La flor que no perdona CAPÍTULO 36 EL ÚLTIMO ALIENTO Y EL CIELO DE LAS PROMESAS ETERNAS
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CAPÍTULO 36 EL ÚLTIMO ALIENTO Y EL CIELO DE LAS PROMESAS ETERNAS

La noche del desierto cayó sobre los cerros rojos con la parsimonia de un sudario que se despliega sobre los hombros de un rey muerto.

Las estrellas, aquellas mismas que Yahya me había enseñado a nombrar en las noches de la botica, cuando aún creíamos que el mundo nos pertenecía, se encendieron una a una sobre el páramo como las lámparas de una catedral infinita.

El viento, que durante el día había sido un aliado feroz en la batalla, ahora se había tornado en un susurro reverente, apenas un aliento que mecía las llamas de las hogueras funerarias donde los señores del viento quemaban los cuerpos de sus caídos, devolviendo sus cenizas a las arenas que los habían visto nacer.

Yo me encontraba sentada junto al lecho de pieles de jaguar donde Yahya yacía, con la espalda apoyada contra una roca roja que aún conservaba el calor del sol del mediodía.

Mi hija Elvira dormía acurrucada a los pies del moribundo, envuelta en un manto de lana gris que Naya, la chamán, le había colocado sobre los hombros con la ternura de una abuela que arrulla a su nieto.

La niña había llorado hasta agotar las lágrimas, y ahora su respiración acompasada era el único sonido que me mantenía anclada a la cordura, un recordatorio de que la vida, por frágil que fuera, seguía latiendo en aquel rincón del desierto.

Yahya respiraba con dificultad. Cada aliento era un combate, una batalla que su cuerpo libraba contra la muerte con la terquedad de un soldado que se niega a rendir las armas.

La herida del costado, que yo había limpiado y vendado con los ungüentos que aún me quedaban, seguía supurando un líquido oscuro que empapaba las pieles sobre las que yacía.

Su rostro, pálido como la cera de los cirios que ardían en los altares de las iglesias de Córdoba, estaba surcado por el sudor frío de la agonía, y sus labios, teñidos de un azul violáceo, se movían en un rezo silencioso que solo él podía escuchar.

De vez en cuando, sus ojos ámbar se abrían con lentitud, buscando mi rostro en la penumbra de la tienda.

Cuando me encontraban, una sonrisa tenue, apenas un temblor en la comisura de los labios, iluminaba sus facciones demacradas.

Entonces, con la voz quebrada por la fiebre y el dolor, murmuraba palabras que se perdían en el murmullo del viento, frases inconexas que hablaban de jardines que ya no existían, de bibliotecas que habían sido quemadas, de una madre cuyo rostro él ya no podía recordar.

—Catalina —susurró de pronto, incorporándose ligeramente sobre el codo, sus ojos fijos en los míos con una lucidez que me sobresaltó—. ¿Recordáis la noche en que nos conocimos? En la bodega del galeón, cuando la peste devoraba a los hombres y vos erais solo una sombra encadenada a la pared.

Asentí con la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos, amenazando con desbordarse.

—Lo recuerdo todo, mi amor —respondí, tomando su mano entre las mías, acariciando sus dedos huesudos con una ternura que me deshizo por dentro—.

Recuerdo el hedor de la sentina, el temblor de vuestras manos al tocar a Elvira, la forma en que vuestros ojos ámbar me miraron como si yo fuera la única mujer que había existido jamás en el mundo.

Yahya soltó una risa suave, que se transformó en un acceso de tos espasmódica. La sangre brotó de sus labios, tiñendo de carmesí el lino de la camisa que yo misma le había cambiado horas antes. Tomé el paño húmedo y limpié su rostro con la delicadeza de quien acaricia una reliquia sagrada.

—Yo también lo recuerdo —murmuró, cuando recuperó el aliento—.

Recuerdo el miedo en vuestros ojos, pero también la furia.

La furia de una loba a la que le han arrebatado a su cachorro.

Supe entonces, en aquel instante, que vos seríais la mujer que habría de cambiar el rumbo de mi vida.

Que vos seríais la razón por la que valdría la pena morir.

—No habléis de morir, Yahya —repliqué, con la voz quebrada, tomando su rostro entre mis manos—. Hablad de vivir. Hablad de los días que nos esperan, de los jardines que construiremos, de los hijos que nuestros hijos nos darán.

El morisco me miró con una tristeza infinita, y sus dedos ásperos acariciaron mi mejilla con una ternura que me devolvió la dignidad arrebatada.

—Mi vida, Catalina, ha sido un regalo —susurró, con la voz grave y pausada—.

He nacido en una Córdoba que ya no existe, he amado a una mujer que los hombres blancos consideraban su propiedad, he curado a los que la Inquisición condenaba, he visto a mi hija crecer fuerte y valiente.

¿Qué más puede pedir un hombre a los dioses?

Me incliné sobre él, y nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a sal y a promesas eternas.

