CAPÍTULO 35 EL SACRIFICIO DEL MÉDICO Y EL CIELO DE LAS PROMESAS ETERNAS
La noche cayó sobre los cerros rojos como un sudario de púrpura y ceniza, y con ella llegó el silencio más espantoso que jamás había conocido: el silencio que sigue a la masacre, cuando los gritos de los moribundos se han apagado uno a uno y solo queda el crepitar de las hogueras funerarias y el aullido lejano de los coyotes que olfatean la sangre derramada.
Los señores del viento, aquellos nómadas que bebían la sangre de los cactus y cabalgaban las tormentas de arena, recogían a sus muertos con la solemnidad de quienes saben que cada cuerpo que envuelven en mantos de lana será devuelto al desierto para que el viento lo esparza sobre las arenas del olvido.
Yo me encontraba arrodillada en el centro de una tienda de cuero curtido que Kariak había ordenado levantar en la falda sur del desfiladero, lejos del hedor de los cadáveres españoles que comenzaban a atraer a los buitres.
Sobre un lecho de pieles de jaguar y hierbas aromáticas yacía Yahya, el hombre que había amado con una intensidad que desafiaba a los dogmas de la Iglesia y a las leyes de los hombres, el médico de Córdoba que había curado las heridas de mi cuerpo y de mi alma, el padre de la hija que ahora dormía acurrucada junto a él como un pajarillo asustado.
La herida era atroz. La espada del jinete español le había atravesado el costado derecho, perforando el pulmón y rozando el hígado.
La sangre, oscura y espesa, manaba de la herida con una parsimonia implacable, empapando las pieles sobre las que yacía y formando un charco carmesí que se extendía bajo su cuerpo como un mapa de nuestra desdicha.
Su rostro, pálido como la cera de los cirios funerarios, estaba surcado por el sudor frío de la agonía, y sus labios, teñidos de un azul violáceo, se movían en un rezo silencioso que solo él podía escuchar.
—Catalina —susurró, abriendo los ojos ámbar con un esfuerzo que le arrancó un gemido ahogado—. ¿Seguís aquí, mi amor? ¿O ya he cruzado el umbral y os veo en el otro lado del velo?
Me incliné sobre él, tomando su rostro entre mis manos, acariciando sus mejillas hundidas con una ternura que me deshizo por dentro. Sus ojos, brillantes por la fiebre y las lágrimas contenidas, me contemplaron con una intensidad que me devolvió la cordura.
—Estoy aquí, mi vida —respondí, con la voz quebrada por las lágrimas que se negaban a brotar—. Estoy aquí, y no os dejaré solo. No ahora. No después de todo lo que hemos vencido juntos.
Yahya soltó una risa suave, carente de humor, que se transformó en un acceso de tos espasmódica.
La sangre brotó de sus labios, tiñendo de carmesí el lino de la camisa que yo misma le había cambiado horas antes.
Tomé un paño húmedo y limpié su rostro con la delicadeza de quien acaricia una reliquia sagrada, mis manos temblando a pesar del esfuerzo que hacía por mantenerlas firmes.
—La herida es profunda, Catalina —murmuró el morisco, con la voz grave y pausada, la misma voz con la que me había explicado los secretos de las hierbas medicinales en la botica de la encomienda—.
El acero ha perforado el pulmón. La sangre se acumula en el pecho, ahogándome desde dentro.
He visto heridas así en los campos de batalla de Granada, en los hospitales de Córdoba.
Sin una intervención inmediata, sin abrir el pecho para drenar el líquido y suturar la herida, la muerte llegará antes de que el sol alcance su cenit.
—Entonces abriremos el pecho —sentencié, incorporándome con la espalda erguida, el corazón latiendo con una furia contenida que me hacía temblar las manos—.
Yo misma lo haré. He visto a los cirujanos de Cádiz practicar la operación.
He ayudado a curar a los heridos de la encomienda. Sé cómo se hace.
Yahya me tomó de la muñeca con una fuerza que me sorprendió, sus dedos huesudos aferrando los míos con la desesperación de un náufrago que se aferra a un madero a la deriva.
—No, mi amor —susurró, con los ojos ámbar brillando por una tristeza infinita—. No podéis hacerlo. No aquí. No con las manos temblorosas por el dolor y la fatiga. No con la luz mortecina de una lámpara de aceite. Y no sobre el cuerpo del hombre que amáis.
La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.
Miré a Yahya, y en sus ojos leí la misma certeza absoluta que anudaba mi garganta.
Él sabía, con la ciencia del médico y la sabiduría del moribundo, que su hora había llegado.
Que la herida era demasiado profunda, que las fuerzas le faltaban, que el tiempo se agotaba como el agua en los odres del desierto.
—No permitiré que muráis —repliqué, con la voz firme, tragándome las lágrimas que amenazaban con cegarme—.
He sobrevivido al fuego de los arcabuces, a la picota y al látigo, a la peste y a la locura.
He sobrevivido al Marqués de la Sangre y a los inquisidores de la Corona.
No permitiré que la muerte os arrebate de mi lado.
