieta.