La flor que no perdona CAPÍTULO 32 LOS SEÑORES DEL VIENTO Y EL ENCUENTRO EN LAS TIERRAS YERMAS #3
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CAPÍTULO 32 LOS SEÑORES DEL VIENTO Y EL ENCUENTRO EN LAS TIERRAS YERMAS #3

—No soy el demonio que destruyó vuestra vida, Doña Catalina —murmuró la mujer, con los ojos brillando por las lágrimas contenidas—.

Soy la mujer que el demonio destruyó antes que a vos.

Soy Doña Isabel de Mendoza, hermana de vuestro difunto esposo Don Rodrigo.

Y he venido a deciros la verdad sobre la noche en que vuestro palacio fue asaltado, una verdad que cambiará el rumbo de vuestra vida y de la de vuestra hija para siempre.

El mundo dejó de girar. El aire se volvió denso, irrespirable.

Miré a la mujer que afirmaba ser la hermana de mi esposo, y en sus ojos del color del mar en tormenta leí la misma incredulidad que anudaba mi garganta.

Rodrigo nunca me había hablado de una hermana.

Rodrigo había afirmado ser hijo único. Y sin embargo, el anillo que la mujer sostenía en su mano era auténtico, y la cicatriz que le cruzaba la mejilla era idéntica a la del Marqués de la Sangre.

—¿Qué verdad es esa que pretendéis revelarme? —pregunté, con la voz firme, tragándome el horror y la desconfianza—. ¿Y cómo puedo confiar en una mujer que lleva la marca del demonio?

Doña Isabel sonrió con tristeza, y sus ojos se llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas, perdiéndose entre los pliegues de su túnica carmesí.

—La marca que llevo no es la del Marqués, Doña Catalina —murmuró la mujer, con la voz quebrada por la emoción—.

Es la marca de la mujer que el Marqués amó antes que a vos.

Es la marca de la mujer que el Marqués violó antes que a vos.

Es la marca de la mujer que el Marqués dejó por muerta en las brasas de la hoguera, hace quince años, en las tierras de Berbería.

La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.

Miré a Doña Isabel, y en sus ojos leí la misma certeza absoluta que anudaba mi garganta.

El Marqués de la Sangre no era un simple encomendero renegado, ni un agente del Virrey.

Era un hombre que había vivido dos vidas, que había amado dos veces, que había destruido dos familias.

Y la hermana de mi esposo, la mujer que creía muerta en las brasas de la hoguera, había regresado de las cenizas para revelar la verdad que cambiaría el rumbo de nuestra historia.

—Pero eso no es todo, Doña Catalina —continuó Doña Isabel, con la voz quebrada por la emoción—.

La verdad más terrible aún no ha sido revelada.

La verdad más terrible es que el Marqués de la Sangre no está muerto.

Que el hombre que matasteis en el barranco de los lamentos no era el Marqués, sino un impostor.

Y que el verdadero Marqués, el hombre que os violó, que os esclavizó, que intentó sacrificar a vuestra hija, está vivo.

Y está aquí, en este desierto, esperándoos.

El suelo se hundió bajo mis pies. El aire se volvió denso, irrespirable.

Miré a Doña Isabel, y en sus ojos leí la misma certeza absoluta que anudaba mi garganta.

El Marqués de la Sangre estaba vivo. El demonio que había destruido mi vida no había muerto en las llamas del barranco.

Había regresado de las cenizas, y ahora me esperaba en el desierto de sal, en el altar de los espíritus antiguos, en el umbral del inframundo.

—¿Dónde está? —pregunté, con la voz firme, aferrando la empuñadura de la Tizona con manos temblorosas—. ¿Dónde se esconde el demonio que destruyó mi vida?

Doña Isabel señaló hacia el horizonte, donde una columna de humo negro se elevaba hacia el cielo blanco, marcando el punto donde el desierto se fundía con las montañas del sur.

—El Marqués os espera en el palacio de cristal —murmuró la mujer, con la voz quebrada por la emoción—.

El palacio que los espíritus antiguos construyeron para los reyes del desierto, hace mil lunas.

Y os espera con un ejército de mercenarios, con un arsenal de arcabuces y cañones, y con una niña de siete años que lleva vuestros ojos y el cabello de vuestro esposo.

La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol. Elvira. Mi pequeña Elvira. No estaba con Zaira. No estaba con Yahya. Estaba en manos del Marqués de la Sangre, en el palacio de cristal, en el umbral del inframundo.

Miré hacia el horizonte, donde la columna de humo negro se elevaba hacia el cielo blanco, y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que la verdadera batalla por la supervivencia estaba a punto de comenzar.

Porque ahora, no solo luchábamos contra la Corona, contra la Inquisición y contra el mundo entero.

Ahora, luchábamos contra el demonio que había regresado de las cenizas, contra el ejército de mercenarios que custodiaba el palacio de cristal, y contra el tiempo que se agotaba como el agua en los odres del desierto.

Y mientras el sol comenzaba a teñir de rojo las cumbres de las montañas, y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el cielo, eché a caminar hacia el sendero que descendía del cerro de los siete vientos, con la Tizona desenvainada y la furia de una madre ardiendo en mi pecho.

Porque mientras mi hija respirara, mientras mi espada pudiera cortar, ningún demonio, ningún ejército, ningún hombre blanco volvería a tocar a mi hija.

Pero estaba dispuesta a teñir de rojo las arenas del desierto, aunque tuviera que caminar sobre mi propia sangre para lograrlo.