Yahya me atrajo hacia él con un esfuerzo que le arrancó un gemido de dolor, y sus labios buscaron los míos en un beso que sabía a sal y a promesas eternas.
Fue un beso suave, apenas un roce de pieles, pero contuvo la intensidad de un huracán.
En aquel contacto no había la pasión desbocada de la lujuria, sino la dulzura de un amor que nacía de las cenizas, la promesa silenciosa de dos náufragos que decidían aferrarse el uno al otro para no ser tragados por el abismo.
—Escuchadme, Catalina —murmuró, separándose de mí con una lentitud que me desgarró el alma—.
He vivido más de lo que merecía. He amado más de lo que un hereje como yo tenía derecho a esperar.
He conocido la ternura de vuestros labios, la calidez de vuestro cuerpo, la luz de vuestros ojos.
Y he visto a nuestra hija crecer fuerte y sana, con vuestro coraje y mi curiosidad en las venas.
¿Qué más puede pedir un hombre a los dioses?
—Yo os pido más —respondí, con la voz quebrada, tomando su rostro entre mis manos y besando su frente febril—.
Os pido que viváis. Os pido que envejezcáis a mi lado.
Os pido que veáis a Elvira convertirse en mujer, que la conduzcáis al altar el día de sus bodas, que sostengáis en vuestros brazos a los hijos que nuestros hijos nos den.
Os pido todo lo que la vida nos negó en la encomienda, en la selva, en el desierto.
Yahya sonrió, una sonrisa triste y valiente que iluminó su rostro pálido como el resplandor de una estrella que se apaga.
—Elvira —susurró, volviendo la cabeza hacia la niña que dormía a su lado—. Despertadla, mi amor. Quiero verla una última vez. Quiero decirle las palabras que un padre debe decir a su hija antes de cruzar el umbral.
Me incorporé con lentitud, sintiendo cómo las piernas me temblaban bajo el peso de la sentencia.
Me arrodillé junto a Elvira y la tomé en mis brazos con una delicadeza que me deshizo por dentro.
La niña, al sentir mi tacto, abrió los ojos oscuros y me miró con una inocencia que contrastaba con el horror que nos rodeaba.
—Madre, ¿por qué lloráis? —susurró, incorporándose y tomando mi rostro entre sus pequeñas manos—. ¿El padre Yahya va a ponerse bueno?
Me arrodillé junto al lecho de Yahya, y tomé la mano de Elvira entre las mías, uniéndola a la de su padre. El morisco abrió los ojos, y al ver a la niña, una luz sobrenatural brilló en sus pupilas ámbar, una luz que desafiaba a la muerte misma.
—Mi pequeña flor de azahar —murmuró, con la voz quebrada por la emoción, acariciando el cabello oscuro de la niña con dedos temblorosos—. Escucha con atención lo que tu padre va a decirte, porque estas son las palabras que llevarás contigo hasta el fin de tus días.
Elvira se inclinó hacia él, sus ojos muy abiertos, absorbiendo cada palabra con la avidez de los que saben que cada sílaba es un tesoro que no podrán recuperar.
—Tu madre es la mujer más valiente que ha caminado sobre la faz de la tierra —continuó Yahya, con la voz grave y pausada, la misma voz con la que me había recitado los versos de Garcilaso en las noches de luna—.
Ha sobrevivido al fuego y al acero, a la traición y a la locura.
Ha luchado contra reyes y contra dioses, contra la Corona y contra la Inquisición.
Y todo lo ha hecho por ti, mi amor. Por protegerte.
Por darte la vida que a ella le fue arrebatada.
Elvira asintió con la cabeza, las lágrimas comenzando a surcar sus mejillas.
—Y tú —continuó el morisco, tomando el rostro de la niña entre sus manos—, tú llevas en tus venas la sangre de dos mundos.
La sangre de los Mendoza, nobles de Castilla, y la sangre de los alfaquíes de Córdoba, sabios de Al-Andalus.
La sangre de los conquistadores y la sangre de los conquistados.
La sangre de la cruz y la sangre de la media luna.
Y en ti, mi pequeña flor, esas dos sangres se han encontrado, se han fundido, se han hecho una sola.
Hizo una pausa, tosiendo con violencia, la sangre brotando de sus labios en un hilo oscuro que empapó el lino de la camisa. Yo tomé el paño y limpié su rostro con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada.
—Prométeme una cosa, Elvira —susurró Yahya, con la voz estrangulada por la agonía—.
Prométeme que no odiarás a los hombres blancos por lo que te han hecho.
Prométeme que no odiarás a la Corona, ni a la Iglesia, ni a los soldados que han matado a tu padre.
Porque el odio es un veneno que se bebe uno mismo esperando que muera el otro.
Prométeme que amarás la vida, que respetarás la tierra, que honrarás a los espíritus del desierto y a los dioses de tus ancestros.
Prométeme que serás libre, mi pequeña flor.
Libre como el viento que cabalgan los señores del páramo.
Elvira sollozó, tomando el rostro de su padre entre sus pequeñas manos y besando sus labios manchados de sangre.
—Te lo prometo, padre —susurró la niña, con la voz quebrada por las lágrimas—. Te lo prometo.