CAPÍTULO 40 EL AROMA A AZAHAR Y EL REENCUENTRO EN LOS CAMPOS DE ASFÓDELOS
El Marqués de la Sangre aguardaba en las ruinas de la catedral de Nombre de Dios, oculto entre los escombros del altar mayor donde antaño los sacerdotes elevaban hostias consagradas hacia un cielo que había dejado de escuchar las plegarias de los hombres.
Su figura era una parodia de lo que había sido, una cáscara humana sostenida por la locura y por el elixir de podredumbre que él mismo había creado.
En sus manos temblorosas sostenía el frasco de cristal con el líquido verdoso, el veneno definitivo que habría de convertir las ruinas de la ciudad en el epicentro de una plaga que devoraría el mundo entero.
Yo avancé sola por la nave destrozada de la catedral, dejando a Elvira y a los guerreros de la rebelión custodiando las murallas.
Había insistido en enfrentar al Marqués en soledad, no por arrogancia, sino por la certeza de que aquel duelo pertenecía solo a nosotros dos, a la loba y al demonio, a la víctima y al verdugo, a los dos destinos que se habían entrelazado desde la noche en que mi palacio de Cádiz ardió bajo las antorchas de los mercenarios.
La luz del sol se filtraba por los boquetes del techo derrumbado, proyectando haces dorados sobre el polvo y los escombros.
El aire olía a incienso rancio, a piedra mojada y a la podredumbre dulzona que emanaba del cuerpo del Marqués.
Mis pasos resonaban en el silencio de la nave, un tañido sordo que parecía despertar a los espectros de los fieles que antaño se arrodillaban en aquellos bancos ahora hechos añicos.
—Doña Catalina de Mendoza —su voz brotó de las sombras del presbiterio, un susurro que se arrastró por las losas como una serpiente—. Habéis llegado por fin. Os esperaba.
El Marqués emergió de la penumbra, su silueta recortada contra el resplandor del altar destrozado.
Su rostro, surcado por la cicatriz que le había dado nombre y que ahora se extendía como un gusano de marfil bajo la piel grisácea, se iluminó con una sonrisa que revelaba dientes negros y afilados.
Sus ojos, dos cuencas vacías donde ardía el fuego verdoso de la locura, me escrutaron con una intensidad que helaba la sangre.
—Venís a detenerme —continuó, avanzando hacia mí con la parsimonia de un rey que visita a su vasalla—.
Venís a salvar las Indias, a curar la peste, a vengar a vuestro esposo y a vuestro amante.
Pero habéis llegado tarde, Doña Catalina.
El frasco que sostengo contiene la cepa definitiva, la que se propagará por el viento y por el agua, la que convertirá a cada hombre, mujer y niño de estas tierras en un transformado.
Y cuando las Indias hayan caído, cuando el Nuevo Mundo sea un cementerio de bestias hambrientas, la plaga cruzará el océano.
Llegará a Cádiz, a Sevilla, a Madrid. Llegará a los jardines donde jugasteis de niña, a las tumbas de vuestros ancestros, a los palacios de la Corona.
Se detuvo a diez pasos de mí, alzando el frasco hacia la luz que se filtraba por el techo. El líquido verdoso burbujeaba en su interior, emitiendo un vapor que olía a cobre y a carne descompuesta.
—¿Por qué? —pregunté, con la voz firme, aferrando la empuñadura de la Tizona—. ¿Por qué tanta destrucción? ¿Qué os han hecho las Indias, qué os he hecho yo, para que vuestro corazón se haya podrido hasta este extremo?
El Marqués soltó una risa seca, carente de humor, que resonó en las bóvedas de la catedral como el croar de un cuervo gigante.
—¿Qué me han hecho? —repitió, con la voz quebrada por la ira—.
¿Qué no me han hecho, Doña Catalina? Yo nací en una familia noble de Extremadura, hijo de un hidalgo arruinado por las deudas y por la codicia de sus hermanos mayores.
Me enviaron a las Indias como a un estorbo, con la promesa de que aquí encontraría fortuna.
Pero lo que encontré fue la crueldad de los encomenderos, la hipocresía de los sacerdotes, la avaricia de los virreyes.
Vi cómo esclavizaban a los indígenas, cómo los marcaban con hierros candentes, cómo los mataban por diversión.
Vi cómo la Corona saqueaba estas tierras y enviaba el oro a España para financiar guerras que no nos pertenecían.
Hizo una pausa, y sus ojos verdosos se llenaron de una tristeza que me sorprendió.
—Y entonces os vi a vos, Doña Catalina —continuó, con la voz suavizándose—.
Una mujer noble, hermosa, inocente, que llegasteis a estas tierras con la esperanza de construir una vida junto a vuestro esposo.
Y supe que vos representabais todo lo que yo había perdido, todo lo que me habían arrebatado.
Vuestra inocencia, vuestro honor, vuestro amor.
Todo lo que yo no podría tener jamás. Y decidí que si yo no podía ser feliz, nadie lo sería.
