La flor que no perdona CAPÍTULO 32 LOS SEÑORES DEL VIENTO Y EL ENCUENTRO EN LAS TIERRAS YERMAS
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CAPÍTULO 32 LOS SEÑORES DEL VIENTO Y EL ENCUENTRO EN LAS TIERRAS YERMAS

El pergamino de lacre negro fue hallado al amanecer, clavado con una daga de hueso en el poste principal del palenque.

Don Martín, cuyo rostro había palidecido hasta tornarse del color de la ceniza, me lo trajo con manos temblorosas.

La hoja de pergamino, gruesa y amarillenta, contenía un único símbolo trazado con tinta roja: un círculo atravesado por siete flechas que convergían en un punto central.

Debajo, una sola palabra escrita en una caligrafía que me resultó espantosamente familiar.

—Es el sello de los señores del viento —murmuró Yahya, tras examinar la marca con sus ojos ámbar entornados por la desconfianza—.

Una tribu nómada que habita los páramos del sur, más allá del desierto de sal.

Los chibchas los llaman los devoradores de horizontes.

Dicen que cabalgan bestias que no son caballos, y que beben la sangre de las nubes para no morir de sed.

—¿Y quién ha dejado este mensaje en nuestro palenque? —pregunté, sintiendo cómo un escalofrío me recorría la espina dorsal, ajeno al calor del sol que ya comenzaba a castigar las copas de los pinos.

—Esa es la pregunta que me quita el sueño, mi señora —respondió Don Martín, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Porque la daga que lo sostiene no es de hierro, ni de bronce, ni de obsidiana. Está tallada en el fémur de un hombre blanco.

La revelación cayó sobre nosotros como una losa de mármol.

Alguien que había conocido a los españoles, alguien que había matado a un hombre blanco y había conservado sus huesos como trofeo, había penetrado en nuestro santuario durante la noche, burlando la vigilancia de los centinelas de Ixpan, y había dejado aquel mensaje como una advertencia o como una invitación.

—Debemos partir —sentencié, con la voz firme, aferrando la empuñadura de la Tizona—. Si los emisarios del Virrey regresan con refuerzos, y si los señores del viento nos marcan como presa, este valle dejará de ser nuestro refugio para convertirse en nuestra tumba.

La evacuación del palenque fue una obra de disciplina y dolor.

En menos de una hora, las chozas fueron desmontadas, los campos sembrados abandonados a merced de las alimañas, y los hatillos cargados sobre las bestias de carga.

Elvira, ahora una niña de siete años de ojos oscuros y cabello oscuro como el azabache, caminaba en silencio junto a Zaira, sus pequeños dedos aferrados a los de la esclava con una fuerza que me partía el alma.

La niña había aprendido demasiado pronto que la vida era un hilo frágil tendido sobre el abismo, y su silencio era más elocuente que cualquier llanto.

Cruzamos las montañas hacia el sur durante doce días, descendiendo por senderos de cabras que serpenteaban por acantilados vertiginosos y vadeando ríos de aguas heladas que nos mordían los huesos hasta la médula.

El paisaje cambió con la brusquedad de un sueño que se transforma en pesadilla: los bosques de pinos dieron paso a matorrales espinosos, los arroyos cristalinos se secaron hasta convertirse en cauces de barro agrietado, y el cielo, antes azul y generoso, se tornó de un blanco lechoso que ocultaba el sol tras un velo de calina permanente.

Al decimotercer día, entramos en el desierto de sal.

La extensión blanca se desplegaba ante nosotros como un mar petrificado, una costra infinita de cristal que reflejaba la luz con una intensidad que cegaba los ojos y quemaba la piel expuesta.

El aire era seco y cortante como una cuchilla de obsidiana, y raspaba las gargantas hasta hacerlas sangrar.

Los odres de agua, que habíamos llenado en el último arroyo de las montañas, se vaciaron con una rapidez alarmante, y el líquido restante sabía a cuero podrido y a salitre.

Yahya, con la paciencia de un sabio y la destreza de un cazador, nos enseñó a identificar las plantas que contenían agua en sus tejidos.

Cortábamos los tallos carnosos de los cactus con nuestros alfanjes y exprimíamos el líquido viscoso y amargo en nuestras bocas resecas.

El sabor era repugnante, pero la humedad que nos devolvía era un milagro que nos mantenía vivos.

—La sal no perdona a los que no conocen sus secretos —murmuró el morisco en la decimoquinta noche, cuando acampamos bajo un cielo tan estrellado que parecía un manto de diamantes esparcidos sobre terciopelo negro—.

Los señores del viento beben la sangre de los cactus y mastican las raíces de las plantas de la noche.

Solo así sobreviven. Si queremos encontrarlos, debemos aprender a beber como ellos.

La profecía del morisco se cumplió al amanecer del día decimoséptimo.

Desperté con el sonido de un canto que no era humano, o al menos no lo era en el sentido que los cristianos entendemos la voz humana.

