La flor que no perdona CAPÍTULO 39 LA CAÍDA DEL VIRREINATO Y LA LOBA COMO ESTANDARTE #3
97%

CAPÍTULO 39 LA CAÍDA DEL VIRREINATO Y LA LOBA COMO ESTANDARTE #3

Ixpan desmontó de su caballo y se acercó a mí con paso solemne. Se arrodilló ante mí sobre los adoquines manchados de sangre, inclinando la cabeza hasta que su frente tocó el suelo.

—Doña Catalina de Mendoza, loba de sangre blanca, mujer que ha cruzado el mar de cristal, madre que lleva en su vientre la semilla de dos mundos, portadora de la espada negra que bebe la sangre de los tiranos —pronunció el cacique, con la voz resonando como piedras rodando por un barranco—.

Los espíritus de las Indias os reconocen como su líder.

Los indígenas, los cimarrones, los esclavos, todos os ofrecen su lealtad, sus lanzas, sus vidas.

Desde este día, sois nuestra reina, nuestra guía, nuestra hermana de sangre y de fuego.

Los demás guerreros, al ver a Ixpan arrodillado, imitaron su gesto, hasta que miles de hombres permanecieron postrados ante mí sobre los adoquines de la plaza mayor, como vasallos ante una soberana.

El viento, que hasta entonces había sido un susurro reverente, comenzó a soplar con furia, levantando nubes de polvo y ceniza que cegaban los ojos y raspaban las gargantas.

Me incorporé con lentitud, sintiendo cómo las lágrimas fluían libremente por mis mejillas, lavando el hollín y la sangre de los días anteriores.

No era una reina. No era una profecía. Era una mujer que había perdido a su esposo, que había sido violada por mercenarios, que había sido esclavizada por encomenderos, que había sido condenada por inquisidores.

Era una madre que luchaba por proteger a su hija.

Era una amante que había encontrado la redención en los brazos de un hereje.

Y sin embargo, aquellos hombres, aquellos guerreros que habían luchado contra la Corona durante décadas, me reconocían como su líder.

—Levantaos —ordené, con la voz firme, tragándome la emoción que me anudaba la garganta—.

No soy vuestra reina. No soy vuestra profecía.

Solo soy una mujer que busca un lugar donde criar a su hija en paz.

Si queréis ofrecerme vuestra amistad, la acepto.

Si queréis ofrecerme vuestra lealtad, la compartiré con vosotros.

Pero no me arrodillaré ante nadie más, ni aceptaré coronas que no he ganado con mi propia sangre.

Ixpan se incorporó con lentitud, y sus ojos oscuros me escrutaron con una intensidad que me deshizo por dentro.

—La loba no reconoce su propia cola —murmuró el cacique, con la voz cargada de una reverencia que me heló la sangre—. Pero los espíritus sí. Y los espíritus han hablado.

Elvira se acercó a mí, su mano descansando sobre el pomo de su espada Memoria. Sus ojos ámbar, brillantes por la determinación y el dolor, me contemplaron con una intensidad que me devolvió la cordura.

—Madre —susurró la joven, con la voz firme, desafiando el viento del desierto—.

El Marqués de la Sangre aún respira. Los transformados aún vagan por las Indias.

La plaga aún no ha sido detenida. Si aceptamos el liderazgo de estos hombres, si aceptamos guiar esta rebelión, podemos detener al Marqués.

Podemos curar la peste. Podemos salvar a los inocentes que aún quedan en las Indias.

La miré, y en sus ojos leí la misma determinación que ardía en mi pecho.

La misma furia, la misma voluntad, la misma promesa de venganza y de redención.

Mi pequeña flor de azahar había crecido, y ahora era una loba como su madre, una guerrera como su padre, una heredera de dos mundos que se negaba a ser derrotada por el destino.

Tomé su rostro entre mis manos, y la besé en la frente con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada.

—Entonces acepto el liderazgo —sentencié, con la voz resonando en las ruinas de la ciudad como el tañido de una campana de guerra—.

Acepto guiar esta rebelión. Acepto luchar contra el Marqués de la Sangre.

Acepto curar la peste. Acepto salvar a los inocentes.

Pero no lo haré como reina, ni como profecía.

Lo haré como madre, como amante, como viuda.

Lo haré por la memoria de Rodrigo, por la memoria de Yahya, por el futuro de Elvira.

Y lo haré hasta que el último transformado sea destruido, hasta que el último aliento del Marqués de la Sangre se extinga, hasta que las Indias sean libres.

Un rugido de aprobación brotó de las gargantas de los guerreros indígenas, de los cimarrones, de los esclavos.

Aquel grito no era solo un alarido de guerra; era el juramento de una hermandad forjada en el dolor y templada en la adversidad.

Era el grito de los que habían sido sometidos, de los que habían sido esclavizados, de los que habían sido diezmados, y que ahora, al ver la caída del poder de la Corona, habían decidido que era el momento de la venganza.

Alcé la Tizona hacia el cielo, su acero negro bebiendo la luz del sol con una furia que desafiaba a los dioses antiguos.

—¡Que vengan! —bramé, con la voz resonando en las ruinas de la ciudad—.

¡Que venga el Marqués de la Sangre! ¡Que vengan sus transformados!

¡Que vengan los ejércitos de la Corona! ¡Que vengan todos!

Porque mientras respire, mientras mi espada pueda cortar, mientras mi aliento pueda susurrar el nombre de Yahya al oído de Elvira, las Indias serán libres.

Las Indias serán nuestras. Las Indias serán el cementerio de los tiranos.

Mientras el sol alcanzaba su cenit, tiñendo las ruinas de Nombre de Dios de un rojo sangriento que se reflejaba en las arenas del desierto, supe que la verdadera batalla por la supervivencia estaba a punto de comenzar.

Porque ahora, no solo luchaba contra el Marqués de la Sangre, contra los transformados y contra los ejércitos de la Corona.

Ahora, luchaba por el alma de un continente que se debatía entre la codicia y la redención, por la libertad de un pueblo que había sido sometido durante décadas, por el futuro de una hija que llevaba en sus venas la sangre de dos mundos.

Pero lo que yo no sabía, lo que ninguno de nosotros podía imaginar en aquel instante de furia y determinación, era que el Marqués de la Sangre no había huido de Nombre de Dios.

Que el demonio de la cicatriz aún estaba en la ciudad, escondido en las ruinas de la catedral, esperando el momento perfecto para desatar su última y más terrible arma.

Porque mientras el sol alcanzaba su cenit, y los guerreros de la rebelión celebraban la caída de la ciudad, una figura se deslizaba entre las sombras de la catedral, llevando en sus manos un frasco de cristal lleno de un líquido espeso y burbujeante que emitía un vapor verdoso.

Y en ese frasco, escrito con tinta roja y firmado con el sello del Marqués, estaba el destino de las Indias, un destino que cambiaría el rumbo de nuestra historia, y que convertiría las ruinas de Nombre de Dios en el escenario de una batalla que desafiaría toda comprensión humana.

Porque el Marqués de la Sangre no había creado solo un ejército de transformados. Había creado algo mucho peor, algo que haría que los transformados parecieran niños jugando a la guerra. Había creado el fin del mundo.

En el momento que el sol alcanzaba su cenit, y los guerreros de la rebelión celebraban la caída de la ciudad, el Marqués de la Sangre, escondido en las ruinas de la catedral, alzó el frasco de cristal hacia el cielo y susurró las palabras que habrían de desatar el apocalipsis.