La flor que no perdona CAPÍTULO 36 EL ÚLTIMO ALIENTO Y EL CIELO DE LAS PROMESAS ETERNAS #2
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CAPÍTULO 36 EL ÚLTIMO ALIENTO Y EL CIELO DE LAS PROMESAS ETERNAS #2

—No me voy, mi amor —murmuró, con la voz estrangulada por la agonía—.

Solo cierro los ojos un instante. Pero estaré con vos, en cada amanecer, en cada atardecer, en cada estrella que brille sobre el desierto.

Estaré con vos, en cada latido de vuestro corazón, en cada lágrima que derraméis, en cada sonrisa que regaléis a Elvira.

Estaré con vos, Catalina, hasta que los espíritus del desierto nos permitan reencontrarnos en los campos de asfódelos.

Sus ojos se cerraron con lentitud, y su cuerpo se relajó en mis brazos, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí las pieles de jaguar sobre las que yacía.

Su respiración se tornó superficial, entrecortada, cada aliento un combate contra la muerte que se acercaba con la parsimonia implacable de una marea negra que devora la costa.

—Yahya —susurré, tomando su rostro entre mis manos y besando sus labios con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas—. No me dejéis. No ahora. No después de todo lo que hemos pasado.

El morisco abrió los ojos una última vez, y sus pupilas ámbar me contemplaron con una intensidad que me devolvió la cordura. Sus labios se movieron en un susurro que solo yo pude escuchar, un susurro que me heló la sangre hasta los huesos.

—Nos veremos en los campos de asfódelos, mi amor —murmuró, con la voz estrangulada por la agonía—. Nos veremos bajo el cielo de las promesas eternas. Y allí, donde los espíritus del desierto pasean tomados de la mano, nadie podrá separarnos jamás.

Sus ojos se cerraron, y su cuerpo se relajó en mis brazos. Su respiración se detuvo, y el silencio que cayó sobre la tienda fue más denso que la piedra que nos rodeaba.

Me quedé de rodillas, con el cuerpo de Yahya en mis brazos, llorando en silencio mientras las lágrimas se mezclaban con la sangre y el sudor que manchaban mi rostro.

Elvira, al sentir mi temblor, se incorporó y me miró con los ojos oscuros llenos de una inocencia que contrastaba con el horror que nos rodeaba.

—Madre —susurró la niña, con la voz quebrada por las lágrimas—, el padre Yahya se ha ido, ¿verdad?

Asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra, y tomé a mi hija en mis brazos, abrazándola con una fuerza que me dolía en los músculos. Su pequeño cuerpo temblaba contra el mío, y sus lágrimas se mezclaban con las mías, formando un río de dolor que nos unía en la desdicha.

—Sí, mi amor —susurré finalmente, con la voz quebrada por las lágrimas—. El padre Yahya se ha ido. Pero nos ha dejado algo muy valioso. Nos ha dejado su amor. Nos ha dejado su memoria. Nos ha dejado una misión que cumplir.

Salimos de la tienda hacia el amanecer del desierto.

El cielo se extendía sobre nosotros como un manto de oro y púrpura, y las primeras luces del alba teñían de rojo las cumbres de los cerros.

Kariak y los señores del viento nos aguardaban en silencio, sus rostros velados reflejando la misma gravedad que anudaba mi garganta.

Naya, la chamán, se acercó a mí con paso silencioso, y en sus manos portaba un cuenco de barro negro, lleno de una infusión humeante que olía a hierbas amargas y a resinas aromáticas.

—Bebed, mujer de sangre blanca —murmuró la chamán, con la voz grave y pausada—. Es la infusión del olvido. Os ayudará a soportar el dolor de los próximos días.

Tomé el cuenco con manos temblorosas, y llevé el líquido a mis labios. El sabor era amargo, casi insoportable, pero lo bebí hasta la última gota, sintiendo cómo el calor de la infusión me bajaba por la garganta y me envolvía el pecho con una calidez reconfortante.

—Ahora, debéis decidir —continuó Naya, con los ojos lechosos fijos en los míos—.

El cuerpo de vuestro amado debe ser devuelto al desierto, según las costumbres de los señores del viento.

O debe ser enterrado en la tierra roja de los cerros, según las costumbres de los cristianos. ¿Qué deseáis, Doña Catalina?

Miré el cuerpo de Yahya, que yacía sobre las pieles de jaguar, su rostro sereno, sus labios entreabiertos en una sonrisa de paz infinita.

Pensé en las hogueras funerarias de los señores del viento, en las cenizas que el viento esparciría sobre las arenas del desierto, en la idea de que su cuerpo se fundiría con la tierra que él había amado.

Y pensé en las iglesias de Córdoba, en los cementerios donde los cristianos enterraban a sus muertos, en la idea de que su cuerpo descansaría bajo una losa de piedra, con su nombre grabado en ella.

—Que sea devuelto al desierto —sentencié finalmente, con la voz firme, tragándome las lágrimas que amenazaban con cegarme—. Que el viento lo lleve a los campos de asfódelos, donde los espíritus de sus ancestros lo aguardan.

Kariak asintió con gravedad, y ordenó a sus guerreros que prepararan la pira funeraria.

Los señores del viento, con la solemnidad de quienes cumplen un rito sagrado, envolvieron el cuerpo de Yahya en un manto de lana gris, bordado con los símbolos de los espíritus antiguos.

Lo llevaron en procesión hasta la cima del cerro más alto, donde la pira había sido construida con leña de arbustos del desierto y resinas aromáticas.