La flor que no perdona CAPÍTULO 38 LA HEREDERA DE LA ESPADA Y EL LEGADO DE DOS MUNDOS
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CAPÍTULO 38 LA HEREDERA DE LA ESPADA Y EL LEGADO DE DOS MUNDOS

Cuatro años habían transcurrido desde que las cenizas de Yahya se elevaron hacia el cielo en los cerros rojos, cuatro años en los que el desierto había esculpido a la niña que lloraba sobre un lecho de pieles de jaguar hasta convertirla en un arma letal y silenciosa.

Elvira ya no era la pequeña flor de azahar que se aferraba a mi sayal en las bodegas del galeón.

A sus quince años, la joven poseía la estatura esbelta y los movimientos felinos de los señores del viento, pero en la línea firme de su mandíbula y en la indomable rectitud de su mirada habitaba el espectro inconfundible de los Mendoza.

Su piel, curtida por el sol implacable del páramo, tenía el tono del bronce pulido, y sus ojos, de un ámbar profundo y penetrante, eran el espejo exacto del hombre que le había dado la vida y que yacía transformado en viento y arena.

Yo la observaba desde la sombra de un peñasco, con los brazos cruzados sobre el pecho y el corazón dividido entre el orgullo de la madre y el terror de la guerrera.

En el centro del campamento, Elvira se batía en duelo con Kariak.

La joven empuñaba una espada que era la encarnación física de su dual herencia.

Yahya, en los últimos días de su vida en los cerros rojos, había forjado aquella hoja con los fragmentos de la espada de Rodrigo, el acero toledano que me había acompañado desde Cádiz, y lo había templado con el metal de las cimitarras de los señores del viento.

El resultado era un arma de una belleza sobrecogedora, de hoja ligeramente curva, pero con la guarda y el pomo de la escuela castellana.

Elvira la había bautizado con el nombre de Memoria.

Kariak atacó con la furia de una tormenta de arena, su cimitarra de cobre trazando un arco mortal hacia el cuello de la joven.

Elvira no retrocedió. Con la geometría precisa de la esgrima española que yo le había enseñado, recordando las lecciones que Rodrigo me describía en las noches de luna, la joven desvió el golpe.

El acero de Memoria cantó al rozar el cobre, y en el mismo movimiento, con la fluidez adaptativa que Yahya le había inculcado sobre las arenas del desierto, Elvira giró sobre sus talones y detuvo la punta de su espada a una pulgada de la garganta del jefe nómada.

El silencio cayó sobre el campamento, roto únicamente por el jadeo de los combatientes y el susurro del viento sobre las dunas. Kariak bajó su arma y esbozó una sonrisa de respeto, inclinando la cabeza ante la muchacha.

—Tu golpe es recto como la lanza de los blancos, pero tu giro es engañoso como el viento del sur —pronunció el jefe, limpiándose el sudor de la frente—. Has integrado las dos sangres, pequeña loba. Los espíritus del desierto te bendicen.

Elvira envainó la espada con un movimiento fluido y se acercó a mí, enjugándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Sus nudillos estaban despellejados y cubiertos de callosidades, un recordatorio cruel de que su infancia había sido devorada por la necesidad de sobrevivir.

—No es suficiente, madre —murmuró la joven, con la voz grave y pausada, desprovista de la dulzura infantil que antaño me rompía el alma—. Kariak se ha contenido en el tercer asalto. Si el Marqués de la Sangre envía a sus mercenarios, no se contendrán. Debo ser más rápida. Debo ser letal.

Le tomé el rostro entre las manos, acariciando sus mejillas ásperas por la sal y el polvo.

En sus ojos ámbar vi el reflejo de Rodrigo, el esposo noble y valiente que había muerto defendiendo nuestro honor en Cádiz, y vi el fuego de Yahya, el hereje compasivo y letal que había entregado su vida por protegernos en los cerros rojos.

Mi hija era el crisol donde se habían fundido dos mundos que el imperio español intentaba destruir por separado.

—La letalidad no reside solo en la velocidad de la hoja, mi amor —le respondí, con la voz firme, intentando transmitirle la sabiduría que los años de dolor me habían otorgado—.

Reside en la certeza del corazón. Tu padre Rodrigo luchaba por el honor, y por eso su espada era un escudo.

Tu padre Yahya luchaba por la vida, y por eso su acero era un bisturí.

Tú debes decidir por qué luchas tú, Elvira, porque en el oasis de los siete pozos, la duda será tan mortal como el veneno de las víboras.

La joven asintió con lentitud, y en su gesto percibí una madurez que me heló la sangre.

