CAPÍTULO 39 LA CAÍDA DEL VIRREINATO Y LA LOBA COMO ESTANDARTE
La horda de transformados se precipitó sobre nosotros con la ferocidad de una avalancha de carne podrida y desesperación.
No eran hombres, ni bestias, sino algo intermedio y abominable, una parodia de la creación divina que el Marqués de la Sangre había engendrado en los calderos de su alquimia maldita.
Sus pieles, de un gris ceniciento y cubiertas de pústulas que supuraban un líquido negro, se adherían a los huesos como pergamino mojado.
Sus ojos, inyectados en sangre y desprovistos de toda humanidad, ardían con el fuego de una locura sobrenatural.
Sus bocas, abiertas en un grito perpetuo, revelaban dientes negros y afilados que goteaban saliva espesa y pestilente.
—¡Formad un círculo defensivo! —bramé, desenvainando la Tizona con un movimiento que hizo chisporrotear el acero negro bajo la luz de las antorchas—. ¡Proteged a los heridos! ¡No dejéis que os mordeduras alcancen vuestra carne!
Los señores del viento, aquellos nómadas que bebían la sangre de los cactus y cabalgaban las tormentas de arena, obedecieron con la disciplina de los veteranos.
Formaron un círculo compacto alrededor de Elvira y de mí, sus cimitarras de cobre martilleado reluciendo a la luz de las llamas.
Kariak, el jefe de ojos ámbar ahumados, se colocó a mi lado, su rostro pintado para la guerra con las líneas geométricas de su linaje.
—Estos no son hombres, mujer de sangre blanca —gruñó el cacique, escupiendo al suelo con desprecio—. Son demonios encarnados. Los espíritus del desierto los han rechazado, y ahora vagan sin alma, devorados por el hambre de la carne viva.
La primera oleada de transformados se estrelló contra nuestro círculo defensivo con la violencia de un río desbordado.
Los nómadas luchaban con una ferocidad sobrenatural, sus cimitarras segando extremidades y abriendo cráneos con una facilidad espantosa.
Pero los transformados no sentían dolor.
Un guerrero de los señores del viento hundió su hoja en el pecho de uno de aquellos monstruos, atravesándole el corazón, pero la criatura ni siquiera se inmutó.
Con un rugido gutural, agarró la cimitarra con las manos desnudas y la arrancó del pecho, luego se abalanzó sobre el guerrero y le hundió los dientes en la garganta.
El grito de agonía del nómada resonó en el aire viciado del oasis, seguido por el sonido húmedo y nauseabundo de la carne siendo desgarrada.
La sangre manó a chorros, tiñendo de carmesí la arena blanca del desierto.
Los demás guerreros retrocedieron un paso, el terror reflejándose en sus ojos ámbar.
—¡No os detengáis! —vociferé, lanzándome contra el transformado que había matado al guerrero—. ¡El fuego! ¡Usad el fuego!
Recordé las palabras de Yahya, sus enseñanzas sobre la naturaleza de la peste y la podredumbre.
La carne corrupta teme al fuego, porque el fuego purifica, porque el fuego devuelve a la materia a su estado original de ceniza y olvido.
Tomé una antorcha que ardía en un candelabro de piedra y la arrojé contra el grupo de transformados que nos acechaba.
Las llamas lamieron la carne podrida de los monstruos, y un olor a pelo y grasa ardida llenó el aire, tan punzante que tuve que cubrirme la nariz y la boca con el borde de mi sayal.
Los transformados soltaron aullidos de agonía, sus cuerpos retorciéndose en espasmos mientras el fuego consumía su carne corrupta.
Uno a uno, cayeron de rodillas, sus pieles desintegrándose bajo el calor de las llamas, hasta que solo quedaron cenizas y huesos calcinados sobre la arena.
—¡El fuego los detiene! —gritó Elvira, tomando otra antorcha y arrojándola contra otro grupo de monstruos—. ¡Usad las teas! ¡No dejéis que se acerquen!
Los señores del viento, al ver que el fuego era efectivo contra los transformados, comenzaron a lanzar antorchas con una precisión letal.
Las llamas formaron un muro de fuego alrededor de nuestro círculo defensivo, creando una barrera infranqueable para los monstruos.
Los transformados, al encontrarse con el muro de fuego, comenzaron a agitarse con furia, sus aullidos resonando en la noche del desierto como el lamento de mil almas condenadas.
Pero la batalla no había terminado. Desde las sombras de las palmeras, más transformados emergían, sus siluetas recortadas contra la luz de la luna como espectros de una pesadilla. Y entre ellos, avanzando con la parsimonia de un rey que visita a sus vasallos, se encontraba el Marqués de la Sangre.
Su figura era una pesadilla hecha carne.
La enfermedad y el veneno de la selva habían consumido su humanidad hasta dejar solo la cáscara de una bestia impulsada por el odio y la locura.
