La flor que no perdona CAPÍTULO 35 EL SACRIFICIO DEL MÉDICO Y EL CIELO DE LAS PROMESAS ETERNAS #2
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CAPÍTULO 35 EL SACRIFICIO DEL MÉDICO Y EL CIELO DE LAS PROMESAS ETERNAS #2

Yahya sonrió, una sonrisa de paz infinita que iluminó su rostro pálido como el resplandor de la luna sobre las arenas del desierto. Volvió la cabeza hacia mí, y sus ojos ámbar me contemplaron con una intensidad que me deshizo por dentro.

—Catalina —murmuró, con la voz apenas audible—. Hay algo que debo deciros. Algo que he guardado en mi pecho durante todos estos años, algo que no pude revelaros mientras la vida me sostenía.

Me incliné hacia él, acercando mi oído a sus labios, mi corazón latiendo con una furia contenida que me hacía temblar las manos.

—Hablad, mi amor —susurré, con la voz quebrada por las lágrimas que finalmente comenzaron a brotar—. Decidme lo que guardáis. Os lo ruego.

Yahya tomó mi mano entre las suyas, sus dedos huesudos aferrando los míos con la desesperación de un náufrago que se aferra a un madero a la deriva. Sus labios se movieron en un susurro que solo yo pude escuchar, un susurro que me heló la sangre hasta los huesos.

—Elvira —susurró, con la voz estrangulada por la agonía—, no es hija de Rodrigo. Es hija mía. La concebimos en la botica de la encomienda, la noche en que nos amamos por primera vez. Rodrigo ya había muerto cuando vos llegasteis a las Indias. Elvira es mi hija, Catalina. Nuestra hija.

El mundo dejó de girar. El aire se volvió denso, irrespirable.

Miré a Yahya, y en sus ojos leí la misma certeza absoluta que anudaba mi garganta.

Elvira no era hija de Rodrigo. No era la hija que yo había concebido con mi esposo en los jardines de Cádiz.

Era la hija que había concebido con Yahya, el morisco de Córdoba, el hereje condenado por la Inquisición, el hombre que me había amado con una ternura que desafiaba a la muerte.

La revelación cayó sobre mí con el peso de una montaña que se desploma.

Miré a Elvira, que dormía a mi lado, su pequeño cuerpo pegado al mío como un pájaro asustado que busca el calor del nido.

Sus rasgos, que yo siempre había atribuido a Rodrigo, ahora revelaban la verdad que había estado oculta ante mis ojos: los ojos ámbar de su padre, la forma de su nariz, la curva de su mandíbula.

Todo en ella era Yahya. Todo en ella era nuestro.

—¿Por qué no me lo dijisteis? —susurré, con la voz quebrada por las lágrimas, tomando su rostro entre mis manos—. ¿Por qué me dejasteis creer que Elvira era hija de Rodrigo?

Yahya sonrió, una sonrisa triste y valiente que iluminó su rostro pálido.

—Porque Rodrigo os amó con la dulzura de los jardines de Cádiz —murmuró, con la voz grave y pausada—.

Y yo quería que guardarais su memoria intacta.

Quería que la niña llevara el apellido de los Mendoza, que heredara las tierras de vuestro esposo, que creciera con el honor de un linaje que los inquisidores no podrían mancillar.

Pero ahora, antes de cruzar el umbral, necesitaba que supierais la verdad.

Necesitaba que supierais que Elvira es nuestra.

Que es la semilla de los dos mundos que la profecía anunciaba.

Me incliné sobre él, y nuestros labios se encontraron en un beso que contuvo la intensidad de un huracán.

Fue un beso salado por las lágrimas, doloroso por la cercanía de la muerte, pero infinitamente dulce.

En aquel abrazo, el siglo dieciséis con sus hogueras, sus galeras y sus matanzas dejó de existir.

Solo existía el latido de nuestros corazones, sincronizados en la oscuridad, dos almas que se negaban a ser separadas por la iniquidad de los hombres.

—Os amo, Yahya —susurré, con la voz quebrada por las lágrimas—. Os amo con un amor que ninguna ley humana ni divina puede condenar. Os amo más que a mi propia vida. Y os amaré hasta el fin de mis días, y más allá de la muerte, si los espíritus del desierto me lo permiten.

Yahya me tomó del rostro, sus dedos ásperos acariciando mis mejillas con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada. Sus ojos ámbar, brillantes por la fiebre y las lágrimas contenidas, me contemplaron con una intensidad que me deshizo por dentro.

—Y yo os amo, Catalina —murmuró, con la voz grave y pausada—.

Os amo con la furia de las tormentas de la selva, con la dulzura de los jardines de Córdoba, con la paciencia de los sabios que han leído todos los libros del mundo.

Os amo más que a mi propia vida. Y os amaré desde el otro lado del velo, hasta que los espíritus nos permitan reencontrarnos en los campos de asfódelos donde los amantes eternos pasean tomados de la mano.

Hizo una pausa, tosiendo con violencia, la sangre brotando de sus labios en un hilo oscuro que empapó el lino de la camisa. Yo tomé el paño y limpié su rostro con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada.

