CAPÍTULO 34 LA BATALLA DE LOS CERROS ROJOS Y EL PRECIO DE LA SANGRE
Los tres días que Naya había augurado se consumieron con la lentitud de una agonía compartida.
Los señores del viento, aquellos nómadas que bebían la sangre de los cactus y cabalgaban las tormentas de arena, se transformaron en una máquina de guerra silenciosa y letal bajo la dirección conjunta de Kariak, Yahya y la mía propia.
El desierto, que antaño fuera nuestro enemigo más cruel, se convirtió ahora en nuestro aliado más fiel, en el escudo de cristal y sal que habría de quebrar los dientes de la expedición punitiva de Don García de Toledo.
Elegimos como campo de batalla el desfiladero de los Tres Dedos, una garganta estrecha enclavada en la falda sur de los cerros rojos, cuyas paredes de arenisca sangrante se alzaban como los muros de una catedral pagana.
El paso, apenas ancho para tres jinetes en fila, se estrechaba aún más hacia el fondo, formando una bolsa donde el enemigo quedaría atrapado como un escorpión en un frasco de vidrio.
Yahya, con la mente afilada por los estudios de las campañas de Alejandro y las guerras de Granada, trazó el plan sobre la arena con la punta de su daga.
—Los Tercios confiarán en su artillería y en la disciplina de sus picas —explicó el morisco, trazando líneas imaginarias sobre la arena roja—.
Pero en este desfiladero, sus cañones no podrán desplegarse.
Sus arcabuceros tendrán que disparar hacia arriba, con el sol cegándoles los ojos al mediodía.
Los señores del viento, desde las alturas, lloverán sobre ellos con flechas y piedras.
Cuando el caos se apodere de sus filas, cerraremos la boca del desfiladero con los troncos que Antón y sus cimarrones han preparado.
Kariak asintió con gravedad, sus ojos ámbar brillando con el fuego de la batalla inminente.
—Mis guerreros conocen cada grieta, cada saliente, cada escondite de los cerros rojos —pronunció el jefe de los señores del viento, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—.
Cabalgaremos las crestas como sombras. Cuando los hombres blancos entren en la trampa, el desierto les devorará.
Yo, mientras tanto, me encargué de preparar los remedios para los heridos que, con certeza espantosa, llegarían en abundancia.
En una cueva excavada en la roca roja, dispuse las cataplasmas de corteza de sauce, los ungüentos de caléndula y grasa de cerdo, las infusiones de adormidera para calmar el dolor de los moribundos.
Mis manos, que antaño solo habían sostenido rosas y abanicos en los salones de Cádiz, ahora se manchaban con la sangre de los animales que sacrificábamos para alimentar a los guerreros, con el hollín de las teas que encendíamos para ahuyentar a los alacranes, con la sal del desierto que se incrustaba en las heridas de mis propias manos.
La noche anterior a la batalla, cuando el sol se hubo ocultado tras los cerros y el cielo se encendió con una miríada de estrellas que parecían polvo de diamantes esparcido sobre terciopelo negro, Yahya me encontró sentada en la entrada de la cueva, contemplando el horizonte donde las fogatas del enemigo comenzaban a brillar como una constelación infernal.
El morisco se sentó a mi lado, y su hombro rozó el mío con una calidez que me devolvió la cordura.
No habló de inmediato. Simplemente, tomó mi mano entre las suyas, acariciando las callosidades que el trabajo de los últimos días había grabado en mis palmas, besando una a una las cicatrices que los años de suplicio habían dejado en mis dedos.
—Mañana será un día de sangre, mi amor —susurró finalmente, su voz grave resonando en la quietud del desierto como el tañido de una campana lejana—. Y quizás, si los espíritus nos son adversos, será el último día que compartamos bajo este cielo.
Me giré hacia él, y sus ojos ámbar, brillantes por la luz de las estrellas, me contemplaron con una intensidad que me deshizo por dentro.
En su rostro, surcado por las arrugas prematuras del sufrimiento y la fiebre, leí la misma determinación que ardía en mi pecho, la misma aceptación serena de la muerte que nos había acompañado desde la bodega del galeón.
—Si mañana caemos, Yahya —respondí, tomando su rostro entre mis manos y besando sus labios con una ternura que sabía a sal y a promesas eternas—, que sea con las manos entrelazadas.
Que la muerte nos encuentre juntos, como nos encontró el amor en la botica de la encomienda, como nos encontró la libertad en las montañas del Darién.
El morisco me atrajo hacia sí, y sus brazos me envolvieron con la fuerza de un muro inexpugnable.
En aquel abrazo, en aquella cueva excavada en la roca roja de los cerros, nos amamos con la urgencia de los que saben que el amanecer puede ser el último.
