CAPÍTULO 33 LA PROFECÍA DE LA MUJER BLANCA Y EL RECONOCIMIENTO DE LA LOBA
El descenso del cerro de los siete vientos fue una travesía por las grietas de mi propia cordura.
Cada paso que daba sobre la roca roja resbaladiza por el rocío matutino era un combate entre la razón y la locura, entre la memoria de lo que había sido mi vida y la revelación monstruosa que Doña Isabel acababa de depositar en mis manos como una ofrenda envenenada.
El anillo de Rodrigo, el sello de los Mendoza con el león rampante grabado en el oro, pesaba en mi palma como una losa de plomo fundido.
Lo reconocía con la certeza de quien ha besado esa misma joya en los labios de su esposo la noche de bodas, en la alcoba perfumada de azahar de nuestro palacio gaditano.
Pero la cicatriz. La cicatriz que surcaba la mejilla de aquella mujer rubia de ojos color de tormenta era idéntica a la del Marqués de la Sangre.
Idéntica en la forma, idéntica en la longitud, idéntica en el relieve queloides que la hacía brillar como un gusano de marfil bajo la piel.
¿Cómo era posible que dos rostros distintos llevaran la misma marca del demonio?
¿Acaso el Marqués había tenido una hermana, una hija, una esposa anterior a la que hubiera marcado con el mismo hierro con el que había estigmatizado a su propia alma?
Al llegar a la base del cerro, los señores del viento nos aguardaban en silencio, sus velos grises agitándose con la brisa del desierto como las banderas de un ejército fantasma.
Kariak, el jefe de ojos ámbar ahumados, se adelantó con paso solemne, y su mirada se posó primero en Doña Isabel, luego en mí, y finalmente en el anillo que yo apretaba con tanta fuerza que los nudillos se me habían tornado blancos como la sal del desierto.
—La loba ha bebido del cáliz de la verdad —pronunció el jefe, con la voz grave resonando en la quietud del páramo—. Y ha sobrevivido.
Yahya corrió hacia mí en cuanto me vio emerger de las brumas que envolvían la cima del cerro.
Sus ojos ámbar, brillantes por la fiebre y la angustia, me escrutaron con una intensidad que me devolvió la cordura.
Me tomó del rostro con sus manos temblorosas, acariciando mis mejillas, mis labios, mi frente, como si necesitara comprobar que yo era real, que no me había desvanecido en las fauces de los espíritus antiguos.
—Catalina, mi amor, ¿estáis herida? ¿Qué habéis visto en la cima? —susurró, con la voz quebrada por la emoción.
Antes de que pudiera responder, Doña Isabel descendió los últimos peldaños de roca con la parsimonia de una reina que visita a sus vasallos.
Yahya se giró hacia ella, y su rostro se transformó en una máscara de incredulidad y horror.
Sus dedos, que segundos antes me acariciaban con ternura, se crisparon sobre la empuñadura de su espada toledana.
—¿Quién sois vos, mujer? —bramó el morisco, interponiendo su cuerpo entre Doña Isabel y yo—. ¿Qué hechizo habéis tejido sobre mi amada?
Doña Isabel soltó una risa suave, carente de maldad, que resonó en el desierto como el tintineo de campanas de plata.
Se llevó la mano al velo gris que le cubría el rostro y lo retiró con un gesto lento y deliberado, revelando de nuevo la cicatriz que le surcaba la mejilla y los ojos color de mar en tormenta.
—Soy la prueba, médico de Córdoba —murmuró la mujer, con la voz cargada de una tristeza infinita—.
Soy el espejo donde la loba debe mirarse para reconocer su propio reflejo.
No soy Doña Isabel de Mendoza, como vuestra amada ha creído.
No soy hermana de ningún Rodrigo, ni he sido violada por ningún Marqués en las tierras de Berbería.
Soy Naya, la chamán mayor de los señores del viento, la guardiana de la profecía, la que ha bebido el jugo de la planta de los sueños para adoptar el rostro que los espíritus me han dictado.
La revelación cayó sobre mí con el peso de una montaña que se desploma.
Miré a Naya, y en sus ojos leí la misma certeza absoluta que anudaba mi garganta.
No era Isabel. No era la hermana de Rodrigo.
No era la mujer que el Marqués había amado antes que a mí.
Era una ilusión, una prueba, un espejismo tejido con la sustancia de mis propios miedos y de mis propios deseos.
—¿Y el anillo? —pregunté, con la voz quebrada, abriendo la palma de mi mano para mostrar la joya que había sostenido durante todo el descenso—. ¿Cómo habéis obtenido el anillo de mi esposo?
Naya sonrió con tristeza, y sus ojos se llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas, perdiéndose entre los pliegues de su túnica carmesí.
—El anillo es vuestro, Doña Catalina —murmuró la chamán, con la voz grave y pausada—.
Os lo entregué en la cima del cerro, pero en realidad siempre ha estado en vuestro poder.
Lo llevabais cosido en el forro de vuestro jubón desde la noche en que vuestro palacio fue asaltado en Cádiz.
