CAPÍTULO 37 LA VIUDA DE DOS MUNDOS Y LA FORJA DEL DUELO
Los días que siguieron a la muerte de Yahya se deslizaron por mi conciencia como las arenas del desierto se deslizan entre los dedos de un hombre que intenta retener el tiempo.
No eran días, sino una sola noche prolongada, una penumbra sin alba donde las horas se medían no por el movimiento del sol, sino por el ritmo de mi propio dolor, que latía con la regularidad implacable de un reloj de arena.
Me convertí en una espectadora de mi propia existencia, observando desde algún rincón remoto de mi alma cómo mi cuerpo cumplía con los rituales que los vivos exigen a los muertos, mientras mi espíritu se negaba a abandonar la tienda funeraria donde el cuerpo de Yahya había yacido apenas unas horas antes.
Los señores del viento, aquellos nómadas que bebían la sangre de los cactus y cabalgaban las tormentas de arena, me observaban con una mezcla de reverencia y compasión.
Para ellos, el duelo no era un acto privado, sino un rito comunitario que involucraba a toda la tribu.
Kariak, el jefe de ojos ámbar ahumados, ordenó que se guardaran tres días de silencio absoluto, durante los cuales ninguna hoguera debía encenderse, ninguna canción debía cantarse, ninguna flecha debía volar.
El desierto entero parecía haberse sumido en un luto cósmico, como si las arenas mismas lloraran la pérdida del médico de Córdoba, del hereje que había curado las heridas de los guerreros, del amante que había desafiado a los dogmas de dos religiones para amarme.
Naya, la chamán mayor, se convirtió en mi sombra durante aquellos días.
La mujer de rostro surcado por mil arrugas y ojos lechosos que parecían mirar más allá del mundo físico, se sentaba junto a mí en la entrada de la tienda vacía, y sin decir palabra, me ofrecía cuencos de infusión de adormidera y hojas de sauce.
El líquido, amargo y espeso, me envolvía en un letargo que no era sueño ni vigilia, sino una tierra de nadie donde podía conversar con Yahya sin la interferencia del mundo de los vivos.
—Los espíritus del desierto no lloran a los muertos, mujer de sangre blanca —me dijo Naya en la segunda noche, cuando las estrellas se encendieron sobre el páramo como las lámparas de una catedral infinita—.
Los espíritus los acompañan. Los muertos no se van.
Se transforman. Se convierten en el viento que sopla sobre las arenas, en la lluvia que cae una vez cada cien lunas, en la sombra que protege al caminante bajo el sol del mediodía.
Vuestro amado no ha muerto. Se ha dispersado.
Sus palabras, que en otras circunstancias me habrían parecido las supercherías de una hechicera, se asentaron en mi pecho con la fuerza de una verdad revelada.
Cerré los ojos, y por un instante, sentí el roce del viento sobre mi mejilla como el tacto de los dedos de Yahya acariciando mi rostro.
Sentí el aroma de las resinas aromáticas que ardían en las hogueras funerarias como el perfume de su piel.
Sentí el latido de mi propio corazón como el eco del suyo, que había dejado de latir en el mundo de los vivos pero que ahora latía en el mío, prestado, hasta que yo también cruzara el umbral.
Pero la dulzura de aquella comunión espiritual no lograba apagar la furia que ardía en las profundidades de mi ser.
Una furia fría, metálica, que no tenía nada que ver con el calor de la venganza que había sentido en los días del Marqués de la Sangre.
Era una furia distinta, más profunda, más antigua, la furia de una mujer que ha visto cómo el mundo le arrebata, una y otra vez, todo cuanto ama, y que ha decidido que no permitirá que el destino le arrebate también la voluntad de seguir viviendo.
Al tercer día, cuando el silencio del desierto comenzó a volverse insoportable, me incorporé con un esfuerzo que me arrancó un gemido ahogado.
Mis músculos, entumecidos por la inmovilidad y la infusión de adormidera, protestaron con una rigidez que me obligó a apoyarme en la pared de la tienda para no caer.
Tomé la Tizona, que Naya había dejado junto a mi camastro, y la desenvainé con un movimiento que hizo chisporrotear el acero negro bajo la luz del amanecer.
Salí de la tienda, y el sol del desierto me golpeó el rostro con una intensidad que me obligó a entornar los párpados.
Los señores del viento, reunidos en semicírculo alrededor de las cenizas de la pira funeraria, se giraron hacia mí con una solemnidad que me erizó el vello de la nuca.
Kariak dio un paso al frente, y sus ojos ámbar me escrutaron con una intensidad que desafiaba al sol.
—La loba ha emergido de su cueva —pronunció el jefe, con la voz grave resonando en la quietud del páramo—. ¿Ha encontrado la paz en los campos de asfódelos, o ha venido a buscar la guerra en las arenas del sur?
Lo miré en silencio durante un largo instante, sintiendo cómo el viento del desierto agitaba mi cabello y arrastraba las cenizas de Yahya que aún se adherían a mi piel.