No había inocencia en su aceptación, solo la fría resignación de los condenados que han abrazado su destino.

Guardamos el campamento con la celeridad de los nómadas, dejando atrás las hogueras apagadas y las cenizas frías.

Nuestro destino era el oasis de los siete pozos, el corazón palpitante del desierto, donde según el mapa incompleto de Yahya crecía la flor de la noche.

Y donde el Marqués de la Sangre nos aguardaba con la pieza que faltaba.

La marcha hacia el oasis fue una travesía por un infierno de cristal y sal.

El sol caía a plomo, convirtiendo las arenas en un espejo cegador que abrasaba las retinas y agrietaba los labios.

Avanzábamos al amparo de las sombras de los barrancos, bebiendo la sangre de los cactus y racionando cada gota de agua de los odres.

El silencio del desierto era absoluto, una losa de plomo que solo se quebraba por el crujido de la sal bajo nuestras botas y el tintineo de las armaduras de cuero y cobre de los señores del viento que nos escoltaban.

Fue al caer la tarde del quinto día, cuando las sombras de los cerros se alargaron como dedos esqueléticos sobre la arena, cuando el olfato entrenado de Kariak captó el primer indicio de peligro.

El jefe nómada alzó la mano, y la columna se detuvo en seco, fundiéndose con las rocas en un instante.

Me arrastré junto a él hasta la cresta de una duna petrificada, y oteé el valle que se abría ante nosotros.

En el fondo del barranco, custodiando el estrecho paso que conducía al oasis, había un destacamento de hombres.

No eran indígenas, ni simples bandidos del desierto.

Vestían petos de acero abollados, cubiertos con mantos de lino gris para camuflarse con la arena, y portaban arcabuces cortos y alfanjes de hoja ancha.

Eran los Devoradores de Sol, la guardia personal del Marqués, mercenarios renegados que habían vendido su alma al demonio de la cicatriz por un puñado de ducados y la promesa de saqueo infinito.

—Son veinte —susurró Kariak, sus ojos ámbar entornados por la concentración—. Bien armados. Tienen la posición elevada. Si cargamos de frente, sus arcabuces nos segarán antes de que alcancemos el cuerpo a cuerpo.

Elvira se deslizó junto a mí, su mano descansando sobre el pomo de Memoria. No había miedo en su rostro, solo un cálculo frío y preciso que me recordó a Yahya evaluando a un paciente en la botica de la encomienda.

—No cargaremos de frente —sentenció la joven, con la voz apenas audible—.

El viento está cambiando. Sopla hacia ellos desde el norte.

Si lanzamos las teas empapadas en alquitrán desde la cresta este, el humo cegará a sus vigías.

Madre, vos y Kariak entraréis por el flanco izquierdo cuando disparen la primera descarga.

Yo me deslizaré por el cauce seco del barranco y los tomaré por la retaguardia.

—Es demasiado peligroso, Elvira —repliqué, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas—. Si te descubren, estarás sola contra cinco hombres en un espacio reducido.

La joven me miró, y en sus ojos brilló la luz sobrenatural de los Mendoza y de los alfaquíes de Córdoba.

—No estaré sola, madre —respondió con una serenidad que me deshizo por dentro—. Estaré acompañada por la memoria de mis padres. Y ellos no conocen la derrota.

No tuve tiempo de argumentar. La joven ya se había deslizado por la ladera de la duna, moviéndose con la sigilidad de una serpiente entre las rocas, hasta desaparecer en el cauce seco que serpenteaba hacia el campamento enemigo.

Kariak me miró, asintió con gravedad y señaló a sus guerreros, que ya preparaban las teas encendidas.

El destino de nuestra misión, la vida de miles de inocentes y la venganza de nuestro amor dependían de una niña de quince años que se adentraba en las fauces del lobo.

El humo negro y denso de las teas empapadas en alquitrán estalló en el aire, impulsado por el viento del norte hacia el barranco.

Los gritos de alarma de los mercenarios resonaron en la estrechez de la piedra, seguidos por el estruendo ensordecedor de sus arcabuces, que dispararon a ciegas hacia las crestas, levantando nubes de arena y esquirlas de roca.

—¡Ahora! —bramó Kariak, lanzándose por la ladera con su cimitarra en alto.

Yo desenvainé la Tizona y me uní a la carga.

El impacto contra los mercenarios fue brutal y despiadado.

El acero toledano de mi espada se hundió en la carne de un arcabucero que intentaba recargar su arma, la sangre caliente y oscura salpicando mi rostro.

El olor a pólvora quemada, a sudor rancio y a vísceras abiertas llenó el aire viciado del barranco.