Lo habéis llevado con vos a través del océano, a través de la encomienda, a través de la selva, a través del desierto.
Es el anillo que Rodrigo os entregó como prenda de amor antes de partir hacia las Indias, el anillo que os prometió que volvería a buscaros, el anillo que ha sobrevivido a todas las tormentas porque vuestro amor lo ha protegido.
Abrí el forro de mi jubón con manos temblorosas, y allí, cosido con hilo de seda negra que yo misma había bordado años atrás, encontré el anillo de Rodrigo.
No era el que Naya me había entregado en la cima.
Era el mío, el auténtico, el que había llevado conmigo durante todos aquellos años de dolor y de supervivencia.
El que Naya me había mostrado en la cima era una réplica perfecta, tallada en hueso de caimán y teñido con pigmentos que imitaban el oro.
—La prueba no era el anillo —continuó Naya, con la voz cargada de una reverencia que me heló la sangre—.
La prueba era la reacción de vuestro corazón.
Si hubierais creído que yo era Isabel, si hubierais dudado de la memoria de vuestro esposo, si hubierais aceptado la mentira del Marqués resucitado, los espíritus os habrían devorado.
Pero habéis visto a través del espejismo.
Habéis reconocido la verdad de vuestro amor.
Y por eso, los espíritus os han aceptado.
Kariak, el jefe de los señores del viento, se adelantó con paso solemne. Sus ojos ámbar brillaban con una intensidad que desafiaba al sol del desierto. Se arrodilló ante mí sobre la costra de sal, inclinando la cabeza hasta que su frente tocó el cristal blanco del páramo.
—Doña Catalina de Mendoza, loba de sangre blanca, mujer que ha cruzado el mar de cristal, madre que lleva en su vientre la semilla de dos mundos, portadora de la espada negra que bebe la sangre de los tiranos —pronunció el jefe, con la voz resonando como piedras rodando por un barranco—.
Los espíritus del desierto os reconocen como la mujer de la profecía.
Los señores del viento os ofrecen su lealtad, sus lanzas, sus caballos y sus vidas.
Desde este día, sois nuestra reina, nuestra guía, nuestra hermana de sangre y de fuego.
Los demás miembros de la tribu, al ver a su jefe arrodillado, imitaron su gesto, hasta que los veinte señores del viento permanecieron postrados ante mí sobre la costra de sal, como vasallos ante una soberana.
El viento, que hasta entonces había sido un silbido constante, cesó de repente, y el desierto se sumió en un silencio tan denso que podía escucharse el latido de mi propio corazón.
Me incorporé con lentitud, sintiendo cómo las lágrimas fluían libremente por mis mejillas, lavando el hollín y la sal de los días anteriores.
No era una reina. No era una profecía. Era una mujer que había perdido a su esposo, que había sido violada por mercenarios, que había sido esclavizada por encomenderos, que había sido condenada por inquisidores.
Era una madre que luchaba por proteger a su hija.
Era una amante que había encontrado la redención en los brazos de un hereje.
Y sin embargo, aquellos hombres y mujeres del desierto, aquellos nómadas que bebían la sangre de los cactus y cabalgaban el viento, me reconocían como su líder.
—Levantaos —ordené, con la voz firme, tragándome la emoción que me anudaba la garganta—.
No soy vuestra reina. No soy vuestra profecía.
Solo soy una mujer que busca un lugar donde criar a su hija en paz.
Si queréis ofrecerme vuestra amistad, la acepto.
Si queréis ofrecerme vuestra lealtad, la compartiré con vosotros.
Pero no me arrodillaré ante nadie más, ni aceptaré coronas que no he ganado con mi propia sangre.
Kariak se incorporó con lentitud, y sus ojos ámbar me escrutaron con una intensidad que me deshizo por dentro.
—La loba no reconoce su propia cola —murmuró el jefe, con la voz cargada de una reverencia que me heló la sangre—. Pero los espíritus sí. Y los espíritus han hablado.
Naya, la chamán, se acercó a mí con paso silencioso. Sus manos, ásperas por el trabajo de la tierra y el tiempo, tomaron las mías con una ternura que me devolvió la dignidad arrebatada.
—La profecía no es una carga, Doña Catalina —susurró la mujer, con la voz grave y pausada—.
Es un camino. Los espíritus no os han elegido para que reinéis sobre nosotros, sino para que nos conduzcáis a través de la tormenta que se acerca.
Porque la tormenta ya está en el horizonte, y sus relámpagos tienen el brillo del acero de los Tercios.
La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.
Miré a Yahya, cuyos ojos ámbar se habían entornado por la desconfianza.
Miré a Elvira, que se aferraba a la mano de Zaira con los ojos muy abiertos.
Miré a los señores del viento, cuyos rostros velados reflejaban la misma gravedad que anudaba mi garganta.
—¿Qué tormenta es esa que anunciáis? —pregunté, con la voz firme, aferrando la empuñadura de la Tizona—. ¿Qué enemigos se acercan a nuestras tierras?