Era una melodía gutural y profunda, que parecía brotar de las entrañas mismas de la tierra, un lamento que se mezclaba con el silbido del viento sobre la costra de sal.

Me incorporé con lentitud, tomando la Tizona con la mano derecha, y observé el horizonte.

En la línea donde el cielo blanco se fundía con la sal blanca, una procesión de figuras se recortaba contra la calina.

No eran jinetes, ni caminantes. Eran figuras que parecían flotar sobre la superficie del desierto, envueltas en mantos de un gris polvoriento que se agitaban con el viento como las alas de aves gigantescas.

No llevaban caballos, ni bestias de carga visibles.

Se movían con una fluidez sobrenatural, como si el desierto los transportara en su lomo.

—Los señores del viento —susurró Yahya, incorporándose a mi lado y entornando los ojos para protegerlos del resplandor—. Han venido a recibirnos.

—¿O a cazarnos? —repliqué, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas.

—En estas tierras, mi amor, recibir y cazar son la misma cosa —respondió el morisco, con una sonrisa triste que no llegaba a borrar la gravedad de su mirada.

La procesión se detuvo a unas cien varas de nuestro campamento.

Las figuras, ahora distinguibles, eran una veintena de hombres y mujeres de estatura elevada, cuyos rostros estaban cubiertos por velos de tela gris que solo dejaban al descubierto los ojos.

Vestían túnicas amplias que ondeaban con el viento, y en sus manos portaban lanzas largas rematadas con hojas de cobre martilleado.

No portaban escudos, ni armaduras. Su única protección era la vastedad del desierto y la velocidad de sus movimientos.

Uno de ellos, un hombre de hombros anchos y ojos del color del ámbar ahumado, se adelantó solo.

Caminó hacia nuestro campamento con la parsimonia de un rey que visita a un vasallo, y se detuvo a tres pasos de mí.

Sus ojos me escrutaron con una intensidad que me heló la sangre, y luego, con un gesto lento y deliberado, se llevó la mano al velo que le cubría el rostro y lo retiró.

El rostro que quedó al descubierto era el de un hombre maduro, surcado por mil arrugas que hablaban de mil tormentas de arena, de mil soles implacables, de mil noches de escarcha y estrellas.

Pero lo que me dejó sin aliento no fue su rostro, sino la marca que llevaba tatuada en la frente: un círculo atravesado por siete flechas, idéntico al símbolo del pergamino que habíamos encontrado en el palenque.

—Mujer de sangre blanca —pronunció el hombre, en un castellano roto pero comprensible, cargado de un acento gutural que sonaba a piedras rodando por un barranco—.

Soy Kariak, jefe de los señores del viento.

Hemos seguido tu rastro desde las montañas del norte.

Hemos olido tu miedo, tu dolor y tu furia.

Y hemos venido a decirte que los espíritus del desierto te esperan.

—¿Qué quieren de mí los espíritus del desierto? —pregunté, con la voz firme, tragándome el temor que me oprimía el pecho.

Kariak soltó una risa seca, carente de humor, que resonó en la quietud del desierto como el cascabeleo de una serpiente.

—Los espíritus no quieren nada, mujer blanca.

Los espíritus solo recuerdan. Y recuerdan una profecía que fue pronunciada hace cien lunas, cuando el cielo se tiñó de rojo y las estrellas cayeron sobre las montañas del sur.

La profecía habla de una loba de sangre blanca que cruzará el mar de cristal, que llevará en su vientre la semilla de dos mundos, y que empuñará una espada negra que beberá la sangre de los tiranos.

La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.

Miré a Yahya, cuyos ojos ámbar brillaban con una mezcla de asombro y temor.

Miré a Elvira, que se aferraba a la pierna de Zaira con los ojos muy abiertos.

Miré la Tizona, que colgaba de mi cintura, su acero negro bebiendo la luz del sol del desierto.

—Yo no soy ninguna profecía —repliqué, con la voz firme, desafiando la mirada del jefe de los señores del viento—.

Soy una mujer que ha perdido a su esposo, que ha sido violada por mercenarios, que ha sido esclavizada por encomenderos, que ha sido condenada por inquisidores.

Soy una madre que lucha por proteger a su hija.

Si vuestros espíritus buscan una heroína, han equivocado el camino.

Kariak me observó en silencio durante un largo instante. Luego, con una lentitud deliberada, se arrodilló ante mí sobre la costra de sal, inclinando la cabeza hasta que su frente tocó el cristal blanco del desierto.

—La loba no reconoce su propia cola —murmuró el jefe, con la voz cargada de una reverencia que me heló la sangre—. Pero los espíritus sí. Y los espíritus han hablado.

Los demás miembros de la procesión, al ver a su jefe arrodillado, imitaron su gesto, hasta que los veinte señores del viento permanecieron postrados ante mí sobre la costra de sal, como vasallos ante una reina.

El viento, que hasta entonces había sido un silbido constante, cesó de repente, y el desierto se sumió en un silencio tan denso que podía escucharse el latido de mi propio corazón.