Fue un beso suave, apenas un roce de pieles, pero contuvo la intensidad de un huracán.

En aquel contacto no había la pasión desbocada de la lujuria, sino la dulzura de un amor que nacía de las cenizas, la promesa silenciosa de dos náufragos que decidían aferrarse el uno al otro para no ser tragados por el abismo.

—Mirad las estrellas, Catalina —murmuró Yahya, volviendo la cabeza hacia la entrada de la tienda, donde el cielo del desierto se extendía como un manto de diamantes esparcidos sobre terciopelo negro—.

¿Las veis? Los árabes las llamaban las hijas de Na'ash, las tres hermanas que velan por los viajeros en la noche.

Mi abuelo me las señalaba cuando era niño, cuando me sentaba en sus rodillas y me contaba las historias de los califas de Córdoba.

Me incorporé con lentitud, y miré hacia el cielo. Las tres estrellas, brillantes y cercanas, se recortaban contra la inmensidad del páramo como los ojos de tres testigos eternos.

—Las veo, mi amor —respondí, con la voz quebrada por las lágrimas que finalmente comenzaron a brotar—. Las veo, y las recordaré cada noche de mi vida.

—Prometedme algo, Catalina —susurró Yahya, tomando mi mano entre las suyas, sus dedos huesudos aferrando los míos con la desesperación de un náufrago que se aferra a un madero a la deriva—.

Prometedme que cuando yo ya no esté, no os encerraréis en el duelo.

Que viviréis. Que amaréis de nuevo, si el destino os lo permite.

Que criaréis a Elvira con la misma ternura con la que yo os he amado.

Que no dejaréis que la muerte de un hombre os robe la vida que aún os queda por delante.

—No puedo prometeros eso, Yahya —repliqué, con la voz quebrada, tomando su rostro entre mis manos—. No puedo prometéoslo, porque sé que no seré capaz de cumplirlo. Porque mi corazón, desde el día en que os conocí en la bodega del galeón, os pertenece a vos. Y cuando vos partáis, se irá con vos.

Yahya sonrió, una sonrisa triste y valiente que iluminó su rostro pálido como el resplandor de la luna sobre las arenas del desierto.

—Entonces prometedme otra cosa —murmuró, con la voz apenas audible—.

Prometedme que recordaréis. Que recordaréis los días de la botica, las noches de la encomienda, las mañanas en las montañas del Darién, los atardeceres en los cerros rojos.

Que recordaréis el sabor de mis labios, el tacto de mis manos, el sonido de mi voz.

Que recordaréis, Catalina, porque mientras vos recordéis, yo seguiré vivo.

Porque la muerte no es el olvido de los que se van, sino el olvido de los que se quedan.

—Os lo prometo, mi amor —susurré, besando su frente con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada—.

Os lo prometo. Recordaré cada instante, cada caricia, cada palabra.

Y cuando yo cruce el umbral, cuando nos reencontremos en los campos de asfódelos, os traeré todos los recuerdos que haya guardado en mi pecho, y los extenderé a vuestros pies como un tapiz de seda, para que podáis caminar sobre ellos hasta que los espíritus nos permitan amarnos de nuevo.

La noche avanzó con la parsimonia de un río que fluye hacia el mar.

Las estrellas giraron lentamente sobre el desierto, marcando el paso del tiempo con la precisión de un reloj celestial.

Yahya hablaba ahora con voz cada vez más débil, sus palabras entrecortadas por la fatiga y el dolor.

Me contó historias de su infancia en Córdoba, de los jardines de la Alhambra donde había jugado de niño, de los libros que había leído en las bibliotecas de los sabios, de los sueños que había albergado antes de que la Inquisición los pisoteara con sus botas de hierro.

Yo lo escuchaba en silencio, tomando su mano entre las mías, acariciando sus dedos con una ternura que me deshizo por dentro.

Cada palabra que él pronunciaba era un tesoro que yo guardaba en mi memoria, una reliquia que habría de acompañarme durante el resto de mis días.

Cada frase era un hilo de seda que tejía el tapiz de nuestros recuerdos, un tapiz que yo habría de extender a sus pies cuando nos reencontráramos en los campos de asfódelos.

Hacia el amanecer, cuando las primeras luces del alba comenzaron a teñir de rosa las cumbres de los cerros rojos, Yahya se incorporó con un esfuerzo sobrehumano.

Sus ojos ámbar, brillantes por una luz sobrenatural que desafiaba a la muerte misma, se clavaron en los míos con una intensidad que me devolvió la cordura.

—Catalina —susurró, con la voz apenas audible—. Ha llegado el momento.

Me incliné sobre él, tomando su rostro entre mis manos, besando sus labios con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas.

—No os vayáis, mi amor —susurré, con la voz quebrada por las lágrimas—. No todavía. Quedaos conmigo un poco más. Solo un poco más.

Yahya sonrió, una sonrisa de paz infinita que iluminó su rostro pálido como el resplandor de la luna sobre las arenas del desierto.