CAPÍTULO 32 LOS SEÑORES DEL VIENTO Y EL ENCUENTRO EN LAS TIERRAS YERMAS #2
—Levantaos —ordené, con la voz quebrada por la emoción—. No soy vuestra reina. No soy vuestra profecía. Solo soy una mujer que busca un lugar donde criar a su hija en paz.
Kariak se incorporó con lentitud, y sus ojos ámbar me escrutaron con una intensidad que me deshizo por dentro.
—La paz es un lujo que los espíritus no conceden a los que llevan la marca del destino —murmuró el jefe, con la voz grave y pausada—. Pero podemos ofreceros refugio. Podemos ofreceros agua, alimento y protección. A cambio, solo pedimos una cosa.
—¿Qué pedís? —pregunté, sintiendo cómo la desconfianza volvía a anudar mi garganta.
—Que nos conduzcáis hasta el cerro de los siete vientos —respondió Kariak, señalando hacia el horizonte, donde una formación rocosa de color rojo sangre se recortaba contra el cielo blanco—.
Allí, en la cima, se encuentra el altar de los espíritus antiguos.
Allí, la loba de sangre blanca debe presentar su ofrenda, y los espíritus decidirán si es digna de vivir en nuestras tierras, o si debe ser devorada por el desierto.
La propuesta era una trampa, o una prueba, o ambas cosas.
Lo supe con la certeza absoluta que otorga el instinto de supervivencia.
Pero no teníamos otra opción. El desierto nos devoraría en pocos días si no encontrábamos agua, y los emisarios del Virrey nos alcanzarían en pocas semanas si no nos ocultábamos en un lugar donde ni los caballos ni los sabuesos pudieran seguirnos.
—Conducidnos al cerro de los siete vientos —sentencié, con la voz firme, aferrando la empuñadura de la Tizona—. Y que los espíritus decidan mi destino.
La marcha hacia el cerro fue una travesía por los círculos más profundos del purgatorio.
Los señores del viento nos guiaron por senderos ocultos que serpenteaban entre las costras de sal, evitando los pozos de arena movediza y los nidos de las víboras cornudas que acechaban bajo las rocas.
Nos enseñaron a beber la sangre de los cactus, a masticar las raíces de las plantas de la noche, a orientarnos por la posición de las estrellas cuando el sol cegaba los ojos.
Al quinto día de marcha, el cerro de los siete vientos se alzó ante nosotros como una catedral de roca roja, cuyas paredes verticales se alzaban hasta perderse en el cielo blanco.
En la cima, una plataforma de piedra tallada con los rostros de los dioses antiguos se recortaba contra el horizonte, y desde ella, siete columnas de humo se elevaban hacia el cielo, marcando los puntos cardinales del desierto.
Los señores del viento nos condujeron hasta la base del cerro, y allí se detuvieron. Kariak se giró hacia mí, y sus ojos ámbar brillaban con una intensidad que me deshizo por dentro.
—Solo la loba puede ascender —murmuró el jefe, con la voz grave y pausada—. Solo ella puede presentar la ofrenda a los espíritus. Los demás aguardarán aquí.
Miré a Yahya, cuyos ojos ámbar me suplicaban en silencio que no lo hiciera, que buscáramos otra salida. Miré a Elvira, que se aferraba a mi mano con una fuerza que me partía el alma. Y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que no había otra opción.
—Cuidad de mi hija —susurré a Yahya, besando su frente con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada—. Si no regreso antes del anochecer, huid hacia el norte. Buscad a los cimarrones de la costa. Vivid.
Yahya me tomó del rostro, sus dedos ásperos acariciando mis mejillas con una ternura que me deshizo por dentro.
—Mientras respire, mi espada será vuestro escudo —murmuró el morisco, besando mis labios con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas—. Y si los espíritus os reclaman, yo mismo descenderé al inframundo a arrancaros de sus garras.
Comencé a ascender por el sendero que serpenteaba por las paredes verticales del cerro, con la Tizona ceñida a la cintura y el corazón latiendo desbocado.
El aire se volvía cada vez más denso, y el olor a copal y a sangre seca me provocaba arcadas.
Pero mis ojos estaban fijos en la cima, en el altar de los espíritus antiguos, en el destino que me aguardaba.
Cuando llegué a la plataforma, el espectáculo que se ofreció ante mis ojos me dejó sin aliento.
El altar no era una simple losa de piedra.
Era una estructura circular, tallada en la roca viva del cerro, cuyas paredes estaban cubiertas de grabados que representaban escenas de una antigüedad que desafiaba toda comprensión cristiana.
En el centro del altar, una hoguera ardía con un fuego azul que no producía humo, y junto a ella, de pie, con el rostro cubierto por un velo gris y los ojos brillando con una luz sobrenatural, se encontraba una figura que me heló la sangre hasta los huesos.
No era un sacerdote de los señores del viento.
No era un chamán de los espíritus antiguos.
Era una mujer blanca, vestida con una túnica de seda carmesí que ondeaba con el viento como una bandera de sangre.
Y en sus manos, sostenía un objeto que reconocí con un escalofrío: el anillo de sello de mi esposo, el anillo de los Mendoza que Rodrigo llevaba en el dedo la noche en que fue asesinado en nuestro palacio de Cádiz.
La mujer se giró lentamente hacia mí, y con un gesto lento y deliberado, se llevó la mano al velo que le cubría el rostro y lo retiró.
El rostro que quedó al descubierto era el de una mujer de belleza sobrenatural, de cabello rubio como el trigo maduro y ojos del color del mar en tormenta.
Pero lo que me dejó sin aliento, lo que me obligó a llevarme las manos a la boca para ahogar un grito de horror, fue la cicatriz que le cruzaba la mejilla desde la sien hasta la barbilla.
Era la misma cicatriz del Marqués de la Sangre.
—Doña Catalina de Mendoza —pronunció la mujer, con una voz que sonaba como el canto de mil sirenas—. Habéis llegado por fin. Los espíritus os esperaban. Y yo también.
—¿Quién sois? —pregunté, con la voz quebrada por el horror, aferrando la empuñadura de la Tizona con manos temblorosas—. ¿Cómo tenéis el anillo de mi esposo? ¿Cómo lleváis la marca del demonio que destruyó mi vida?
La mujer soltó una risa suave, carente de maldad, que resonó en la plataforma como el tintineo de campanas de plata.