La flor que no perdona CAPÍTULO 35 EL SACRIFICIO DEL MÉDICO Y EL CIELO DE LAS PROMESAS ETERNAS #3
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CAPÍTULO 35 EL SACRIFICIO DEL MÉDICO Y EL CIELO DE LAS PROMESAS ETERNAS #3

Me quedé de rodillas, con el cuerpo de Yahya en mis brazos, llorando en silencio mientras las lágrimas se mezclaban con la sangre y el sudor que manchaban mi rostro.

Elvira, al sentir mi temblor, se incorporó y me miró con los ojos oscuros llenos de una inocencia que contrastaba con el horror que nos rodeaba.

—Madre, ¿el padre Yahya se ha ido? —susurró la niña, con la voz quebrada por las lágrimas.

Asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra, y tomé a mi hija en mis brazos, abrazándola con una fuerza que me dolía en los músculos. Su pequeño cuerpo temblaba contra el mío, y sus lágrimas se mezclaban con las mías, formando un río de dolor que nos unía en la desdicha.

—Sí, mi amor —susurré finalmente, con la voz quebrada por las lágrimas—. El padre Yahya se ha ido. Pero nos ha dejado algo muy valioso. Nos ha dejado su amor. Nos ha dejado su memoria. Nos ha dejado una misión que cumplir.

Me incorporé con lentitud, dejando el cuerpo de Yahya sobre las pieles de jaguar, y tomé la Tizona con manos temblorosas.

Examiné la empuñadura, buscando el compartimento secreto que el morisco había mencionado.

Mis dedos, ásperos por el trabajo y el tiempo, recorrieron el cuero de serpiente que envolvía el pomo de plata, hasta que encontraron una pequeña hendidura casi imperceptible.

Con un movimiento preciso, presioné la hendidura, y un mecanismo de resorte chasqueó, revelando un compartimento oculto en el interior del pomo.

Dentro, envuelto en un paño de seda negra, había un pergamino doblado con cuidado.

Lo extraje con manos temblorosas, y lo desplegué a la luz mortecina de la lámpara de aceite.

El mapa era antiguo, trazado con tinta roja y negra sobre un pergamino de piel de cabra.

Mostraba las costas de Tierra Firme, con una precisión que desafiaba la comprensión cristiana.

Pero lo que me dejó sin aliento no fue la exactitud del trazado, sino la marca que brillaba en el centro del pergamino: una flor de pétalos plateados, dibujada con tinta de plata, que pulsaba con una luz propia bajo la luz de la lámpara.

La flor de la noche. El antídoto para la peste. La redención de miles de vidas que el Marqués de la Sangre había condenado a la muerte.

Me arrodillé junto al cuerpo de Yahya, y tomé su mano inerte entre las mías, besando sus dedos huesudos con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada.

Sus ojos cerrados, su rostro sereno, sus labios entreabiertos en una sonrisa de paz infinita, eran la imagen de un ángel caído que hubiera olvidado cómo regresar al cielo.

—Descansad, mi amor —susurré, con la voz firme, tragándome las lágrimas que amenazaban con cegarme—.

Descansad en los campos de asfódelos, bajo el cielo de las promesas eternas.

Yo me quedaré aquí, en el mundo de los vivos, para cumplir nuestra misión.

Para encontrar la flor de la noche. Para curar la peste. Para salvar a los inocentes.

Me incorporé con lentitud, tomando a Elvira de la mano, y salimos de la tienda hacia la noche del desierto.

El cielo se extendía sobre nosotros como un manto de diamantes esparcidos sobre terciopelo negro, y las estrellas brillaban con una intensidad que desafiaba a la muerte misma.

Kariak y los señores del viento nos aguardaban en silencio, sus rostros velados reflejando la misma gravedad que anudaba mi garganta.

—La loba ha perdido a su compañero —pronunció el jefe, con la voz grave resonando en la quietud del páramo—. Pero no ha perdido su camino. Los espíritus del desierto la guiarán, y las arenas del sur le revelarán los secretos que busca.

Asentí con la cabeza, sintiendo cómo la furia de una madre, el honor de una Mendoza y el amor de una viuda se fundían en un acero indestructible en mi pecho.

Tomé la Tizona, y la alcé hacia el cielo estrellado del desierto, su acero negro bebiendo la luz de las estrellas con una furia que desafiaba a los dioses antiguos.

—Que vengan —sentencié, con la voz resonando en la quietud del páramo como el tañido de una campana de guerra—.

Que vengan los ejércitos de la Corona, los sabuesos de la Inquisición, los demonios del desierto.

Que vengan todos. Porque mientras respire, mientras mi espada pueda cortar, mientras mi aliento pueda susurrar el nombre de Yahya al oído de Elvira, la memoria de mi amor sobrevivirá a la muerte, a la traición, a la codicia de los hombres y a la crueldad de los dioses.

Y mientras el sol comenzaba a teñir de rojo las cumbres de los cerros, y las primeras estrellas comenzaban a desvanecerse en el cielo, supe que la verdadera batalla por la supervivencia estaba a punto de comenzar.

Porque ahora, no solo luchaba contra la Corona, contra la Inquisición y contra el mundo entero.

Ahora, luchaba por el alma de un hombre que había muerto amándonos, por la memoria de un amor que trascendía la muerte, por el futuro de una hija que llevaba en sus venas la sangre de dos mundos.

Y estaba dispuesta a teñir de rojo las arenas del desierto, aunque tuviera que caminar sobre mi propia sangre para lograrlo.

Pero lo que yo no sabía, lo que ninguno de nosotros podía imaginar en aquel instante de dolor y determinación, era que el mapa de la flor de la noche guardaba un secreto más terrible, un secreto que cambiaría el rumbo de nuestra historia, y que convertiría las arenas del sur en el escenario de una revelación que desafiaría toda comprensión humana.

Porque mientras el sol comenzaba a teñir de rojo las cumbres de los cerros, y las primeras estrellas comenzaban a desvanecerse en el cielo, una figura se deslizaba entre las sombras del campamento, llevando en sus manos un pergamino sellado con lacre negro.

Y en ese pergamino, escrito con tinta roja y firmado con un nombre que helaría la sangre de cualquiera que lo leyera, estaba la verdad sobre la flor de la noche, una verdad que convertiría mi misión de redención en una trampa mortal, y que me obligaría a elegir entre la vida de miles de inocentes y la vida de la única persona que me quedaba en el mundo: mi hija Elvira.

Y yo, que había sobrevivido al fuego de los arcabuces, a la picota y al látigo, a la peste y a la locura, a la muerte de Rodrigo y a la muerte de Yahya, no podía imaginar que la mayor prueba de todas estaba a punto de comenzar.

Una prueba que no se libraría con espadas ni con arcabuces, sino con el amor y la muerte, con la memoria y el olvido, con la vida y la eternidad.