La flor que no perdona CAPÍTULO 34 LA BATALLA DE LOS CERROS ROJOS Y EL PRECIO DE LA SANGRE #3
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CAPÍTULO 34 LA BATALLA DE LOS CERROS ROJOS Y EL PRECIO DE LA SANGRE #3

—Catalina... —susurró, con la voz quebrada por la agonía, entregándome a Elvira con manos temblorosas—. Cuidad... de nuestra hija...

El cuerpo del morisco se desplomó sobre la arena roja, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí el polvo del desfiladero.

Elvira, al ver caer a Yahya, soltó un alarido desgarrador y se lanzó sobre su cuerpo, abrazándolo con la fuerza desesperada de los que han visto la muerte de cerca y han decidido que no es su día.

Me arrodillé junto a él, tomando su rostro entre mis manos, sus dedos ásperos acariciando mis mejillas con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada. Sus ojos ámbar, brillantes por la fiebre y las lágrimas contenidas, me contemplaron con una intensidad que me deshizo por dentro.

—No me dejéis, mi amor —susurré, con la voz quebrada por las lágrimas, besando sus labios con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas—. No me dejéis sola. No ahora. No después de todo lo que hemos pasado.

Yahya sonrió, una sonrisa triste y valiente que iluminó su rostro pálido.

—Mientras respire... —murmuró, con la voz estrangulada por la agonía—, mi espada... será vuestro escudo... y mi ciencia... vuestro refugio...

Sus ojos se cerraron, y su cuerpo se relajó en mis brazos, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí la arena del desfiladero. Elvira, abrazada a su cuerpo, lloraba en silencio, sus pequeñas manos aferrando el jubón empapado del morisco con una fuerza que me partió el alma.

A mi alrededor, la batalla continuaba, los gritos de los moribundos se mezclaban con el estruendo de los arcabuces y el choque del acero contra el acero.

Pero yo ya no escuchaba. Ya no veía. Solo veía a Yahya, el hombre que me había devuelto la dignidad, el hombre que me había amado con una ternura que desafiaba a la muerte, el hombre que había dado su vida por proteger a nuestra hija.

Y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que la verdadera batalla por la supervivencia no había terminado.

Que la guerra contra la Corona, contra la Inquisición y contra el mundo entero, continuaría.

Pero que ahora, con Yahya muerto en mis brazos, con Don Martín caído sobre la arena, con Elvira llorando sobre el cuerpo del hombre que amaba, la lucha ya no era por la libertad, ni por la venganza, ni por el futuro.

Era por la memoria.

Porque mientras mi corazón latiera, mientras mi espada pudiera cortar, mientras mi aliento pudiera susurrar el nombre de Yahya al oído de Elvira, el amor que nos habíamos profesado en la botica de la encomienda, en las montañas del Darién, en los cerros rojos del desierto, sobreviviría a la muerte, a la traición, a la codicia de los hombres y a la crueldad de los dioses.

Y mientras el sol comenzaba a ocultarse tras los cerros rojos, tiñendo el cielo de un púrpura sangriento, y los últimos arcabuceros de Don García de Toledo huían hacia el norte con el rabo entre las piernas, supe que la verdadera batalla por la supervivencia estaba a punto de comenzar.

Porque ahora, no solo luchábamos contra la Corona, contra la Inquisición y contra el mundo entero.

Ahora, luchábamos por el alma de un hombre que había muerto amándonos, por la memoria de un amor que trascendía la muerte, por el futuro de una hija que llevaba en sus venas la sangre de dos mundos.

Y estaba dispuesta a teñir de rojo las arenas del desierto, aunque tuviera que caminar sobre mi propia sangre para lograrlo.

Pero lo que yo no sabía, lo que ninguno de nosotros podía imaginar en aquel instante de dolor y determinación, era que Yahya, el hombre que creía muerto en mis brazos, aún respiraba.

Que su corazón, aunque débil, aún latía.

Que su alma, aunque al borde del abismo, aún se aferraba a la vida con la fuerza de un náufrago que se niega a ser tragado por las olas.

Y mientras la noche caía sobre los cerros rojos, y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el cielo del desierto, una figura se deslizaba entre las sombras del campamento, llevando en sus manos un pergamino sellado con lacre negro.

Y en ese pergamino, escrito con tinta roja y firmado con un nombre que helaría la sangre de cualquiera que lo leyera, estaba el destino de Yahya, un destino que cambiaría el rumbo de nuestra historia, y que convertiría los cerros rojos en el escenario de un sacrificio que desafiaría toda comprensión humana.

Porque mañana, al amanecer, cuando el sol tiñera de rojo las arenas del desierto, Yahya tendría que elegir entre la vida y la muerte, entre el amor y el sacrificio, entre quedarse a mi lado o partir hacia un viaje del que quizás nunca regresaría.

Pero yo, que había sobrevivido al fuego de los arcabuces, a la picota y al látigo, a la peste y a la locura, no podía imaginar que la mayor prueba de todas estaba a punto de comenzar.

Una prueba que no se libraría con espadas ni con arcabuces, sino con el amor y la muerte, con la memoria y el olvido, con la vida y la eternidad.