La flor que no perdona CAPÍTULO 33 LA PROFECÍA DE LA MUJER BLANCA Y EL RECONOCIMIENTO DE LA LOBA #2
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CAPÍTULO 33 LA PROFECÍA DE LA MUJER BLANCA Y EL RECONOCIMIENTO DE LA LOBA #2

Naya señaló hacia el norte, hacia el horizonte donde las montañas se recortaban contra el cielo blanco del desierto.

—Una expedición punitiva de la Corona —murmuró la chamán, con la voz cargada de una certeza absoluta—.

Cien arcabuceros de los Tercios, acompañados por veinte jinetes y una batería de cañones de bronce.

Los dirige el maestre de campo Don García de Toledo, el mismo hombre que os persiguió en las montañas del norte.

Ha venido a destruir a los señores del viento, a quemar nuestros campamentos, a masacrar a nuestras mujeres y niños.

Y ha venido a buscaros a vos, Doña Catalina, para llevaros encadenada ante el Virrey.

El suelo se hundió bajo mis pies. El aire se volvió denso, irrespirable.

Miré a Yahya, y en sus ojos leí la misma determinación que ardía en mi pecho.

No había rendición posible. Solo la lucha, la astucia, y la promesa silenciosa de que preferíamos morir en las arenas del desierto que vivir de rodillas ante los hombres que nos habían destruido.

—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que lleguen? —pregunté, con la voz firme, tragándome el terror que me oprimía el pecho.

—Tres días —respondió Kariak, con la voz grave y pausada—. Quizás cuatro, si las tormentas de arena retrasan su marcha. Pero llegarán. Y cuando lleguen, no dejarán vivo a ningún señor del viento.

Me incorporé con lentitud, sintiendo cómo la furia de una madre, el honor de una Mendoza y el amor de una mujer se fundían en un acero indestructible en mi pecho.

Tomé la Tizona, y la alcé hacia el cielo blanco del desierto, su acero negro bebiendo la luz del sol con una furia que desafiaba a los dioses antiguos.

—Entonces preparad vuestras lanzas —sentencié, con la voz resonando en la quietud del páramo como el tañido de una campana de guerra—.

Preparad vuestros caballos, vuestras flechas, vuestros venenos.

Porque esta vez no huiremos. Esta vez no nos esconderemos en las cuevas ni en los desfiladeros.

Esta vez, los señores del viento y la loba de sangre blanca presentarán batalla en los cerros rojos, y el acero de los Tercios beberá su propia sangre.

Yahya se acercó a mí, tomando mi rostro entre sus manos. Sus dedos ásperos acariciaron mis mejillas con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada.

—Juntos, mi amor —susurró el morisco, besando mis labios con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas—. Juntos presentaremos batalla. Juntos venceremos o juntos moriremos. Pero no nos separaremos ni en la vida ni en la muerte.

Asentí con la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas se mezclaban con la sal del desierto en mi rostro.

Miré a Elvira, que me observaba con los ojos oscuros brillando por la confianza y el miedo.

Miré a Zaira, cuya piel oscura brillaba bajo el sol implacable como el bronce pulido.

Miré a los señores del viento, cuyos rostros velados reflejaban la misma determinación que ardía en mi pecho.

Y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que la verdadera batalla por la supervivencia estaba a punto de comenzar.

Porque ahora, no solo luchábamos contra la Corona, contra la Inquisición y contra el mundo entero.

Ahora, luchábamos por el alma de un pueblo que nos había aceptado como suyos, por la libertad de una tierra que nos había dado refugio, por el futuro de una hija que llevaba en sus venas la sangre de dos mundos.

Y estábamos dispuestos a teñir de rojo las arenas del desierto, aunque tuviéramos que caminar sobre nuestra propia sangre para lograrlo.

Pero lo que yo no sabía, lo que ninguno de nosotros podía imaginar en aquel instante de furia y determinación, era que la expedición punitiva de Don García de Toledo no venía sola.

Que tras las filas de arcabuceros y jinetes, caminando con el paso parsimonioso de los condenados, venía una figura encadenada, cuyo rostro estaba cubierto por un capuchón de tela negra, y cuyas manos, atadas con grilletes de hierro, sostenían un objeto que haría temblar los cimientos de mi alma.

Porque mientras el sol comenzaba a teñir de rojo las cumbres de los cerros rojos, y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el cielo del desierto, la figura encadenada alzó la cabeza hacia el horizonte, y bajo el capuchón, unos ojos ámbar brillaron con una luz sobrenatural, una luz que solo podía pertenecer a un hombre que había regresado de las garras de la muerte para cumplir una promesa que trascendía el tiempo y el espacio.

Y mientras los señores del viento preparaban sus lanzas, y Yahya afilaba su espada toledana, y Elvira dormía en los brazos de Zaira, ajena a la tormenta que se cernía sobre nosotros, yo, que había sobrevivido al fuego de los arcabuces, a la picota y al látigo, a la peste y a la locura, no podía imaginar que la mayor prueba de todas estaba a punto de comenzar.

Una prueba que no se libraría con espadas ni con arcabuces, sino con el amor y la muerte, con la memoria y el olvido, con la vida y la eternidad.

Porque en las arenas del desierto, bajo el cielo blanco de los páramos del sur, el destino nos tenía preparada una última jugada, una jugada que desafiaría toda comprensión humana, que convertiría los cerros rojos en el escenario de una batalla que los cronistas de la Corona intentarían borrar de la historia, pero que los espíritus del viento grabarían en las rocas para que las generaciones futuras recordaran el día en que la loba de sangre blanca presentó batalla contra el imperio más vasto que el mundo había conocido.

Y mientras el viento comenzaba a soplar con furia, levantando nubes de sal y arena que cegaban los ojos y raspaban las gargantas, supe que la verdadera batalla por la supervivencia estaba a punto de comenzar.

Y que en esa batalla, el precio de la victoria sería más alto de lo que jamás habíamos imaginado.