CAPÍTULO 1 — El crisol frío #3
—Miren con atención aquí —dijo con frialdad analítica—. Esto no es una deformación por dilatación térmica.
El médico forense y el perito balístico de la Ertzaintza se inclinaron de inmediato sobre la bandeja.
En el borde del acero inoxidable se apreciaba una hendidura limpia, angular y profunda, de unos cuatro milímetros de penetración, acompañada de una microfisura con reborde de compresión hacia el interior.
Justo al lado, adherida al metal por efecto del calor extremo, persistía una mota negruzca de materia orgánica carbonizada que no se había desprendido durante el ciclo de inducción.
—Impacto mecánico de alta energía previo a la cremación —dictaminó el forense tras examinar la muesca con una lupa cuentahílos iluminada—.
Un golpe contundente asestado con un elemento de arista viva, probablemente una barra de acero de desencofrar, una llave de apriete dinamométrica pesada o una sufridera de matricería.
Y fíjense en la fractura del hueso occipital que hemos fijado fotográficamente en el fondo del crisol: presenta un hundimiento en cono invertido que coincide milimétricamente con esta impronta.
A Beloki no lo arrojaron vivo para que muriera abrasado por el campo magnético.
Le reventaron la base del cráneo en la pasarela o en el muelle de carga, lo dejaron inconsciente o muerto en el acto, y luego arrojaron el cadáver al interior del horno para que el calor borrara la causa del traumatismo.
Ainara enderezó la espalda y respiró hondo a través del filtro de la mascarilla. La hipótesis del accidente laboral o del suicidio por desesperación que la dirección fabril pretendía insinuar acababa de desmoronarse por completo.
—Gorka, el autómata —dijo Ainara, girándose hacia el inspector jefe—. Quiero ver el registro lógico del PLC ahora mismo.
Descendieron por la pasarela hacia la cabina acristalada de control de colada, un habitáculo estanco presurizado con aire acondicionado que albergaba los ordenadores de supervisión SCADA y los armarios eléctricos de potencia.
En el panel central, una pantalla táctil industrial de diecinueve pulgadas mostraba el esquema unifilar de la subestación y los parámetros de los tres hornos de inducción.
Los servidores industriales zumbaban en un bastidor ventilado bajo llave, con sus puertos de comunicaciones Profinet parpadeando en verde.
Junto a la consola aguardaba Mikel Jauregi, el ingeniero técnico de turno de la cooperativa, un hombre joven de pelo rizado, rostro desencajado y manos temblorosas que no apartaba los ojos de las líneas de código hexadecimal que desfilaban por el monitor de diagnóstico.
—Enséñenos el log de eventos de las últimas cuatro horas, señor Jauregi —requirió Ainara, mostrando su carnet fiscal sobre el teclado—.
Y recuerde que cualquier alteración en el volcado de memoria constituirá un delito de obstrucción a la justicia tipificado en el Código Penal.
El reloj del sistema está sincronizado mediante servidor NTP con la red corporativa, de modo que cada instrucción registrada tiene validez pericial plena.
El joven tragó saliva y pulsó dos teclas de función en el terminal maestro.
—No hay nada que alterar, señora fiscal...
La memoria EEPROM del autómata es de solo lectura para el personal de planta.
Este sistema es un Siemens S7-1500 con módulo de seguridad redundante.
Para que el horno tres pudiera energizarse, la puerta de carga superior tenía que estar cerrada mecánicamente y el lazo de enclavamiento por fotocélulas de barrera debía certificar que no había presencia de operarios en un radio de tres metros alrededor de la cuba.
Jauregi señaló con el dedo tembloroso una secuencia de líneas cronológicas en la pantalla:
[02:14:08] ALERTA: APERTURA MANUAL COMPUERTA SUPERIOR CRISOL Nº 3 [02:16:33] REGISTRO: INTERRUPCIÓN CIRCUITO SEGURIDAD F-DI (CANAL A/B) [02:18:12] COMANDO FORZADO: OVERRIDE BYPASS HARDWARE INTERLOCK [USUARIO: ROOT_MAINT] [02:18:15] LOG: PUENTE DE CONTACTO RELÉ AUXILIAR K-104 ACTIVADO [02:18:22] INICIO CICLO POTENCIA INDUCCIÓN: 3.
200 kW / 1.450 °C [VACÍO] [02:36:44] PARADA EMERGENCIA: CORTE POR SObrETENSIÓN TÉRMICA BOBINAS CObrE L3
Ainara leyó dos veces la línea de las dos horas y dieciocho minutos.
—Alguien utilizó una clave de acceso de nivel raíz que no está asignada a los operarios de turno ordinario —resumió la fiscal con voz gélida—.