Los señores del viento caían sobre los flancos de los mercenarios con una ferocidad sobrenatural, sus cimitarras de cobre segando extremidades y abriendo yelmos con una facilidad espantosa.

En el centro del caos, busqué a Elvira con la mirada.

La joven había emergido del cauce seco como un demonio vengativo.

Un mercenario, un gigante con el rostro cubierto de cicatrices de viruela, se giró al escuchar sus pasos y alzó su alfanje para partirle el cráneo.

Elvira no se amilanó. Con un movimiento que era pura geometría castellana, desvió el golpe pesado con Memoria, y con un giro fluido de la muñeca, heredado de la destreza de Yahya, hundió la punta de su espada bajo la clavícula del gigante, atravesándole el pulmón.

El hombre soltó un gorgoteo ahogado y cayó de rodillas, escupiendo sangre negra sobre la arena.

Elvira retiró la hoja con un tirón seco, sin mostrar vacilación, sin mostrar piedad.

En sus ojos ámbar no había la horrorizada inocencia de quien quita una vida por primera vez, sino la fría aceptación de quien entiende que la supervivencia exige un precio de sangre.

Giró sobre sus talones y despachó a un segundo mercenario con un tajo horizontal que le abrió la garganta de oreja a oreja.

En menos de un cuarto de hora, el silencio volvió a adueñarse del barranco, roto únicamente por los gemidos de los moribundos y el crepitar de las teas que aún ardían en las rocas. El suelo estaba cubierto de un tapiz macabro de cuerpos destrozados, sangre coagulada y arena teñida de carmesí.

Me acerqué a Elvira, que limpiaba la hoja de Memoria en el manto de un cadáver. Sus manos temblaban ligeramente, el único indicio físico del trauma que su alma acababa de sufrir, pero su rostro permanecía impasible.

—Estás herida —le dije, señalando un corte superficial en su antebrazo izquierdo, donde la hoja de un alfanje había rozado su piel.

—Un rasguño, madre —respondió la joven, guardando la espada en la vaina—. No es nada. Debemos registrar los cuerpos. El capitán de esta jauría debe llevar las órdenes del Marqués.

Nos arrodillamos junto al cadáver del gigante que Elvira había abatido, el capitán de los Devoradores de Sol.

Kariak y sus hombres habían acorralado a los últimos supervivientes y los remataban sin piedad.

Elvira desabrochó el cinto de cuero del mercenario y extrajo un pesado morral de piel de cabra.

Lo abrió con manos firmes y comenzó a revisar su contenido.

Extrajo un puñado de ducados de oro manchados de sangre, un frasco de veneno de víbora, y finalmente, un cilindro de plata sellado con lacre negro.

Elvira rompió el sello con la punta de su daga y desenrolló el pergamino que contenía.

Sus ojos ámbar recorrieron las líneas de caligrafía elegante, y de repente, su rostro se tornó de la palidez de la cera.

El pergamino se escapó de sus dedos, y la joven retrocedió un paso, llevándose las manos a la boca para ahogar un grito de horror.

Me incliné y recogí el pergamino del suelo. La carta estaba escrita con una caligrafía minuciosa y refinada, propia de un hombre educado en las mejores universidades de Europa, y estaba dirigida al Virrey del Perú. Pero no era el destinatario lo que me heló la sangre, sino el contenido del informe.

«Mi señor y Virrey: La trampa ha funcionado a la perfección.

La loba y su cachorra han mordido el anzuelo y se dirigen al oasis de los siete pozos.

Pero no encontrarán la flor de la noche.

La flor ha sido arrancada de la tierra y sus pétalos han sido macerados en los calderos de mis alquimistas.

No cura la peste, mi señor. La perfecciona.

Los hombres no mueren con este nuevo brebaje.

Se transforman. Pierden la razón, sienten un hambre insaciable y su carne se vuelve inmune al acero.

He probado el elixir en cincuenta prisioneros indígenas.

Ya no son hombres. Son bestias. Y esta noche, bajo la luna llena, abriré las compuertas del oasis y los enviaré hacia el norte, hacia las ciudades de la costa.

Que Dios tenga piedad de las Indias, porque el verdadero infierno acaba de nacer en el desierto. »

Levanté la vista del pergamino, y mis ojos se encontraron con los de Elvira.

En ese instante, el sonido de un centenar de tambores de guerra comenzó a resonar desde las profundidades del oasis, un redoble sordo y rítmico que hacía vibrar la tierra bajo nuestras botas, y desde las sombras de las palmeras, una horda de figuras desnudas, de piel grisácea y ojos inyectados en sangre, se lanzó hacia nosotros con un aullido que no pertenecía a este mundo.