Su piel, de un gris ceniciento y cubierto de pústulas que supuraban un líquido negro, se adhería a los huesos como un pergamino mojado.
Su brazo derecho, hinchado y deformado, terminaba en una garra de uñas negras y retorcidas.
Pero lo más aterrador eran sus ojos: dos cuencas vacías donde ardía un fuego sobrenatural, una luz verdosa que no pertenecía a este mundo.
—¡Doña Catalina! —bramó el Marqués, su voz sonando como el chirrido de dos piedras de molino frotándose—. ¡Llegáis justo a tiempo para presenciar el nacimiento de un nuevo mundo! ¡El mundo de la podredumbre y la purga!
Se detuvo a veinte pasos de nuestro círculo defensivo, sus ojos verdosos escrutándonos con una intensidad que helaba la sangre.
A su lado, dos de sus alquimistas, hombres de rostros cubiertos por pañuelos empapados en vinagre, sostenían sendos frascos de cristal llenos de un líquido espeso y burbujeante que emitía un vapor amarillento.
—La flor de la noche no cura la peste, Doña Catalina —continuó el Marqués, con una sonrisa cruel que revelaba sus dientes negros y afilados—.
La perfecciona. Los hombres no mueren con este nuevo brebaje.
Se transforman. Pierden la razón, sienten un hambre insaciable y su carne se vuelve inmune al acero.
He probado el elixir en cien prisioneros indígenas.
Ya no son hombres. Son bestias. Y esta noche, bajo la luna llena, los enviaré hacia el norte, hacia las ciudades de la costa.
Que Dios tenga piedad de las Indias, porque el verdadero infierno acaba de nacer en el desierto.
La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.
El Marqués no solo había creado un ejército de monstruos.
Había creado una plaga que se propagaría por las Indias como un fuego incontrolable, devorando ciudades enteras, convirtiendo a miles de inocentes en bestias hambrientas de carne viva.
Si aquellos transformados alcanzaban las ciudades de la costa, si lograban infiltrarse en Nombre de Dios, en Cartagena, en Santa Marta, la peste se extendería por el océano hasta alcanzar las costas de España, hasta alcanzar los puertos de Cádiz y Sevilla, hasta alcanzar los jardines de mi infancia y las tumbas de mis ancestros.
—¡Sois un demonio! —grité, con la voz resonando en la quietud del oasis como el tañido de una campana de guerra—. ¡Sois la encarnación del mal! ¡Que Dios os condene en la otra vida, porque en esta ya camináis con un pie en el averno!
El Marqués soltó una risa seca, carente de humor, que resonó en las paredes del oasis como el croar de un cuervo gigante.
—Dios ya me ha condenado, Doña Catalina —musitó el tirano, con los ojos ardiendo con el fuego de la locura—.
Dios me condenó el día en que permití que los hombres blancos pisotearan estas tierras, el día en que permití que la codicia y la crueldad se convirtieran en la ley de estas tierras.
Pero yo no soy el único demonio en este desierto.
Vos también lo sois, Doña Catalina. Vos sois la loba que ha desafiado a la Corona, a la Inquisición, a los espíritus del desierto.
Vos sois la mujer que ha amado a un hereje, que se ha aliado con los infieles, que ha masacrado a los soldados de Su Majestad.
Vos sois el demonio que ha traído la perdición a estas tierras.
Sus palabras, por crueles que fueran, no lograron quebrantar mi determinación.
La furia de una madre, el honor de una Mendoza y el amor de una viuda se habían fundido en un acero indestructible en mi pecho.
Tomé la Tizona, y la alcé hacia el cielo del desierto, su acero negro bebiendo la luz de la luna con una furia que desafiaba a los dioses antiguos.
—Que venga —sentencié, con la voz resonando en la quietud del páramo—.
Que venga vuestro ejército de monstruos.
Que venga vuestro elixir de podredumbre.
Que venga todo. Porque mientras respire, mientras mi espada pueda cortar, mientras mi aliento pueda susurrar el nombre de Yahya al oído de Elvira, no permitiré que vuestro infierno alcance las ciudades de la costa.
No permitiré que vuestra plaga devore a los inocentes.
No permitiré que vuestra maldad se extienda más allá de este desierto.
El Marqués me observó en silencio durante un largo instante, sus ojos verdosos escrutándome con una intensidad que me heló la sangre.
Luego, con un gesto lento y deliberado, hizo una señal a sus alquimistas.
Los dos hombres rompieron los frascos de cristal contra el suelo, y el líquido espeso y burbujeante se derramó sobre la arena, liberando una nube de vapor amarillento que comenzó a expandirse con la rapidez de un depredador al acecho.
—¡El elixir! —bramó Kariak, desenvainando su cimitarra con un movimiento espasmódico—. ¡El vapor nos infectará! ¡Cubrid vuestros rostros!