Luego, con un movimiento lento y deliberado, alcé la Tizona hacia el cielo, su acero negro bebiendo la luz del sol con una furia que desafiaba a los dioses antiguos.
—He venido a buscar la guerra —sentencié, con la voz clara y firme, desafiando el silencio del desierto—.
Pero no la guerra de la venganza, ni la guerra de la codicia.
He venido a buscar la guerra de la redención.
He venido a cumplir la promesa que le hice a mi amado bajo el cielo de las estrellas.
He venido a encontrar la flor de la noche, a curar la peste que el Marqués de la Sangre liberó en las aguas de Nombre de Dios, y a salvar a los inocentes que él condenó a la muerte.
Un murmullo de aprobación recorrió las filas de los señores del viento. Kariak sonrió, una sonrisa leve y valiente que iluminó su rostro curtido por mil tormentas de arena.
—Entonces, mujer de sangre blanca, los espíritus del desierto cabalgarán con vos —pronunció el jefe, desenvainando su cimitarra de cobre martilleado—.
Porque la flor de la noche no crece en cualquier lugar.
Crece en el corazón del desierto, en el oasis de los siete pozos, un lugar que ningún hombre blanco ha pisado jamás, un lugar que los espíritus guardan con la ferocidad de los jaguares que acechan a sus crías.
Naya se adelantó, y sus ojos lechosos se clavaron en los míos con una intensidad que me heló la sangre.
—El oasis de los siete pozos está a quince días de marcha hacia el sur —murmuró la chamán, con la voz grave y pausada—.
Pero el camino está plagado de peligros.
Las arenas movedizas que devoran a los caminantes, las víboras cornudas que acechan bajo las rocas, los espíritus del desierto que enloquecen a los que osan perturbar su sueño.
Y hay algo más, algo que los espíritus me han revelado en mis visiones.
Hizo una pausa, y sus ojos lechosos parecieron mirar más allá de mí, hacia un horizonte que solo ella podía ver.
—El Marqués de la Sangre no está muerto —susurró la chamán, con la voz cargada de una certeza que me desgarró el alma—.
El hombre que matasteis en el barranco de los lamentos era un impostor, un pobre diablo al que el verdadero Marqués había marcado con la cicatriz para que lo sustituyera en la muerte.
El verdadero Marqués, el hombre que os violó en Cádiz, el hombre que intentó sacrificar a vuestra hija en el cenote, está vivo.
Y os espera en el oasis de los siete pozos.
El suelo se hundió bajo mis pies. El aire se volvió denso, irrespirable.
Miré a Naya, y en sus ojos lechosos leí la misma certeza absoluta que anudaba mi garganta.
El Marqués de la Sangre estaba vivo. El demonio que había destruido mi vida no había muerto en las llamas del barranco.
Había regresado de las cenizas, y ahora me esperaba en el oasis de los siete pozos, en el corazón del desierto, en el lugar donde crecía la flor de la noche.
—¿Cómo lo sabéis? —pregunté, con la voz firme, tragándome el terror que me oprimía el pecho—. ¿Cómo podéis estar segura de que no es otra de las pruebas de los espíritus, otro espejismo tejido con mis propios miedos?
Naya sonrió con tristeza, y sus ojos lechosos se llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas, perdiéndose entre los pliegues de su túnica gris.
—Porque los espíritus no mienten, mujer de sangre blanca —murmuró la chamán, con la voz quebrada por la emoción—.
Y porque he visto su rostro en las arenas del sur.
He visto su cicatriz brillando bajo la luna.
He visto sus ojos ardiendo con el fuego de la locura.
Y he visto cómo os espera, con la paciencia de los buitres que acechan a su presa.
Me incorporé con lentitud, sintiendo cómo la furia de una madre, el honor de una Mendoza y el amor de una viuda se fundían en un acero indestructible en mi pecho.
Tomé la bolsa de cuero que contenía las cenizas de Yahya, y la apreté contra mi corazón, sintiendo el calor de las cenizas a través del cuero.
Luego, alcé la Tizona hacia el cielo del desierto, su acero negro bebiendo la luz del sol con una furia que desafiaba a los dioses antiguos.
—Que venga —sentencié, con la voz resonando en la quietud del páramo como el tañido de una campana de guerra—.
Que venga el Marqués de la Sangre. Que venga con sus mercenarios, con sus arcabuces, con sus demonios.
Que venga todos. Porque mientras respire, mientras mi espada pueda cortar, mientras mi aliento pueda susurrar el nombre de Yahya al oído de Elvira, la memoria de mi amor sobrevivirá a la muerte, a la traición, a la codicia de los hombres y a la crueldad de los dioses.
Kariak se arrodilló ante mí, y los señores del viento lo imitaron, hasta que todos los guerreros del desierto permanecieron postrados ante mí sobre la costra de sal.
El viento, que hasta entonces había sido un susurro reverente, comenzó a soplar con furia, levantando nubes de sal y arena que cegaban los ojos y raspaban las gargantas.