Y conocía la ubicación física exacta del relé K-104 en el armario de potencia para puentear el enclavamiento redundante mediante una orden de software forzada.
Sabía qué cable puentear y qué instrucción compilar en el autómata.
—Esa clave solo la tienen tres personas en toda la cooperativa —murmuró Jauregi, hundiendo los hombros—. El director de mantenimiento de planta, el responsable de sistemas de la división de automoción... y el propio Xabier Beloki.
—Pues Beloki estaba en el fondo del crisol con el cráneo fracturado —replicó Ainara con firmeza inquebrantable—.
Lo que significa que quien ejecutó la orden lo hizo con la tarjeta de Beloki después de noquearlo, o alguien con privilegios idénticos preparó la trampa desde este mismo pupitre.
Inspector Atxaga, precinte la unidad central del PLC y clone la imagen forense de los discos duros bajo protocolo ISO veintisiete mil treinta y siete. Nos vamos al despacho de la víctima.
♦ ♦ ♦
El despacho de Xabier Beloki ocupaba una posición estratégica en la segunda planta del edificio de ingeniería de procesos: una oficina acristalada con perfiles de aluminio negro que sobresalía como la torre de control de un navío sobre la nave de colada continua y las líneas de moldeo automático Disamatic.
Desde su mesa de trabajo, el ingeniero podía observar en tiempo real el trasiego de las cucharas de fundición y los carruseles de enfriamiento donde miles de piezas de seguridad para automóviles tomaban forma en la arena compactada.
Ainara y Gorka Atxaga entraron en la estancia precedidos por dos agentes uniformados de la Ertzaintza que custodiaban el pasillo.
La puerta de madera de haya laminada presentaba la cerradura intacta, pero el interior de la oficina mostraba las señales inequívocas de una búsqueda frenética y meticulosa.
Los cajones del archivador ignífugo lateral estaban abiertos, con carpetas colgantes y expedientes metalográficos desparramados sobre el suelo de linóleo gris.
En las estanterías metálicas, los volúmenes de consulta técnica sobre metalurgia física, diagramas de fase hierro-carbono y manuales de especificación de materiales reposaban revueltos junto a probetas fracturadas de ensayos de tracción.
Sobre una mesa auxiliar reposaba un microscopio óptico metalográfico de platina invertida Olympus, junto a una cubeta con muestras pulidas a espejo y atacadas con reactivo químico Nital para el conteo cuantitativo de nódulos de grafito.
En la pared frontal, junto a una pizarra blanca donde figuraban complejas fórmulas termodinámicas sobre la nucleación del grafito esferoidal y esquemas cristalográficos de aleaciones refractarias, un cuadro con una fotografía panorámica del primer taller de la cooperativa en Arrasate colgaba torcido, revelando la caja fuerte de caudales empotrada en el muro de hormigón.
La portezuela de acero de la caja permanecía entornada, vacía de documentos.
Sobre la mesa de despacho, bajo el flexo encendido que proyectaba un círculo de luz blanca sobre el plumier y dos probetas cilíndricas de acero pulido cortadas por electroerosión, descansaba un maletín de cuero rígido Samsonite de color negro.
La cerradura de combinación numérica del maletín había sido forzada mediante apalancamiento con un destornillador plano de gran calibre, dejando melladuras profundas en el marco de duraluminio.
El compartimento principal estaba revuelto y despojado de sus carpetas habituales, pero la mirada inquisitiva de Ainara se detuvo en la esquina inferior derecha del fuelle interno.
—Mira esto, Gorka —dijo Ainara, colocándose guantes nuevos de nitrilo antes de tocar el maletín.
El forro de seda sintética del bolsillo interior para documentos había sido cuidadosamente despegado de la estructura de cartón prensado y vuelto a adherir con cinta adhesiva de doble cara, disimulando un compartimento plano de apenas unos milímetros de grosor.
Quien había forzado las cerraduras buscaba con prisa las carpetas visibles de la caja fuerte y los cajones, pero no había advertido la doblez oculta en el forro del maletín.
Con unas pinzas forenses de punta redondeada, Ainara separó el adhesivo y extrajo dos documentos doblados en cuatro partes que desprendían un tenue olor a papel de copia química y tabaco rubio.
El primer documento era un albarán original de transporte internacional CMR, emitido por la naviera de amberes De Valk Transports y fechado diez días antes, con sello de entrada en los almacenes logísticos de Fagor Ederlan en Eskoriatza.
El albarán amparaba la recepción de doscientas cincuenta toneladas de chatarra siderúrgica clasificada como acero estructural de retorno limpio para fundición nodular.
Sin embargo, grapado al albarán figuraba un informe técnico manuscrito de puño y letra de Beloki, redactado con tinta roja y sellado con su firma de ingeniero colegiado: