CAPÍTULO 39 LA CAÍDA DEL VIRREINATO Y LA LOBA COMO ESTANDARTE #2
Los señores del viento, con la celeridad de los que han aprendido a sobrevivir en el desierto, se cubrieron los rostros con los velos grises que los protegían del sol y la arena.
Yo tomé un paño de lino de mi faja, lo empapé en el odre de vinagre que colgaba de mi cintura y lo apliqué sobre mi nariz y mi boca.
Elvira hizo lo mismo, sus ojos ámbar brillando con una determinación que desafiaba a la muerte.
Pero el vapor amarillento se expandía con una rapidez sobrenatural, devorando el aire que respirábamos, convirtiendo el oasis en una trampa mortal.
Los transformados, al entrar en contacto con el vapor, comenzaron a agitarse con furia, sus cuerpos retorciéndose en espasmos mientras el elixir potenciaba su locura y su hambre.
Sus aullidos se tornaron más agudos, más desgarradores, más inhumanos.
—¡Debemos salir del oasis! —grité, con la voz ahogada por el paño empapado en vinagre—. ¡El vapor nos matará antes de que los transformados nos alcancen!
Kariak asintió con gravedad, y ordenó a sus guerreros que formaran una cuña de ataque.
Los nómadas, con los rostros cubiertos y las cimitarras desenvainadas, se lanzaron contra el muro de transformados que nos rodeaba, abriéndose paso con una ferocidad que desafiaba a la muerte.
El acero de cobre cantó en el aire, segando extremidades y abriendo cráneos con una facilidad espantosa.
Los transformados caían bajo los golpes de los nómadas, pero se incorporaban con una rapidez sobrenatural, sus heridas cerrándose con una velocidad que desafiaba las leyes de la naturaleza.
Yo corría en la vanguardia, con la Tizona en la mano derecha y el paño empapado en vinagre en la izquierda.
Elvira me seguía de cerca, su espada Memoria trazando arcos de plata que segaban vidas con una precisión letal.
Juntas, nos abrimos paso entre la marea de monstruos, nuestras espadas cantando al unísono, nuestras respiraciones acompasadas por el terror y la determinación.
Alcanzamos el borde del oasis, donde las palmeras daban paso a las arenas del desierto.
El aire, aunque aún viciado por el vapor amarillento, era menos denso, y el olor a podredumbre comenzó a remitir.
Pero los transformados nos seguían, sus aullidos resonando en la noche del desierto como el lamento de mil almas condenadas.
—¡Hacia el norte! —bramó Kariak, señalando hacia las montañas que se recortaban contra el cielo estrellado—. ¡Hacia las ciudades de la costa! ¡Debemos advertir a los colonos! ¡Debemos detener al Marqués antes de que alcance las murallas de Nombre de Dios!
La marcha hacia el norte fue una travesía por los círculos más profundos del purgatorio.
Corrimos durante horas por las arenas del desierto, esquivando los pozos de arena movediza y los nidos de las víboras cornudas que acechaban bajo las rocas.
El vapor amarillento nos seguía, una nube pestilente que se extendía por el páramo como un sudario de muerte.
Los transformados, aunque más lentos que nosotros, no se detenían, su hambre insaciable impulsándolos hacia adelante con una determinación sobrenatural.
Al amanecer del segundo día, cuando el sol comenzó a teñir de rojo las cumbres de las montañas, divisamos las murallas de Nombre de Dios.
La ciudad, construida sobre los cimientos de un antiguo poblado indígena, se alzaba como una fortaleza de piedra y adobe, con calles empedradas y casas de techos rojos que se apiñaban alrededor de la plaza mayor.
Pero algo había cambiado. Las murallas, antaño relucientes bajo el sol del trópico, estaban ahora cubiertas de hollín y sangre.
Las torres de vigía, antaño custodiadas por soldados de los Tercios, estaban ahora desiertas, sus almenas rotas y sus antorchas apagadas.
—La ciudad ha caído —susurró Elvira, con la voz quebrada por el horror—. Los transformados han llegado antes que nosotros.
Nos acercamos a las murallas con la cautela de los que saben que cada paso puede ser el último.
Al llegar a la puerta principal, encontramos el espectáculo que desafió toda comprensión cristiana.
Las pesadas puertas de roble, reforzadas con bandas de hierro, estaban destrozadas, astilladas por los golpes de los transformados.
En el suelo, cubriendo los adoquines de la entrada, yacían los cadáveres de los soldados de la guarnición, sus petos de acero abollados y sus morriones rotos, sus rostros desfigurados por las mordeduras de los monstruos.
Cruzamos las murallas destrozadas, y el espectáculo que se ofreció ante nuestros ojos me dejó sin aliento.
Las calles de Nombre de Dios estaban cubiertas de cadáveres, sus cuerpos amontonados en las esquinas como montañas de carne podrida.
Las casas, antaño refugios de la opulencia colonial, estaban ahora saqueadas y destrozadas, sus puertas arrancadas de los goznes, sus ventanas rotas, sus techos derrumbados.