Que si el mundo me había condenado a la podredumbre, yo convertiría el mundo entero en podredumbre.
Sus palabras, por crueles que fueran, revelaban la verdad de un hombre que había sido destruido por el sistema que pretendía destruir.
El Marqués no era un demonio nacido del infierno, sino un producto de la codicia y la crueldad de los conquistadores, un hombre que había sido herido por el mundo y que había decidido herir al mundo a cambio.
—Entonces morid con vuestro veneno —sentencié, desenvainando la Tizona con un movimiento que hizo chisporrotear el acero negro—.
Pero no permitiré que vuestra locura devore a los inocentes.
No permitiré que vuestra venganza alcance a los niños que no os han hecho daño.
No permitiré que vuestro infierno se extienda más allá de estas ruinas.
El Marqués alzó el frasco, dispuesto a romperlo contra el suelo.
Pero yo ya me movía. Con un salto que desafiaba la fatiga de mis músculos, me abalancé sobre él, y la Tizona silbó en el aire.
El acero toledano se hundió en el pecho del Marqués, atravesando el jubón de terciopelo podrido y el corazón corrompido que latía bajo él.
El Marqués soltó un gorgoteo ahogado, y el frasco resbaló de sus dedos para estrellarse contra las losas.
El líquido verdoso se derramó sobre la piedra, pero antes de que el vapor pudiera expandirse, tomé una antorcha que ardía en un candelabro cercano y la arrojé sobre el charco.
Las llamas lamieron el líquido con una furia voraz, consumiendo el veneno en una nube de humo negro y acre que se elevó hacia el techo derrumbado.
El Marqués cayó de rodillas, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí las losas del altar. Sus ojos verdosos me contemplaron con una mezcla de odio y de alivio, como si la muerte fuera finalmente el descanso que había buscado durante toda su vida.
—Habéis ganado, Doña Catalina —susurró, con la voz quebrada por la agonía—.
Pero no habéis ganado la guerra. La Corona enviará más ejércitos, más virreyes, más inquisidores.
La codicia de los hombres blancos es insaciable.
Nunca dejarán de saquear estas tierras, nunca dejarán de esclavizar a los inocentes.
Vuestra victoria es efímera, Doña Catalina. Tan efímera como la mía.
—Quizás tengáis razón —respondí, con la voz firme, arrodillándome junto a él para que mis ojos estuvieran a la altura de los suyos—.
Quizás la codicia de los hombres blancos nunca desaparezca.
Quizás la Corona envíe más ejércitos, más virreyes, más inquisidores.
Pero mientras haya una mujer que se alce contra la tiranía, mientras haya un hombre que defienda a los inocentes, mientras haya una madre que luche por sus hijos, la esperanza no morirá.
Y esa esperanza, Marqués, es lo que vos nunca tuvisteis.
El Marqués sonrió, una sonrisa triste y valiente que iluminó su rostro demacrado. Sus ojos verdosos comenzaron a apagarse, la luz sobrenatural que los había animado durante años se desvanecía como una vela que se extingue en el viento.
—Quizás tengáis razón, Doña Catalina —murmuró, con la voz apenas audible—.
Quizás la esperanza sea lo único que nos separa de las bestias.
Quizás por eso os odié tanto. Porque vos teníais lo que yo había perdido.
Porque vos amabais lo que yo había destruido.
Porque vos vivíais lo que yo había enterrado.
Sus ojos se cerraron con lentitud, y su cuerpo se relajó sobre las losas del altar, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí la piedra sagrada. Su respiración se detuvo, y el silencio que cayó sobre la catedral fue más denso que la piedra que nos rodeaba.
Me incorporé con lentitud, sintiendo cómo las lágrimas fluían libremente por mis mejillas.
No lloraba por el Marqués, ni por la venganza cumplida.
Lloraba por la tragedia de un hombre que había sido destruido por el mundo que pretendía destruir, por la crueldad de un sistema que convertía a las víctimas en verdugos y a los verdugos en víctimas.
Lloraba por la inocencia perdida, por la esperanza quebrada, por el amor que nunca pudo ser.
Salí de la catedral, y el sol del atardecer me golpeó el rostro con una calidez que me devolvió la cordura.
En la plaza mayor, Elvira y los guerreros de la rebelión me aguardaban, sus rostros iluminados por la luz dorada del ocaso.
Al ver que salía sola, que el Marqués había caído, que la plaga había sido detenida, un rugido de júbilo brotó de sus gargantas, un alarido que resonó en las ruinas de la ciudad como el tañido de una campana de victoria.
Elvira corrió hacia mí, y me abrazó con una fuerza que me deshizo por dentro. Su cuerpo, que antaño había sido el de una niña asustada, era ahora el de una mujer fuerte y valiente, una heredera de dos mundos que había encontrado su lugar en el mundo.
—Lo habéis logrado, madre —susurró la joven, con la voz quebrada por las lágrimas—. Habéis detenido al Marqués. Habéis salvado a las Indias. Habéis cumplido la promesa que le hicisteis al padre Yahya.