Pero yo no me moví. Me quedé de pie, con la Tizona en la mano derecha y la bolsa de cenizas apretada contra mi pecho con la izquierda, contemplando el horizonte donde las montañas del sur se recortaban contra el cielo blanco del desierto.
Elvira, a mi lado, tomó mi mano libre, y juntas miramos hacia el sur, hacia las tierras donde la flor de la noche aguardaba, hacia las tierras donde la misión de Yahya habría de cumplirse.
Fue entonces cuando sentí el roce de sus pequeños dedos contra los míos, y bajé la vista para encontrar a mi hija mirándome con unos ojos que ya no eran los de la niña que había llorado sobre el cuerpo de Yahya.
Eran los ojos de una joven, de una mujer que había visto la muerte de cerca y que había decidido que no sería su víctima.
Eran los ojos ámbar de su padre, brillando con una determinación que me deshizo por dentro.
—Madre —susurró Elvira, con la voz firme, desafiando el viento del desierto—. Yo también iré con vos. No me quedaré atrás. No mientras el hombre que mató a mi padre respire. No mientras la flor de la noche pueda ser encontrada. No mientras haya una sola vida que salvar.
La miré, y en sus ojos leí la misma determinación que ardía en mi pecho.
La misma furia, la misma voluntad, la misma promesa de venganza y de redención.
Mi pequeña flor de azahar había crecido, y ahora era una loba como su madre, una guerrera como su padre, una heredera de dos mundos que se negaba a ser derrotada por el destino.
Tomé su rostro entre mis manos, y la besé en la frente con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada.
—Entonces iremos juntas, mi amor —susurré, con la voz quebrada por las lágrimas que finalmente comenzaron a brotar—.
Juntas encontraremos la flor de la noche.
Juntas curaremos la peste. Juntas nos enfrentaremos al Marqués de la Sangre.
Y juntas, si los espíritus del desierto nos lo permiten, vengaremos la muerte de vuestro padre.
Elvira asintió con la cabeza, y sus ojos ámbar brillaron con una luz sobrenatural que desafiaba al sol del desierto. Tomó la Tizona de mi mano, y la alzó hacia el cielo, su acero negro bebiendo la luz del sol con una furia que desafiaba a los dioses antiguos.
Y en aquel instante, mientras el viento del desierto agitaba nuestros cabellos y arrastraba las cenizas de Yahya sobre las arenas del sur, supe que no estábamos solas.
Que Yahya estaba con nosotras, en cada grano de arena que el viento arrastraba, en cada estrella que brillaba sobre el páramo, en cada latido de nuestros corazones.
Y que mientras respiráramos, mientras la Tizona pudiera cortar, mientras nuestro aliento pudiera susurrar su nombre al oído del desierto, nadie, ni la Corona, ni la Inquisición, ni los dioses del desierto, ni el Marqués de la Sangre, podría separarnos jamás.
Elvira bajó la espada, y me miró con una seriedad que me partió el alma.
—Madre —dijo, con la voz firme—, antes de partir, hay algo que debéis saber. Algo que el padre Yahya me reveló antes de morir, algo que no os dijo porque temía que el dolor os impidiera escucharlo.
La miré, y en sus ojos leí la misma certeza absoluta que anudaba mi garganta.
—¿Qué es, mi amor? —pregunté, con la voz quebrada, tomando su rostro entre mis manos.
Elvira respiró hondo, y sus ojos ámbar se clavaron en los míos con una intensidad que me heló la sangre.
—El padre Yahya me dijo que el mapa de la flor de la noche no está completo —susurró, con la voz grave y pausada, la misma voz con la que su padre me había recitado los versos de Garcilaso en las noches de luna—.
Que falta una pieza, una pieza que está en poder del Marqués de la Sangre.
Y que sin esa pieza, aunque lleguemos al oasis de los siete pozos, no podremos encontrar la flor.
El mundo dejó de girar. El aire se volvió denso, irrespirable.
Miré a Elvira, y en sus ojos leí la misma certeza absoluta que anudaba mi garganta.
El Marqués de la Sangre no solo nos esperaba en el oasis.
Nos esperaba con la pieza que faltaba del mapa, con la llave que nos permitiría encontrar la flor de la noche, con el poder de decidir si miles de inocentes vivirían o morirían.
Y en aquel instante, mientras el viento del desierto agitaba nuestros cabellos y arrastraba las cenizas de Yahya sobre las arenas del sur, comprendí que la verdadera batalla por la supervivencia no era encontrar la flor de la noche. Era arrancársela de las manos del demonio que la custodiaba.
Elvira tomó mi mano, y juntas miramos hacia el sur, hacia las tierras donde el Marqués de la Sangre nos esperaba, hacia las tierras donde la pieza que faltaba del mapa aguardaba ser recuperada.
Cuando el sol comenzaba a teñir de rojo las cumbres de los cerros, y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el cielo del desierto, eché a caminar hacia lo desconocido, con mi hija a mi lado y la furia de una viuda ardiendo en mi pecho.
La caza había comenzado de nuevo.