—Catalina —susurró, con la voz estrangulada por la agonía—. Hay algo más. Algo que debéis saber antes de que cruce el umbral.

Me incliné hacia él, acercando mi oído a sus labios, mi corazón latiendo con una furia contenida que me hacía temblar las manos.

—Hablad, mi amor —susurré, con la voz quebrada por las lágrimas que finalmente comenzaron a brotar—. Decidme lo que guardáis. Os lo ruego.

Yahya tomó mi mano entre las suyas, sus dedos huesudos aferrando los míos con la desesperación de un náufrago que se aferra a un madero a la deriva. Sus labios se movieron en un susurro que solo yo pude escuchar, un susurro que me heló la sangre hasta los huesos.

—La Tizona —murmuró, con la voz estrangulada por la agonía—.

No es solo un arma. Es una llave. En la empuñadura, bajo el pomo de plata, hay un compartimento secreto.

Dentro, guardé el mapa que encontré en la biblioteca del Marqués de la Sangre.

El mapa que muestra la ubicación de la flor de la noche, la única planta que puede curar la peste que aún acecha en las aguas de Nombre de Dios.

La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.

Miré la Tizona, que colgaba de mi cintura, su acero negro bebiendo la luz mortecina de la lámpara de aceite.

La espada que Antón había forjado con los restos de los alabarderos del inquisidor, con los grilletes de los galeotes, con los cañones de bronce rescatados de las aguas de la bahía.

La espada que había bebido la sangre de los tiranos, que había segado las vidas de los verdugos, que había sido mi escudo y mi venganza durante todos aquellos años.

—¿Por qué no me lo dijisteis antes? —susurré, con la voz quebrada por las lágrimas, tomando su rostro entre mis manos—. ¿Por qué guardasteis el secreto en la empuñadura de la espada?

Yahya sonrió, una sonrisa triste y valiente que iluminó su rostro pálido.

—Porque sabía que llegaría este momento —murmuró, con la voz grave y pausada—.

Sabía que mi hora llegaría antes que la vuestra.

Y sabía que necesitaríais una razón para seguir luchando, una misión que os mantuviera viva cuando yo ya no estuviera a vuestro lado.

La flor de la noche, Catalina. La cura para la peste.

La redención de miles de vidas que el Marqués de la Sangre condenó a la muerte.

Hizo una pausa, tosiendo con violencia, la sangre brotando de sus labios en un hilo oscuro que empapó el lino de la camisa. Yo tomé el paño y limpié su rostro con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada.

—Prometedme que lo haréis, Catalina —susurró, con la voz estrangulada por la agonía—. Prometedme que encontraréis la flor de la noche. Que curaréis la peste. Que salvaréis a los inocentes que el Marqués condenó. Prometedme que no dejaréis que mi muerte sea en vano.

Le tomé la mano entre las mías, apretándola con una fuerza que me dolía en los músculos, y miré sus ojos ámbar con una determinación que desafiaba a la muerte misma.

—Os lo prometo, mi amor —susurré, con la voz firme, tragándome las lágrimas que amenazaban con cegarme—.

Os lo juro por los espíritus del desierto, por la memoria de Rodrigo, por la vida de Elvira.

Encontraré la flor de la noche. Curaré la peste.

Salvaré a los inocentes. Y vuestro sacrificio no será en vano.

Yahya sonrió, una sonrisa de paz infinita que iluminó su rostro pálido como el resplandor de la luna sobre las arenas del desierto. Sus ojos ámbar, brillantes por la fiebre y las lágrimas contenidas, me contemplaron con una intensidad que me deshizo por dentro.

—Gracias, mi amor —murmuró, con la voz apenas audible—. Gracias por haberme amado. Gracias por haberme dado a Elvira. Gracias por haberme permitido morir con el corazón lleno de paz.

Sus ojos se cerraron con lentitud, y su cuerpo se relajó en mis brazos, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí las pieles de jaguar sobre las que yacía.

Su respiración se tornó superficial, entrecortada, cada aliento un combate contra la muerte que se acercaba con la parsimonia implacable de una marea negra que devora la costa.

—Yahya —susurré, tomando su rostro entre mis manos y besando sus labios con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas—. No me dejéis. No ahora. No después de todo lo que hemos pasado.

El morisco abrió los ojos una última vez, y sus pupilas ámbar me contemplaron con una intensidad que me devolvió la cordura. Sus labios se movieron en un susurro que solo yo pude escuchar, un susurro que me heló la sangre hasta los huesos.

—Nos veremos en los campos de asfódelos, mi amor —murmuró, con la voz estrangulada por la agonía—. Nos veremos bajo el cielo de las promesas eternas. Y allí, donde los espíritus del desierto pasean tomados de la mano, nadie podrá separarnos jamás.

Sus ojos se cerraron, y su cuerpo se relajó en mis brazos, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí las pieles de jaguar sobre las que yacía. Su respiración se detuvo, y el silencio que cayó sobre la tienda fue más denso que la piedra que nos rodeaba.