El olor a muerte y a podredumbre era tan intenso que tuve que cubrirme la nariz y la boca con el paño empapado en vinagre.
Pero lo que más me heló la sangre no fue la visión de los cadáveres, ni el hedor de la muerte.
Fue el silencio. Un silencio absoluto, tan denso que podía escucharse el latido de mi propio corazón.
No había gritos, ni lamentos, ni sonidos de lucha.
Solo el silencio de una ciudad muerta, devorada por la plaga que el Marqués de la Sangre había desatado.
—¿Dónde están los sobrevivientes? —pregunté, con la voz quebrada por el horror—. ¿Dónde están los colonos, los mercaderes, los sacerdotes? ¿Dónde están los niños?
Kariak se acercó a mí, su rostro demudado por la gravedad del mensajero.
—No hay sobrevivientes, mujer de sangre blanca —murmuró el cacique, con la voz grave y pausada—. Los transformados los han devorado a todos. La ciudad está muerta.
El suelo se hundió bajo mis pies. El aire se volvió denso, irrespirable.
Miré a Elvira, y en sus ojos leí la misma certeza absoluta que anudaba mi garganta.
Nombre de Dios había caído. La primera ciudad fundada en tierra firme por los conquistadores, el símbolo del poder de la Corona en las Indias, había sido devorada por la plaga que el Marqués de la Sangre había desatado.
Pero la batalla no había terminado. Mientras contemplábamos las ruinas de la ciudad, un sonido nuevo rompió el silencio de la muerte.
No era el aullido de los transformados, ni el crujido de la madera al partirse.
Era el sonido de los tambores de guerra, un redoble profundo y rítmico que resonaba en las montañas que rodeaban la ciudad, que se extendía por los valles y los páramos, que llegaba desde los rincones más remotos de las Indias.
—Los tambores de las rebeliones —susurró Kariak, con los ojos brillando por una luz sobrenatural—.
Los espíritus del desierto han hablado. Los indígenas de las montañas, los cimarrones de las costas, los esclavos de las minas, todos han escuchado el llamado.
Todos han alzado sus lanzas contra la Corona.
La caída de Nombre de Dios ha encendido la mecha de la rebelión.
Desde las montañas que rodeaban la ciudad, una marea de guerreros indígenas comenzó a descender hacia las ruinas.
No eran los salvajes de las tierras lejanas, ni los simples bandidos del desierto.
Eran los chibchas, los taínos, los caribes, los pueblos que habían sido sometidos por los conquistadores, que habían sido esclavizados, que habían sido diezmados por la peste y la codicia.
Y ahora, al ver la caída de la ciudad, al ver que el poder de la Corona había sido devorado por su propia plaga, habían decidido que era el momento de la venganza.
Detrás de ellos, emergiendo de las selvas de la costa, venían los cimarrones, los esclavos fugitivos que habían construido palenques en las montañas, que habían luchado contra los soldados de los Tercios, que habían jurado que nunca más volverían a ser esclavos.
Y detrás de ellos, emergiendo de las minas de plata de Potosí, venían los esclavos africanos, los hombres que habían sido arrancados de sus tierras, que habían sido marcados con hierros candentes, que habían sido obligados a trabajar hasta la muerte en las profundidades de la tierra.
Todos ellos, indígenas, cimarrones, esclavos, marchaban hacia las ruinas de Nombre de Dios, sus tambores resonando al unísono, sus lanzas reluciendo bajo el sol del trópico.
Y al frente de todos ellos, montado en un caballo blanco que piafaba sobre los cadáveres de los conquistadores, se encontraba Ixpan, el cacique de las tierras lejanas, el hombre que me había devuelto la dignidad en la encomienda, el hombre que había jurado que los espíritus de la selva cabalgarían conmigo hasta el fin del mundo.
Ixpan detuvo su caballo en el centro de la plaza mayor, sus ojos oscuros escrutando las ruinas de la ciudad con una intensidad que desafiaba a la muerte. Luego, su mirada se posó en mí, y una sonrisa lenta y cruel se dibujó en sus labios.
—¡Mujer de sangre blanca! —bramó el cacique, su voz resonando en las ruinas de la ciudad como el tañido de una campana de guerra—.
¡Los espíritus del desierto han hablado!
¡Los espíritus de la selva han hablado! ¡Los espíritus de las montañas han hablado!
¡Todos los espíritus de las Indias han hablado!
¡La Corona ha caído! ¡El Virrey ha huido!
¡Los conquistadores han muerto! ¡Y ahora, las Indias son nuestras!
Un rugido de aprobación brotó de las gargantas de los guerreros indígenas, de los cimarrones, de los esclavos.
Aquel grito no era solo un alarido de guerra; era el juramento de una hermandad forjada en el dolor y templada en la adversidad.
Era el grito de los que habían sido sometidos, de los que habían sido esclavizados, de los que habían sido diezmados, y que ahora, al ver la caída del poder de la Corona, habían decidido que era el momento de la venganza.