Fue un acto de rebeldía absoluta, una comunión de almas y de cuerpos que trascendía las leyes de los hombres y los dogmas de la Iglesia.
En la penumbra del desierto, bajo el dosel de estrellas que se filtraba por la entrada de la cueva, fuimos reyes y reinas de un imperio efímero, forjando recuerdos que ni el fuego ni la espada podrían borrar.
Al despuntar el alba, el sonido de los tambores militares rompió la quietud del páramo.
Una columna de humo negro se elevó hacia el cielo blanco, marcando la posición del campamento de Don García de Toledo.
Los vigías de los señores del viento descendieron de las crestas con la agilidad de los felinos, y sus informes confirmaron lo que ya temíamos: la expedición punitiva estaba en marcha.
—Son más de los que Naya había previsto —murmuró Kariak, su rostro demudado por la gravedad del mensajero—. Ciento cincuenta arcabuceros, treinta jinetes, y cuatro cañones de bronce. Y hay algo más, mujer de sangre blanca. Hay algo más que me hiela la sangre.
—¿Qué es? —pregunté, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas.
—En la retaguardia de la columna, custodiada por doce alabarderos, camina una figura encadenada —respondió el jefe, sus ojos ámbar ahumados entornados por la desconfianza—.
Un prisionero, cubierto con un capuchón negro.
Los soldados lo tratan con un cuidado que no se dispensa a los condenados.
Lo llevan como un trofeo, o como un señuelo.
La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.
Miré a Yahya, cuyos ojos ámbar se habían oscurecido por la inquietud.
Miré a Elvira, que dormía en los brazos de Zaira en el fondo de la cueva, ajena a la tormenta que se cernía sobre nosotros.
Y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que Don García de Toledo nos había tendido una trampa.
El prisionero encadenado no era un simple rehén.
Era una carnaza, un anzuelo lanzado a las aguas de mi compasión, diseñado para hacerme salir de mi escondite, para arrastrarme a campo abierto, para entregarme a los arcabuces de los Tercios.
—No caeremos en la trampa —sentencié, con la voz firme, aferrando la empuñadura de la Tizona—. Mantendremos la posición en el desfiladero. Dejaremos que el prisionero sea el señuelo, y nosotros seremos los cazadores, no las presas.
La batalla comenzó al mediodía, cuando el sol alcanzó su cenit y sus rayos cegadores se reflejaron en la costra de sal del desierto, convirtiendo el páramo en un horno de luz blanca y calor asfixiante.
La vanguardia de los Tercios, formada por cincuenta arcabuceros al mando de un capitán de rostro surcado por la cicatriz de un arcabuzazo, entró en el desfiladero con la parsimonia disciplinada de los veteranos de Flandes.
Sus botas resonaban sobre la arena roja, sus picas se alzaban como un bosque de acero, y sus morriones relucían bajo el sol como cascos de dioses paganos.
Desde las crestas de los cerros rojos, los señores del viento observaban en silencio, sus velos grises agitándose con la brisa como las banderas de un ejército fantasma.
Kariak, agazapado tras una roca a mi lado, sostenía su arco de tejo con la tensión de un cazador que acecha a su presa.
Yo, con la Tizona desenvainada, esperaba la señal para desatar el infierno.
Cuando la vanguardia de los Tercios hubo penetrado hasta la mitad del desfiladero, Kariak alzó la mano y soltó la primera flecha.
La saeta, con la punta empapada en el veneno de las víboras cornudas, silbó en el aire y se clavó en la garganta de un arcabucero, que soltó un gorgoteo ahogado y se desplomó sobre la arena, convulsionándose en espasmos agónicos.
El caos estalló en el desfiladero como una tormenta de fuego y acero.
Los señores del viento, desde las crestas, llovieron sobre los Tercios con una granizada de flechas, piedras y dardos envenenados.
Los arcabuceros españoles, atrapados en la estrechez de la garganta, intentaron formar cuadros de defensa, pero sus picas se enredaban entre sí, y sus arcabuces disparaban a ciegas hacia las alturas, las balas rebotando en las paredes de roca roja sin alcanzar a ningún enemigo.
—¡Ahora! —bramó Kariak, lanzándose por la ladera del cerro con su macana de cobre martilleado—. ¡Que los espíritus del desierto beban su sangre!
Los guerreros de los señores del viento descendieron como una avalancha de sombras y acero, cayendo sobre los flancos de la columna española con la ferocidad de una manada de jaguares.
Las cimitarras de cobre silbaban en el aire, segando extremidades y abriendo yelmos con una facilidad espantosa.
Los gritos de agonía de los moribundos se mezclaban con los alaridos de guerra de los nómadas y el estruendo de los arcabuces que disparaban a ciegas en el humo denso de la pólvora.