La flor que no perdona CAPÍTULO 34 LA BATALLA DE LOS CERROS ROJOS Y EL PRECIO DE LA SANGRE #2
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CAPÍTULO 34 LA BATALLA DE LOS CERROS ROJOS Y EL PRECIO DE LA SANGRE #2

Yo me lancé al centro de la refriega, esquivando las bayonetas y las picas.

La Tizona cantó en el aire, segando vidas con una precisión letal.

Un soldado español, con el rostro cubierto de hollín y los ojos desorbitados por el pánico, intentó apuntarme con su arcabuz.

Me deslicé bajo su ataque, hundiendo mi hoja en la brecha de su peto, justo bajo la clavícula.

El hombre soltó un grito ahogado y se desplomó sobre la arena, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí el polvo rojo del desfiladero.

Pero la victoria no llegaba con la rapidez que habíamos previsto.

Don García de Toledo, desde la retaguardia, había ordenado desplegar los cañones de bronce, y los primeros disparos comenzaron a llover sobre las crestas de los cerros, astillando la roca y enviando una lluvia de esquirlas que herían a los guerreros de los señores del viento.

El estruendo de la artillería era ensordecedor, un trueno continuo que hacía temblar los cimientos de la tierra y que ahogaba los gritos de los moribundos.

Fue entonces cuando la vi.

En la retaguardia de la columna española, custodiada por los doce alabarderos que la habían acompañado desde el inicio de la marcha, la figura encadenada había caído de rodillas sobre la arena, exhausta por el calor y el peso de los grilletes.

Los alabarderos, distraídos por el caos de la batalla, habían aflojado su vigilancia, y la figura, con un esfuerzo sobrehumano, había logrado incorporarse y comenzar a arrastrarse hacia las rocas que bordeaban el desfiladero.

El capuchón negro, que hasta entonces había ocultado su rostro, se deslizó con el movimiento, y el sol del mediodía iluminó las facciones del prisionero. Un grito ahogado brotó de mi garganta, un lamento de pura agonía que me desgarró el alma.

No era un extraño. No era un señuelo. No era una trampa.

Era Don Martín.

El viejo mayordomo de mi palacio en Cádiz, el hombre que había cruzado el océano para salvarme, el hombre que había traído la confesión de Don Lope de Vargas que me había librado de la hoguera en Santa Fe, estaba allí, encadenado, demacrado, con el rostro surcado por las cicatrices de los látigos y los ojos hundidos en las órbitas.

Los soldados de Don García lo habían capturado, lo habían torturado, lo habían convertido en su trofeo de caza, en el anzuelo que habría de arrastrarme a la trampa.

—¡Don Martín! —grité, lanzándome hacia él con la furia de una loba a la que le han arrebatado a su cachorro.

Yahya, al escuchar mi grito, se giró desde el otro extremo del desfiladero, donde luchaba contra un grupo de alabarderos.

Sus ojos ámbar se clavaron en los míos, y en aquella mirada leí la misma comprensión horrorosa que anudaba mi garganta.

Don Martín no era un señuelo. Era un amigo, un padre, un hombre que había dado su vida por salvar la mía, y que ahora estaba a punto de morir bajo los pies de los soldados de Don García.

—¡Catalina, no! —bramó el morisco, intentando abrirse paso entre la refriega para alcanzarme—. ¡Es una trampa! ¡Don García os espera!

Pero yo ya no escuchaba. Ya no veía. Solo veía a Don Martín, arrastrándose sobre la arena roja, sus manos encadenadas dejando un rastro de sangre en el polvo, sus ojos clavados en los míos con una súplica que me partió el alma.

—Huid, mi señora —susurró el mayordomo, con la voz quebrada por la agonía—. Huid... no caigáis... en la trampa...

Antes de que pudiera alcanzarlo, una bala de arcabuz silbó en el aire y se clavó en el pecho de Don Martín. El viejo mayordomo soltó un gorgoteo ahogado, y su cuerpo se desplomó sobre la arena, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí el polvo rojo del desfiladero.

Un rugido de furia brotó de mi garganta, un sonido primitivo y salvaje que heló la sangre de los soldados españoles más cercanos.

Me abalancé sobre el arcabucero que había disparado, hundiendo la Tizona en su pecho con una violencia que me desgarró los músculos.

El hombre soltó un alarido y cayó de rodillas, escupiendo sangre sobre la arena.

Pero el daño ya estaba hecho. Don García de Toledo, desde la retaguardia, había aprovechado mi distracción para enviar a un grupo de jinetes por un sendero lateral que rodeaba el desfiladero.

Los veinte jinetes, con sus espadas desenvainadas y sus arcabuces apuntando hacia las crestas, caían ahora sobre la posición donde Zaira custodiaba a Elvira.

—¡Mi hija! —grité, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor—. ¡Elvira!

Yahya, al escuchar mi grito, comprendió la magnitud de la trampa. Don García no había enviado a los jinetes para matar a Elvira. Los había enviado para capturarla, para usarla como rehén, para obligarme a rendirme, para entregarme a la justicia de la Corona.

El morisco, con un esfuerzo sobrehumano que desafiaba su estado de agotamiento y fiebre, se lanzó por la ladera del cerro, su espada toledana trazando arcos de plata que segaban vidas con una precisión letal. Intentaba alcanzar a Elvira antes de que los jinetes pudieran arrebatármela.

Pero los jinetes eran rápidos, y Zaira, aunque valiente, estaba sola contra veinte hombres armados.

La esclava de piel oscura desenvainó su alfanje y se interpuso entre los soldados y la niña, luchando con la furia de una leona a la que intentan arrebatar a su cachorro.

Pero la ventaja numérica era abismal, y el acero de los Tercios era implacable.

Un jinete, esquivando el alfanje de Zaira, se abalanzó sobre Elvira y la arrebató de los brazos de la esclava.

La niña soltó un grito agudo y desgarrador que me atravesó el corazón como una lanza de hielo.

El jinete, con Elvira aferrada a su montura como un saco de provisiones, espoleó su caballo y comenzó a galopar hacia la retaguardia de la columna, hacia el lugar donde Don García de Toledo aguardaba con una sonrisa cruel.

Yahya, al ver la escena, comprendió que no podría alcanzar al jinete a tiempo. Pero había algo que sí podía hacer. Algo que habría de cambiar el rumbo de la batalla, y el rumbo de nuestras vidas, para siempre.

El morisco, con un movimiento que desafiaba la fatiga de sus músculos, se lanzó sobre el caballo del jinete, hundiendo su espada toledana en el flanco del animal.

El caballo relinchó de dolor y se desplomó sobre la arena, lanzando al jinete por los aires.

Elvira rodó por el suelo, ilesa pero aterrorizada, y Yahya la tomó en sus brazos, protegiéndola con su propio cuerpo.

Pero el precio de aquel acto de amor fue terrible.

Otro jinete, al ver caer a su compañero, había girado su montura y galopaba hacia Yahya con la espada desenvainada.

El morisco, con Elvira en los brazos, no pudo esquivar el ataque a tiempo.

La espada del jinete silbó en el aire y se clavó en el costado de Yahya, atravesando el jubón de cuero y penetrando en la carne hasta el hueso.

El grito que brotó de mi garganta fue un lamento de pura agonía, un sonido que rasgó el aire del desfiladero y que heló la sangre de los guerreros más cercanos.

Yahya, con el rostro pálido como la cera y los ojos ámbar velados por el dolor, me miró con una sonrisa triste y valiente que me partió el alma.