CAPÍTULO 36 EL ÚLTIMO ALIENTO Y EL CIELO DE LAS PROMESAS ETERNAS #3
Yo seguí la procesión, con Elvira de la mano, subiendo por el sendero que serpenteaba por las paredes del cerro.
Cuando llegamos a la cima, el sol ya se había alzado sobre el horizonte, tiñendo el desierto de un rojo sangriento que se reflejaba en la costra de sal como un mar de fuego.
Kariak, con una antorcha en la mano, se acercó a mí y me la ofreció.
—Sois vos quien debe encender la pira, mujer de sangre blanca —murmuró el jefe, con la voz grave resonando en la quietud del páramo—. Sois vos quien debe devolverlo al desierto.
Tomé la antorcha con manos temblorosas, y me acerqué a la pira.
Las llamas lamieron la leña seca, y el fuego comenzó a extenderse con una furia voraz, devorando el manto de lana y el cuerpo de Yahya.
El humo se elevó hacia el cielo, formando una columna gris que se mezclaba con las nubes del amanecer.
El olor a resinas aromáticas y a carne quemada me golpeó las fosas nasales, pero no aparté la vista del fuego, no hasta que el cuerpo de Yahya hubo desaparecido por completo, no hasta que solo quedaron las cenizas y las brasas.
Cuando el fuego se apagó, Kariak se acercó a mí, y en sus manos portaba una pequeña bolsa de cuero.
—Las cenizas de vuestro amado —murmuró el jefe, ofreciéndome la bolsa—. Guardadlas cerca de vuestro corazón. Porque mientras las llevéis con vos, él estará con vos, en cada paso que deis, en cada aliento que respiréis.
Tomé la bolsa con manos temblorosas, y la apreté contra mi pecho, sintiendo el calor de las cenizas a través del cuero. Elvira, a mi lado, tomó mi mano libre, y juntas descendimos del cerro, dejando atrás la pira funeraria y las cenizas de Yahya.
Al llegar al campamento, Naya se acercó a mí, y en sus manos portaba la Tizona, con el pergamino del mapa de la flor de la noche aún enrollado en la empuñadura.
—La misión que vuestro amado os ha encomendado —murmuró la chamán, ofreciéndome la espada—. La flor de la noche. La cura para la peste. La redención de miles de vidas.
Tomé la espada con manos firmes, y la alcé hacia el cielo del desierto, su acero negro bebiendo la luz del sol con una furia que desafiaba a los dioses antiguos.
—Que vengan —sentencié, con la voz resonando en la quietud del páramo—.
Que vengan los ejércitos de la Corona, los sabuesos de la Inquisición, los demonios del desierto.
Que vengan todos. Porque mientras respire, mientras mi espada pueda cortar, mientras mi aliento pueda susurrar el nombre de Yahya al oído de Elvira, la memoria de mi amor sobrevivirá a la muerte, a la traición, a la codicia de los hombres y a la crueldad de los dioses.
Kariak se arrodilló ante mí, y los señores del viento lo imitaron, hasta que todos los guerreros del desierto permanecieron postrados ante mí sobre la costra de sal.
El viento, que hasta entonces había sido un susurro reverente, comenzó a soplar con furia, levantando nubes de sal y arena que cegaban los ojos y raspaban las gargantas.
Pero yo no me moví. Me quedé de pie, con la Tizona en la mano derecha y la bolsa de cenizas apretada contra mi pecho con la izquierda, contemplando el horizonte donde las montañas del sur se recortaban contra el cielo blanco del desierto.
Elvira, a mi lado, tomó mi mano libre, y juntas miramos hacia el sur, hacia las tierras donde la flor de la noche aguardaba, hacia las tierras donde la misión de Yahya habría de cumplirse.
El sol alcanzó su cenit, y sus rayos cegadores se reflejaron en la costra de sal, convirtiendo el páramo en un horno de luz blanca y calor asfixiante.
Pero yo no sentí el calor. Solo sentí el peso de la espada en mi mano, el calor de las cenizas contra mi pecho, y la mano pequeña de mi hija aferrada a la mía.
Y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que la verdadera batalla por la supervivencia estaba a punto de comenzar.
Porque ahora, no solo luchaba contra la Corona, contra la Inquisición y contra el mundo entero.
Ahora, luchaba por el alma de un hombre que había muerto amándonos, por la memoria de un amor que trascendía la muerte, por el futuro de una hija que llevaba en sus venas la sangre de dos mundos.
Y estaba dispuesta a teñir de rojo las arenas del desierto, aunque tuviera que caminar sobre mi propia sangre para lograrlo.
El viento sopló con más fuerza, y las nubes de sal y arena comenzaron a envolvernos como un sudario blanco. Elvira apretó mi mano con más fuerza, y yo la apreté a ella, sintiendo el latido de su pequeño corazón contra el mío.
Y mientras el desierto nos envolvía en su abrazo de sal y arena, supe que no estábamos solas. Que Yahya estaba con nosotras, en cada grano de arena que el viento arrastraba, en cada estrella que brillaba sobre el páramo, en cada latido de nuestros corazones.
Aunque mientras respiráramos, mientras mi espada pudiera cortar, mientras mi aliento pudiera susurrar su nombre al oído de Elvira, nadie, ni la Corona, ni la Inquisición, ni los dioses del desierto, podría separarnos jamás.